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Archive for 31 diciembre 2007

Feliz 2008

 
 
Parece tan lejano el primer día en que expuse mi primer mensaje aqui, cuando con apenas un poco de conocimiento de como funciona el computador pero con una terquedad (que me caracteriza) decidí que queria tener un blog y hacerlo un lugar grato tanto para mi como para todos aquellos que me priviligiaran y honran con su visita y heme aqui…escribiendo el mensaje …..titando….jajaja (disculpen pero no llevo la cuenta)
 
Quiero agradecer a todos y a cada uno de ustedes que me han visitado y que me han dejado su huella, por las palabras de aliento cuando pense que me encontraba sola y que sin duda me ayudaron a levantarme, gracias por todos los hermosos mensajes que me hicieron llegar y más que nada gracias por su AMISTAD.
 
Desde ya hace mucho tiempo que acostumbro a hacer un pequeño balance de lo que ha sido el año para mi y de esa manera aprovechar de hacerme nuevas metas para el nuevo año. No los voy a aburrir con los detalles pero solo decirles que lejos este ha sido un EXCELENTE AÑO y es mi deseo de que también lo halla sido para ustedes y que ojala este 2008 venga lleno de bendiciones para todos ustedes.
 
Resta solo desearles que esta noche la pasen muy bien, que ojala la pasen rodeados de sus amigos y familiares y para los que están solos no se olviden que solo deben ubicar la estrella más brillante en el cielo y ahi nos encontraremos.
 
Un beso, un abrazo y nos estamos viendo el próximo año.
 
Patuca
 
 
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Enfrentando la mentira

 
 
Dicen que para todo nuevo comienzo, vendrá un fin. Dicen que la gente teme lo que no comprende. Dicen que el carácter se forma a través de la toma de decisiones difíciles.

Algo que me falta por comprender, sin embargo, es por qué la gente juzga antes de estar plenamente informada. Entiendo que el temor, los celos y la envidia puedan jugar un papel en ese proceso de pensamiento. Pero, en los tiempos en que vivimos, uno pensaría que la era de "juzgar un libro por su cubierta" estaría cerca de un fin abrupto.

Con información al alcance de nuestros dedos, ¿qué usa uno como excusa para estar mal informado o desinformado del todo? La respuesta, mis lectores, es la ignorancia.

Anteriormente les dije que me estoy embarcando en una nueva aventura en mi vida. Se hizo un cambio y lo he aceptado abiertamente. Me he embarcado en la aventura cómo si hubiese estado en mi mano todo el tiempo. Hasta el momento, la experiencia ha sido un cambio bienvenido para mí. Y, con toda franqueza, no puedo recordar un tiempo en mi vida cuando haya estado más feliz y contento. Pero con lo bueno necesitamos aceptar lo malo. Por cada positivo tiene que haber un negativo.

Un saludable balance de positivos y negativos debe existir para proveerle a nuestra vida una saludable dosis de variedad.

Esa es la razón por la que, cuando me di cuenta de que uno de los pocos negativos apareció en mi nueva aventura, no me molesté por mucho tiempo. Me di cuenta de que donde vayamos siempre habrá algo con lo que no estamos de acuerdo, una comida que no nos gusta, una persona que no puedes soportar, y cosas que simplemente nunca comprenderemos. No es asunto de opinión; es un hecho.

Lo mejor que podemos hacer es aceptarlo y avanzar tan rápidamente como sea posible. En mi caso, una dosis de publicidad negativa se me puesto por delante. Sin embargo, no de manera directa, y muy indirectamente. Su propósito es pintar una mala imagen de mí y regar mentiras.

He aprendido, sin embargo, en los últimos años que la verdad lo conquista todo. Y donde la mentira oscurece, la verdad ilumina; donde las mentiras hieren, la verdad sana; donde las mentiras atrapan, la verdad nos libera. Así, la manera madura y más efectiva de tratar una situación en la que otro riega mentiras sobre uno, les animo que no sea contestando con ira, odio y mentiras, sino con gozo, amor y verdad.

