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Archive for 30 junio 2008

 
 


 

 

REGLA NUMERO CINCO

 

Hay que levantar este día sobre una base de pensamientos agradables. Uno
no debe preocuparse nunca por ninguna imperfección que uno tema que
pueda impedir su progreso. Hay que recordar, tan seguido como sea
necesario que uno es hijo de Dios y que tiene el poder de alcanzar cualquier
sueño si eleva sus pensamientos. Es posible velar cuando uno decide que
puede hacerlo. No hay que volver a considerarse derrotado. Hay que dejar
que lo que el corazón ambiciona sea el proyecto de la propia vida. ¡Hay que
sonreír!
Desde el principio de los tiempos, los hombres sabios nos han estado diciendo que todo lo que logramos, o no logramos, es consecuencia directa de lo que esperamos de nuestras capacidades, nuestro valor y nuestro potencial.

 

James Allen nos dijo que los pensamientos dan buenos frutos y los malos pensamientos dan malos frutos.

Marco Aurelio, ese sabio emperador y filósofo de la antigua Roma, nos dijo que nuestra vida es lo que de ella hacen nuestros pensamientos. Buena o mala. Desdichada o feliz. Triunfante o desesperada.

Buda lo dijo de una manera todavía más enérgica: ‘Todo lo que conocemos es consecuencia de lo que hemos pensado. La mente es todo. Nos convertiremos en lo que pensamos.
No importa como se quiera llamarlo, los pensamientos positivos son productivos, los
pensamientos negativos estorban y destruyen.

Si uno les cree a esos hombres tan sabios, sabe que si uno se humilla a sí mismo y
menosprecia su talento, está condenado al fracaso. Cuando uno menosprecia su capacidad, sus antecedentes o sus conocimientos, al poco tiempo el mundo estará de acuerdo con esa evaluación y enfrentará un triste futuro que no se merece. ¡Basta! Ya no más actitudes negativas en la manera de pensar o de actuar. Escúcheme bien, amigo lector. ¡Usted simplemente no sabe lo bueno que es! Sí, usted, el que está sentado allí compadeciéndose… se parece usted mucho a un pato que tenemos en nuestro patio.
Cuando Matt estaba apenas en secundaria, una tarde regreso a casa cargando una caja de
zapatos con agujeros en la tapa. Lo que más me temía resulto ser cierto cuando removió la tapa. En su interior había un patito amarillo vivaracho y ruidoso. En la clase de biología, mi hijo y sus condiscípulos habían incubado el huevo y cuando el patito rompió el cascarón, lo cuidaron y alimentaron durante varias semanas, luego lo rifaron y mi hijo se ganó el pato – que, coincidimos Bette y yo, era precisamente lo que necesitábamos.

Un padre reacio y un hijo impaciente fueron a la maderería y compraron unos tablones y, allá en una esquina de nuestro patio cercado, Matt construyó para el pato una bonita casa que pintó de blanco. Luego, sobre el arco de la entrada, escribió a mano, en color rojo DISCO.

¡El pato se llamaba Disco! A continuación, en la ferretería compramos un rollo de alambre de gallinero de medio metro de ancho y armamos una especie de corral alrededor de la caseta para que el nuevo miembro de nuestra familia no anduviera vagando por allí y se perdiera.

Actualmente Disco lleva más de doce años con nosotros. Al crecer se convirtió en un
ejemplar muy grande y hermoso y, por supuesto, como ahora Matt está casado y vive en
otra parte, estoy seguro de que el lector ya se imaginará quién se encarga de cuidar y
alimentar al animal.

Uno de los errores que cometimos, dentro de todo este asunto de Disco, fue construir su
pequeña residencia y patio de juegos precisamente afuera de nuestra recámara. Últimamente, Disco se ha estado despertando antes de la salida del sol, comienza a graznar y no para, excepto unas cuantas veces, durante todo el santo día. ¡Y vaya que grazna fuerte! como antes nunca había actuado así, excepto para ahuyentar al gato del vecino, tanto Bette como yo concluimos que algo está molestándolo verdaderamente. El caso es que ya no es feliz.