Porque es el que dice solo la verdad el que gana la guerra. Sin importar lo bueno o lo malo… la verdad es siempre la mejor herramienta para ganar una guerra de palabras, choques de personalidad y conflictos de ego.

La próxima vez que escuchen algo falso sobre ustedes, no le den importancia. ¡Tenemos cosas más importantes que hacer! Vayamos y acomodemos nuestros calcetines, observemos la pintura secarse, o quedémonos viendo una pared… y les prometo que aquel será tiempo mejor empleado que en preocuparnos sobre afirmaciones falsas, dañinas y negativas. No permitamos que las acciones de otros determinen cómo vivimos la vida.

Si nos detenemos a pensar acerca de lo que los demás piensan sobre nosotros, no tendremos tiempo suficiente en el día para pensar acerca de nada más.

Alex Wipper
Fuente: http://www.motivateus.com

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Clemente

 
Un día antes de Navidad como es mi costumbre veia las noticias en la televisión y me sorprendí al enterarme de la trágica muerte del pequeño hijo de un conocido periodista chileno, Cristián Warknen, persona a la que admiro por su inteligencia y que hoy admiro mucho más por su gran valentia.
 
Ayer, lloré junto a él (aún sin conocerlo) al leer su columna en el diario el Mercurio y ver como en prosas pudo transformar su dolor en algo tan bello.
 
Hoy yo también lloró por Clemente (Q.E.P.D) y su partida.
 
Y bueno termino esta entrada con las últimas palabras de esta columna y para todo aquel que desee leerla y dejarle algunas palabras de consuelo he aqui la dirección:
 
 
"…Entonces, ¿por qué ríes, por qué tu cara pura de niño muerto insiste en reír, mientras todos lloran sin consuelo? ¿Por qué ríes, Clemente, amor mío, dolor nuestro? "

Llora por ti tu jardín,
que siempre insistías en llamar “mi jardín”.
Llora el intruso gato blanco y negro,
que merodeaba por las tardes y que tú llamabas mi gato amigo.
Llora el cerro Manquehue, que veías desde la ventana de tu pieza.
Llora la plaza de Almirante Acevedo,
alrededor de la cual corrías una y otra vez,
como un Forrest Gump de tres años.
Lloran los resbalines que te vieron crecer en temeridad
y por los que te lanzabas con gozo.
Llora la montaña del camino de La Pirámide,
destrozada por la construcción de autopistas
y a la que decías “pobre montaña”.
Llora tu nana, a la que llamabas “mi reina”,
“mi Karencita hermosa”, piropero precoz.
Lloran las fuentes de agua,
ante las que te quedabas en éxtasis mirando caer el agua,
el agua que te asombró más que nada en el mundo,
el agua de los ríos, el agua de las llaves de agua de la casa,
que abrías sin cesar, el agua del mar, oh, tu locura por el agua,
Clemente, toda el agua del mundo llora por ti,
y mana en nuestras lágrimas.
Lloran por ti Whinnie the Poo y Tigret y Christopher Robbin,
y todos sus amigos, porque en sus libros de aventuras te sentías en familia.
Tú eras como Whinnie the Poo, tierno, goloso, amical.
Llora por ti tu chupete gastado y fiel,
que intentamos vanamente botar tantas veces y que ahora te espera
sobre la almohada vacía.
Lloran por ti las esculturas del Parque de las Esculturas
de Pedro de Valdivia, donde fuimos el día antes de tu partida,
a correr, a subir al olmo gigante;
llora por ti la escultura del ángel sin cabeza que miraste extrañado,
llora por ti la librería Ulises,
donde estuvimos esa misma tarde y donde hojeaste libros sobre un sillón de cuero.
Llora por ti el libro de “Willie, el oso”, que te regaló esa tarde Benjamín, el librero,
y que no alcancé a leerte.
Llora la escalera de madera de nuestra casa,
que bajaste todas las mañanas de tus días.
Llora el espejo del baño hacia el cual te empinabas para mirarte,
como si fuera extraño tu propio rostro,
oh, hermoso, demasiado hermoso para durar aquí,
al otro lado del reflejo.
Llora la canción “Cangrejito” del grupo Zapallo,
que bailaste tantas veces y querías volver a escuchar,
pero que se perdió en algun rincón de nuestro bello desorden.
Llorará la lluvia en invierno cuando no te encuentre debajo del panel de vidrio, mirándola gota a gota.
Lloran los caballos del Club de Polo que siempre venías a espiar.
Lloran los cuadros de Santos Guerra que cuelgan de nuestras murallas,
y el pueblo de cuento y sus personajes a los que saludábamos como si fueran reales,
el hombre del paraguas verde,
tus amigos al otro lado del sueño.
Llora la playa de Wailandia,
donde corrimos mojándonos los pies con las olas,
qué fiesta, qué gritos, qué risa.
Lloran las gaviotas que pasaban por ahí,
llora el restaurant Caleuche,
donde fuimos a ver la puesta de sol con Angélica y Laura,
llora el rayo verde que nunca se hizo ver.
Llora el Estadio Santa Rosa de Las Condes,
donde apenas empezabas a ir a clases de fútbol,
estadio que desaparecerá,
como desaparece todo y todos, porque somos un duelo sin fin.
Llora el Parque Forestal donde naciste,
llora la calle Ismael Valdés Vergara.
Lloran los taxis en los que te gustaba que te llevara en las mañanas a tu jardín.
Lloran los tres cojines que tú mismo instalabas obsesivo,
hasta que quedaran perfectos (y tu decías “perfecto”),
adonde posabas tu cabecita llena de rulos para tomarte tu mamadera.
Todos lloran, también tu piscina amada,
que te vio, dichoso, nadar, ¡cómo llora desconsolada!
Lloran las cosas que tocaste, los lugares donde anduviste,
y lloramos nosotros, ya sin lágrimas.
Entonces, ¿por qué ríes, por qué tu cara pura de niño muerto insiste en reír,
mientras todos lloran sin consuelo?

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Si ahora , tú vuelves , queriendo mi perdón

No olvides , que ha mi corazón , dejaste sin tener compasión

Recuerda , reías , haciendome sufrir , la noche

que yo te vi partir , la noche que yo creí morir

Con la misma moneda , con la misma moneda , con la misma moneda

Yo te lo pagaré

Con la misma moneda , con la misma moneda , con la misma moneda

Yo te lo pagaré

Ahora que sientes , lo que es el amor , que tienes

Bien de frente al dolor , y lloras , y pides por favor

Recuerda , lo mucho , que yo sufri por ti, las cosas

que yo por ti perdí , lo poco que ayer quedo de mi

Con la misma moneda , con la misma moneda , con la misma moneda

Yo te lo pagaré

Con la misma moneda , con la misma moneda , con la misma moneda

Yo te lo pagaré

Con la misma moneda , con la misma moneda , con la misma moneda

Yo te lo pagaré

laralala……..

Con la misma moneda, Yo te lo pagaré …….

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Mi discurso será una larga travesía, un viaje mío por regiones, lejanas y antípodas, no por eso menos semejantes al paisaje y a las soledades del norte. Hablo del extremo sur de mi país. Tanto y tanto nos alejamos los chilenos hasta tocar con nuestros limites el Polo Sur, que nos parecemos a la geografía de Suecia, que roza con su cabeza el norte nevado del planeta.