 
Puede ser que la comida que le estoy dando no le guste, o quizá no le cambio con la
suficiente frecuencia el agua de su pequeño chapoteador, o tal vez esté húmeda la paja de su caseta y haya que cambiarla o quitarla. ¿Quién sabe? He intentado todo para hacer que se sienta seguro y contento de nuevo, pero sigue graznando áspera y continuamente.

Como puede ver, amigo lector, Disco sí tiene un problema, y le apuesto que es el mimo que tiene usted. ¡Sí usted! Ni Disco ni usted tienen un sentido adecuado de su propia valía Disco no tiene la menor idea de que, si no está contento con las condiciones que hay en su vida, puede hacer más que sólo sentir lástima de sí mismo; tiene el poder de cambiar esas condiciones en vez de quejarse de ellas nada más. Si realmente Disco quiere cambiar las condiciones de su vida, puede hacerlo en el momento
que lo decida. Es sencillo. Todo lo que tiene que hacer es levantar sus bellas alas, moverlas de arriba hacia abajo… e irse. Pero ya ve usted, el pobre Disco no sabe lo bueno que es. No sabe que puede volar… ¡y usted tampoco!
 

 

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REGLA NUMERO CUATRO

Uno debe premiar siempre sus largas horas de trabajo y afán de la mejor
manera, rodeado de su familia. Hay que alimentar su amor con todo
cuidado y recordar que los hijos necesitan modelos, no críticas, y el propio
progreso se intensificará cuando uno se esfuerce constantemente por
presentar el mejor aspecto de uno mismo a los hijos. e incluso si uno ha
fallado en todo lo demás a los ojos del mundo, si se tiene una familia que lo
ame, uno es un triunfador.

Frecuentemente se me pregunta sobre mis hijos, actualmente mayores de edad, y cómo los educamos, como si, debido a los libros que he escrito, debiéramos tener una fórmula mágica especial con la garantía de lograr el éxito en todo… incluso en la formación de ciudadanos del mañana brillantes, bien adaptados y felices. Sin olvidar jamás que el "otro Og Mandino" de hace muchos años perdió a su primera familia por su desconsideración y negligencia, actualmente siempre doy la misma respuesta…

 

Lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos es dedicarnos conscientemente a ser
modelos de comportamiento para ellos. si uno les enseña una manera y luego actúa de
manera contraria a sus palabras, pierde a sus hijos. Aparte de guiarlos con el ejemplo, no es mucho lo que podemos hacer por ellos excepto estar cerca para levantarlos cuando se caigan. No es demasiado pedir ¿verdad? En la pared frente al escritorio hay un breve poema escrito en caligrafía sobre pergamino blanco y enmarcado. Debajo de las palabras "Autor desconocido". Pegué, inmediatamente después de que nació, una pequeña foto de Matt. Tal vez el lector querría doblar esta página par volverla a leer en otras ocasiones.

Para cualquier padre que tenga un hijo pequeño

Son ojitos dirigidos a ti que te observan noche y día,

son orejitas que captan rápidamente todo lo que dices,

son manitas ansiosas por hacer todo lo que haces,

y es un niñito que sueña con el día en que se parecerá a ti.

Eres el ídolo del muchachito, el mayor de los sabios,

en su pequeña mente nunca surge la menor sospecha sobre ti,

cree en ti con devoción, sostiene que todo lo que dices y haces,

él lo hará y lo dirá a tu manera, cuando crezca,

al igual que tú, nada más.

Es un muchachito de grandes ojos

que crees que siempre tienes razón,

y sus oídos están siempre atentos

y te observa noche y día.

Cada día, en todo lo que haces,

sirves de ejemplo para el niñito

que espera con ansias crecer para parecerse a ti.