Por allí, por aquellas extensiones de mi patria adonde me condujeron acontecimientos ya olvidados en sí mismos, hay que atravesar, tuve que atravesar los Andes buscando la frontera de mi país con Argentina. Grandes bosques cubren como un túnel las regiones inaccesibles y como nuestro camino era oculto y vedado, aceptábamos tan sólo los signos más débiles de la orientación. No había huellas, no existían senderos y con mis cuatro compañeros a caballo buscábamos en ondulante cabalgata -eliminando los obstáculos de poderosos árboles, imposibles ríos, roqueríos inmensos, desoladas nieves, adivinando mas bien el derrotero de mi propia libertad. Los que me acompañaban conocían la orientación, la posibilidad entre los grandes follajes, pero para saberse más seguros montados en sus caballos marcaban de un machetazo aquí y allá las cortezas de los grandes árboles dejando huellas que los guiarían en el regreso, cuando me dejaran solo con mi destino. Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin márgenes, en aquel silencio verde y blanco, los árboles, las grandes enredaderas, el humus depositado por centenares de años, los troncos semi-derribados que de pronto eran una barrera más en nuestra marcha. Todo era a la vez una naturaleza deslumbradora y secreta y a la vez una creciente amenaza de frío, nieve, persecución. Todo se mezclaba: la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misión. A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizás por contrabandistas o delincuentes comunes fugitivos, e ignorábamos si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por las glaciales manos del invierno, por las tormentas tremendas de nieve que, cuando en los Andes se descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura.

A cada lado de la huella contemplé, en aquella salvaje desolación, algo como una construcción humana. Eran trozos de ramas acumulados que habían soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de centenares de viajeros, altos cúmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar en los que no pudieron seguir y quedaron allí para siempre debajo de las nieves. También mis compañeros cortaron con sus machetes las ramas que nos tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura de las coníferas inmensas, desde los robles cuyo último follaje palpitaba antes de las tempestades del invierno. Y también yo fui dejando en cada túmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada del bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos.

Teníamos que cruzar un río. Esas pequeñas vertientes nacidas en las cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energía y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esa vez encontramos un remanso, un gran espejo de agua, un vado. Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencé a mecerme sin sostén, mis pies se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos. Y apenas llegados a la otra orilla, los baqueanos, los campesinos que me acompañaban me preguntaron con cierta sonrisa:

    ¿Tuvo mucho miedo?

    Mucho. Creí que había llegado mi última hora, dije.

Íbamos detrás de usted con el lazo en la mano me respondieron. -Ahí mismo –agregó uno de ellos– cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a pasar lo mismo con usted. Seguimos hasta entrar en un túnel natural que tal vez abrió en las rocas imponentes un caudaloso río perdido, o un estremecimiento del planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel canal rupestre de piedra socavada, de granito, en el cual penetramos. A los pocos pasos las cabalgaduras resbalaban, trataban de afincarse en los desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban chispas en las herraduras: más de una vez me vi arrojado del caballo y tendido sobre las rocas. La cabalgadura sangraba de narices y patas, pero proseguimos empecinados el vasto, el espléndido, el difícil camino.

Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. Súbitamente, como singular visión, llegamos a una pequeña y esmerada pradera acurrucada en el regazo de las montañas: agua clara, prado verde, flores silvestres, rumor de rios y el cielo azul arriba, generosa luz ininterrumpida por ningún follaje.

Allí nos detuvimos como dentro de un círculo mágico, como huéspedes de un recinto sagrado: y mayor condición de sagrada tuvo aun la ceremonia en la que participé. Los vaqueros bajaron de sus cabalgaduras. En el centro del recinto estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis compañeros se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso. Me uní a ellos en aquella ofrenda destinada a toscos Ulises extraviados, a fugitivos de todas las raleas que encontrarían pan y auxilio en las órbitas del toro muerto. Pero no se detuvo en este punto la inolvidable ceremonia. Mis rústicos amigos se despojaron de sus sombreros e iniciaron una extraña danza, saltando sobre un solo pie alrededor de la calavera abandonada, repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por allí cruzaron antes. Comprendí entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables compañeros, que existía una comunicación de desconocido a desconocido, que había una solicitud, una petición y una respuesta aún en las más lejanas y apartadas soledades de este mundo.