Hace varios años, justo antes de emprender un largo viaje para hacer promoción de uno de mis libros, había vivido la terrible agonía de ayudar a nuestro hijo menor a empacar sus cosas antes de ponerme afuera de la puerta principal, con su madre, y despedirlo cuando se fue en su automóvil a iniciar su propia vida en una residencia estudiantil de la Universidad Estatal de Arizona.

Después de que se marchó, recuerdo que caminé por el pasillo y me senté en su cuarto, a oscuras, orando porque Bette y yo hubiéramos proporcionado a Matt y a Dana, nuestro hijo mayor, la orientación que necesitarían para enfrentar las múltiples adversidades de la vida con que seguramente se toparían.

Mi viaje de promoción iba bien hasta una ocasión en que participé en un programa matutino de charlas de una radiodifusora de Los Ángeles. en este programa en vivo participaba también una novelista muy famosa cuyo nombre me reservo. De alguna manera, la conversación había derivado al tema de nuestras familia, y de nuestros hijos en particular.

Rápidamente, la novelista se apoderó del micrófono y comenzó una larga perorata
desagradable en contra de sus dos hijos adolescentes. Admitió que no podía manejarlos, que con el padre no se podía contar porque nunca estaba en casa y que estos muchachos la estaban volviendo loca. Nunca llegaban a tiempo a comer, sus cuartos siempre eran un desorden y siempre ponían sus aparatos de sonido a un volumen tan alto, y en diferentes estaciones, por supuesto, que el ruido también la estaba volviendo loca.
Después de oír tal vez unas doce veces esa fea expresión de "volverse loca", mientras que esta célebre autora rebajaba a su hijos ante un auditorio bastante grande, finalmente me exasperé y la interrumpí. No puede evitarlo – Sabe usted – le dije -, va a llegar el día en que esté usted caminando por el pasillo de su casa y pase dos cuartos muy vacíos y silenciosos… y entonces se preguntará "¿A dónde se fueron?" ¿Por qué no se va a su casa, en cuanto termine este programa, abraza a sus hijos y simplemente les dice que los ama?

 

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REGLA NUMERO TRES

Cada vez que se cometa un error o se haya sido abatido por la vida, no hay
que quedarse demasiado tiempo pensando en ello. Los errores son la forma
en que la vida le enseña a uno. La capacidad de cometer errores
ocasionalmente es inseparable de la capacidad de lograr las propias metas.
Nadie gana de todas, todos, y las fallas que se tienen, cuando ocurren, son
simplemente parte del propio crecimiento. Hay que sacudirse los errores.
¿Cómo podría uno conocer sus límites sin una falla ocasional? Nunca hay
que rendirse. Ya llegará el turno de uno.

 

A lo largo de los siglos ha resonado una de las grandes verdades menos entendida y, sin
embargo, sólo los sabios toman en cuenta su consejo. Si se quiere tener éxito, hay que
aprender a vivir con el fracaso. El fracaso nos proporciona más sabiduría que el éxito. Si
usted me muestra una persona que nunca ha tropezado, que nunca ha tenido dificultades
en su empleo y nunca ha cometido un error, yo le mostraré que es una persona con un
futuro muy sombrío.

Los errores, los desaciertos, las derrotas, son inevitables en esta vida rudimentaria pero
efectiva; sin embargo, si dejamos que eso nos vuelva miedosos, de tal manera que cuando nos abaten dudamos en volver a intentarlo, nos estamos condenando a una vida de arrepentimiento. Las mejores lecciones que podemos llegar a aprender provienen de
nuestros errores y fracasos.

Derrota. ¿Qué es eso? Nada más, un poco de educación, nada más el primer paso hacia algo mejor. Las únicas personas que nunca fracasan son quienes nunca, pero nunca, intentan.