Más lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejarían por muchos años de mi patria, llegamos de noche a las últimas gargantas de las montañas. Vimos de pronto una luz encendida que era indicio cierto de habitación humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas construcciones, unos destartalados galpones al parecer vacíos. Entramos a uno de ellos y vimos, al calor de la lumbre, grandes troncos encendidos en el centro de la habitación, cuerpos de árboles gigantes que allí ardían de día y de noche y que dejaban escapar por las hendiduras del techo ml humo que vagaba en medio de las tinieblas como un profundo velo azul. Vimos montones de quesos acumulados por quienes los cuajaron a aquellas alturas. Cerca del fuego, agrupados como sacos, yacían algunos hombres. Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una canción que, naciendo de las brasas y la oscuridad, nos traía la primera voz humana que habíamos topado en el camino. Era una canción de amor y de distancia, un lamento de amor y de nostalgia dirigido hacia la primavera lejana, hacia las ciudades de donde veníamos, hacia la infinita extensión de la vida.

Ellos ignoraban quienes éramos, ellos nada sabían del fugitivo, ellos no conocían mi poesía ni mi nombre. O lo conocían, nos conocían? El hecho real fue que junto a aquel fuego cantamos y comimos, y luego caminamos dentro de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A través de ellos pasaba una corriente termal, agua volcánica donde nos sumergimos, calor que se desprendía de las cordilleras y nos acogió en su seno.

Chapoteamos gozosos, cavándonos, limpiándonos el peso de la inmensa cabalgata. Nos sentimos frescos, renacidos, bautizados, cuando al amanecer emprendimos los últimos kilómetros de jornadas que me separarían de aquel eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre nuestras cabalgaduras, plenos de un aire nuevo, de un aliento que nos empujaba al gran camino del mundo que me estaba esperando. Cuando quisimos dar (lo recuerdo vivamente) a los montañeses algunas monedas de recompensa por las canciones, por los alimentos, por las aguas termales, por el techo y los lechos, vale decir, por el inesperado amparo que nos salió al encuentro, ellos rechazaron nuestro ofrecimiento sin un ademán. Nos habían servido y nada más. Y en ese "nada más" en ese silencioso nada más había muchas cosas subentendidas, tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sueños.

    Señoras y Señores:

Yo no aprendí en los libros ninguna receta para la composición de un poema: y no dejaré impreso a mi vez ni siquiera un consejo, modo o estilo para que los nuevos poetas reciban de mí alguna gota de supuesta sabiduría. Si he narrado en este discurso ciertos sucesos del pasado, si he revivido un nunca olvidado relato en esta ocasión y en este sitio tan diferentes a lo acontecido, es porque en el curso de mi vida he encontrado siempre en alguna parte la aseveración necesaria, la fórmula que me aguardaba, no para endurecerse en mis palabras sino para explicarme a mí mismo.

En aquella larga jornada encontré las dosis necesarias a la formación del poema. Allí me fueron dadas las aportaciones de la tierra y del alma. Y pienso que la poesía es una acción pasajera o solemne en que entran por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza. Y pienso con no menor fe que todo esta sostenido -el hombre y su sombra, el hombre y su actitud, el hombre y su poesia en una comunidad cada vez más extensa, en un ejercicio que integrará para siempre en nosotros la realidad y los sueños, porque de tal manera los une y los confunde. Y digo de igual modo que no sé, después de tantos años, si aquellas lecciones que recibí al cruzar un vertiginoso río, al bailar alrededor del cráneo de una vaca, al bañar mi piel en el agua purificadora de las más altas regiones, digo que no sé si aquello salía de mí mismo para comunicarse después con muchos otros seres, o era el mensaje que los demás hombres me enviaban como exigencia o emplazamiento. No sé si aquello lo viví o lo escribí, no sé si fueron verdad o poesía, transición o eternidad los versos que experimenté en aquel momento, las experiencias que canté más tarde.

De todo ello, amigos, surge una enseñanza que el poeta debe aprender de los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; mas en esa danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia: de la conciencia de ser hombres y de creer en un destino común.

En verdad, si bien alguna o mucha gente me consideró un sectario, sin posible participación en la mesa común de la amistad y de la responsabilidad, no quiero justificarme, no creo que las acusaciones ni las justificaciones tengan cabida entre los deberes del poeta. Después de todo, ningún poeta administró la poesía, y si alguno de ellos se detuvo a acusar a sus semejantes, o si otro pensó que podría gastarse la vida defendiéndose de recriminaciones razonables o absurdas, mi convicción es que sólo la vanidad es capaz de desviarnos hasta tales extremos. Digo que los enemigos de la poesía no están entre quienes la profesan o resguardan, sino en la falta de concordancia del poeta. De ahí que ningún poeta tenga más enemigo esencial que su propia incapacidad para entenderse con los más ignorados y explotados de sus contemporáneos; y esto rige para todas las épocas y para todas las tierras.

El poeta no es un "pequeño dios". No, no es un "pequeño dios". No está signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios. A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá también la sencilla conciencia convertirse en parte de una colosal artesanía, de una construcción simple o complicada, que es la construcción de la sociedad, la transformación de las condiciones que rodean al hombre, la entrega de la mercadería: pan, verdad, vino, sueños. Si el poeta se incorpora a esa nunca gastada lucha por consignar cada uno en manos de los otros su ración de compromiso, su dedicación y su ternura al trabajo común de cada día y de todos los hombres, el poeta tomará parte en el sudor, en el pan, en el vino, en el sueño de la humanidad entera. Sólo por ese camino inalienable de ser hombres comunes llegaremos a restituirle a la poesía el anchuroso espacio que le van recortando en cada época, que le vamos recortando en cada época nosotros mismos.

Los errores que me llevaron a una relativa verdad, y las verdades que repetidas veces me condujeron al error, unos y otras no me permitieron -ni yo lo pretendí nunca- orientar, dirigir, enseñar lo que se llama el proceso creador, los vericuetos de la literatura. Pero sí me di cuenta de una cosa: de que nosotros mismos vamos creando los fantasmas de nuestra propia mitificacion. De la argamasa de lo que hacemos, o queremos hacer, surgen más tarde los impedimentos de nuestro propio y futuro desarrollo. Nos vemos indefectiblemente conducidos a la realidad y al realismo, es decir, a tomar una conciencia directa de lo que nos rodea y de los caminos de la transformación, y luego comprendemos, cuando parece tarde, que hemos construido una limitación tan exagerada que matamos lo vivo en vez de conducir la vida a desenvolverse y florecer. Nos imponemos un realismo que posteriormente nos resulta más pesado que el ladrillo de las construcciones, sin que por ello hayamos erigido el edificio que contemplábamos como parte integral de nuestro deber. Y en sentido contrario, si alcanzamos a crear el fetiche de lo incomprensible (o de lo comprensible para unos pocos), el fetiche de lo selecto y de lo secreto, si suprimimos la realidad y sus degeneraciones realistas, nos veremos de pronto rodeados de un terreno imposible, de un tembladeral de hojas, de barro, de libros, en que se hunden nuestros pies y nos ahoga una incomunicación opresiva.

En cuanto a nosotros en particular, escritores de la vasta extensión americana, escuchamos sin tregua el llamado para llenar ese espacio enorme con seres de carne y hueso. Somos conscientes de nuestra obligación de pobladores y -al mismo tiempo que nos resulta esencial el deber de una comunicación critica en un mundo deshabitado y, no por deshabitado menos lleno de injusticias, castigos y dolores, sentimos también el compromiso de recobrar los antiguos sueños que duermen en las estatuas de piedra, en los antiguos monumentos destruidos, en los anchos silencios de pampas planetarias, de selvas espesas, de ríos que cantan como sueños. Necesitamos colmar de palabras los confines de un continente mudo y nos embriaga esta tarea de fabular y de nombrar. Tal vez ésa sea la razón determinante de mi humilde caso individual: y en esa circunstancia mis excesos, o mi abundancia, o mi retórica, no vendrían a ser sino actos, los más simples, del menester americano de cada día. Cada uno de mis versos quiso instalarse como un objeto palpable: cada uno de mis poemas pretendió ser un instrumento útil de trabajo: cada uno de mis cantos aspiró a servir en el espacio como signos de reunión donde se cruzaron los caminos, o como fragmento de piedra o de madera con que alguien, otros que vendrán, pudieran depositar los nuevos signos.

Extendiendo estos deberes del poeta, en la verdad o en el error, hasta sus últimas consecuencias, decidí que mi actitud dentro de la sociedad y ante la vida debía ser también humildemente partidaria. Lo decidí viendo gloriosos fracasos, solitarias victorias, derrotas deslumbrantes. Comprendí, metido en el escenario de las luchas de América, que mi misión humana no era otra sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma, con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos. Y aunque mi posición levantara o levante objeciones amargas o amables, lo cierto es que no hallo otro camino para el escritor de nuestros anchos y crueles países, si queremos que florezca la oscuridad, si pretendemos que los millones de hombres que aún no han aprendido a leernos ni a leer, que todavía no saben escribir ni escribirnos, se establezcan en el terreno de la dignidad sin la cual no es posible ser hombres integrales.

    Heredamos la vida lacerada de los pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante: pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas terribles del colonialismo que aún existe.

    Nuestras estrellas primordiales son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanza solitarias. En todo hombre se juntan las épocas remotas, la inercia, los errores, las pasiones, las urgencias de nuestro tiempo, la velocidad de la historia. Pero, qué sería de mí si yo, por ejemplo, hubiera contribuido en cualquiera forma al pasado feudal del gran continente americano? Cómo podría yo levantar la frente, iluminada por el honor que Suecia me ha otorgado, si no me sintiera orgulloso de haber tomado una mínima parte en la transformación actual de mi país? Hay que mirar el mapa de América, enfrentarse a la grandiosa diversidad, a la generosidad cósmica del espacio que nos rodea, para entender que muchos escritores se niegan a compartir el pasado de oprobio y de saqueo que oscuros dioses destinaron a los pueblos americanos.

    Yo escogí el difícil camino de una responsabilidad compartida y, antes de reiterar la adoración hacia el individuo como sol central del sistema, preferí entregar con humildad mi servicio a un considerable ejército que a trechos puede equivocarse, pero que camina sin descanso y avanza cada día enfrentándose tanto a los anacrónicos recalcitrantes como a los infatuados impacientes. Porque creo que mis deberes de poeta no sólo me indicaban la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita, sino también con las ásperas tareas humanas que incorporé a mi poesía.

    Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: A l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes. (Al amanecer, armados de una ardiente paciencia entraremos en las espléndidas ciudades.)

    Yo creo en esa profecía de Rimbaud, el vidente. Yo vengo de una oscura provincia, de un país separado de todos los otros por la tajante geografía. Fui el más abandonado de los poetas y mi poesía fue regional, dolorosa y lluviosa. Pero tuve siempre confianza en el hombre. No perdí jamás la esperanza. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía, y también con mi bandera.

    En conclusión, debo decir a los hombres de buena voluntad, a los trabajadores, a los poetas, que el entero porvenir fue expresado en esa frase de Rimbaud: solo con una ardiente paciencia conquistaremos la espléndida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres.

    Así la poesía no habrá cantado en vano.

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Feliz Navidad para todos

 
 
 

Faltan pocas horas para la Noche Buena y el ambiente navideño flota en el aire.

Aromas, colores, costumbres, tradiciones…

Todo se mezcla y da gusto compartirlo con familiares y amigos.

Emociones que invaden nuestro corazón, alegrías por los afectos que tenemos y a los cuales volvemos a encontrar en medio de una noche mágica llena de abrazos interminables, besos, saludos, risas, una mesa donde los sentimientos y la esperanza cristiana son el plato principal.

Añoranza de los afectos no olvidados, solo esperando el reencuentro de una llamada, un mail una carta, una tarjeta que nos haga confirmar los lazos afectivos con la fuerza del corazón.

Alboroto de niños llenado las calles de excitación en medio de corridas, gritos, juegos, charlas que tienen un solo tema: “ yo le pedí a Papá Noel…..”y ojitos brillosos esperando que lleguen las 12 para recibir sus regalos.

Noche de recuerdo de quienes ya no están, esa abuela que nos hacia sus turrones caseros, esos padres que se fueron dejándonos todo un mundo de amor para transitar, ese amigo que sabía entendernos y compartía con nosotros nuestro mundo. Seres queridos que pasaron por nuestra vida y que seguramente esta noche nos acompañan desde alguna estrella y esperan una sonrisa elevada al cielo en su nombre.

Noche Buena, símbolo de paz y amor, pero también noche para compartir, para perdonar, para confirmar lazos afectivos, para llenarnos de esperanzas de un mundo mejor.

Solo por hoy te propongo, cuando el estruendo de la pirotecnia, las sirenas de la cuidad, los saludos de Feliz Navidad te avisen que es Noche Buena, mira al cielo…busca la estrella más grande, allí será nuestro punto de reunión de todos los Maestros sin Fronteras para unirnos en un solo deseo: “Paz y Amor para este mundo”. Tú tambien estas invitado. Te esperamos!!!

 

 

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Aún estamos vivos….

 
 
 
Este fin de semana mientras mientras corria de un lugar a otro… sintonizo la radio para relajarme un poco …jejeje si es que se puede, porque con esto de que se viene el fin de año todo elmundo anda corriendo de un lado a otro y yo no soy la excepción.  Pero bueno no era de eso que queria hablar, sino contarles que justo di con un programa que se llama "Aún estamos vivos" y que transmitia música (Rock Latino) de los años 80 y además de traerme un monton de recuerdos me gusto mucho algo que dijo el locutor y que trataré de transcribir para ustedes.
 
"Para todos aquellos que aún soñamos,
Para todos aquellos que aún luchan,
Para todos aquellos que aún creen,
Para todos aquellos a pesar de la adversidad,
de la desazón y de los sueños rotos,
aún son capaces de decir "AUN ESTAMOS VIVOS"
 
les dedico esta hermosa canción…
 
 
Aun sigo cantando – Enanitos Verdes
 
En aquél cajón está tu foto
llenándose de tierra.
Hace tanto que no la veo
como a vos, como a vos…
Te acordás que tiempos aquellos
qué tiempos aquellos,
donde todo era un buen motivo
para decir te quiero.
Qué le habrá pasado a la vida
que sin quererlo ya ni me acuerdo
cuando con mi viejo iba a la cancha
a ver a aquél Atlético…
Te acordás del flaco Spinetta
cuando cantaba:
"todas las hojas son del viento"
Ahí toda nuestra filosofía
era sólo ser rockeros.
Pero como han cambiado los tiempos
todos luchan por mantener sus puestos
Hay muchos que ahora son ingenieros
pero qué pocos quedaron rockeros.
Pero yo aún sigo cantando
y lo voy a seguir haciendo
Una lección me dió la vida:
tenés que hacer lo que el corazón diga.
Y ayer quizás pensando en tu foto
por la calle te encontré andando.
Qué poco ha cambiado nuestra onda
sólo cambiaron un poco nuestros cuerpos.
Espero que el tiempo ahora no borre
a esta gente que tanto amo
porque sin ellos no valgo nada
su alma es mi alimento
Pero yo aún sigo cantando
y lo voy a seguir haciendo
una lección me dió la vida:
tenés que hacer lo que el corazón diga.
 
 
 

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