En una ocasión, Mark Twain contó la historia de un gato que un día saltó para subirse a una estufa caliente y se quemó la panza. Ese gato nunca más volvió a saltar para subirse a una estufa caliente – pero ese mismo gato ¡nunca saltó para subirse a una estufa fría, tampoco!

Con mucha frecuencia, se sobrestima el valor de la experiencia… y eso puede ser muy
dañino si impide que uno vuelva a intentar algo después de haberse lastimado. Hay un
antiguo proverbio escandinavo que es una maravilla: "El viento del norte hizo al los
vikingos". El viento del norte puede hacer maravillas por usted también, amigo lector.
Hay que recordar que hasta las vidas de más éxito contienen capítulos de fracaso,
exactamente como ocurre en toda buena novela, pero la forma en que termine el libro
depende de nosotros. Somos los autores de nuestros años, y nuestros fracasos y derrotas
sólo son pasos hacia algo mejor. Allá por 1974, cuando Hank Aaron estaba a punto de
alcanzar la marca del mayor número de cuadrangulares de todos los tiempos, impuesta por Babe Ruth, una mañana llamé por teléfono a su club de béisbol, los Bravos de Atlanta.

Finalmente me comunicaron con su departamento de relaciones públicas, y planteé mi
pregunta:

– Sé que Hank lleva setecientos diez cuadrangulares y que sólo necesita cinco más para
romper la marca de Ruth, pero me surgió una duda, ¿cuántas abanicadas lleva en su carrera?
-¿Abanicadas, dice usted? – me preguntó titubeante al joven que estaba al teléfono.
– Sí, ¿cuántas abanicadas?

– Discúlpeme, pero tendrá que aguardar mientras averiguo ese dato, señor.
Así lo hizo y pasaron varios minutos antes de que regresara al teléfono.

– Señor Mandino, hasta anoche, Hank llevaba setecientos diez cuadrangulares y, como usted sabe, sólo necesita cinco más para romper la marca del mayor número de cuadrangulares de todos los tiempos, impuesta por Babe Ruth…

– Sí, ya sé…

-…y …en todos su carrera, lleva mil doscientos sesenta y dos abanicadas.
Le di las gracias, colgué y luego me quedé sentado sopesando la cifra que acababa de oír.
Qué gran ejemplo para usarlo en el futuro cada vez que tratara de precisar la idea de no
dejar nunca que los fracasos pasados impidan que uno vuelva a intentar. Allí estaba el mejor bateador de cuadrangulares que haya habido… e incluso él, incluso Hank Aaron, ¡tuvo que abanicar casi dos veces por cada batazo que sacaba la pelota del parque! es cierto que la vida es un juego con reglas que deben seguirse para triunfar, pero uno no tiene que batear de cuadrangular cada vez que es su turno al bat para tener éxito en este mundo. Pregúntele a Hank, amigo lector.

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REGLA NUMERO DOS

Hoy, y todos los días, uno debe dar más de lo que le pagan por hacer. La victoria del éxito se habrá ganado a la mitad cuando uno aprenda el secreto de dar más de lo que se espera en todo lo que uno hace. Hay que hacerse tan valioso en su trabajo que más adelante uno se vuelva indispensable. Uno debe ejercer su derecho de recorrer ese kilómetro adicional y disfrutar de todos los beneficios que recibirá. ¡Bien se los merece!.

Me encanta curiosear todas las tarjetas de felicitación de carácter humorístico que parecen estar ocupando cada vez más espacio en los anaqueles de la mayor parte de las tiendas donde se venden tarjetas, y probablemente envío más de las que debería.

Mi favorita de todos los tiempos fue la tarjeta de tamaño exagerado que llevaba un borde grabado que la hacía parecerse a un título accionario y dentro del cual estaban impresas las palabras "Cómo hacer dinero". Al abrir la tarjeta, se leían sólo tres palabras impresas en una tinta de color naranja brillante:

 

¡PÓNGASE A TRABAJAR!

En la vida todo tiene su precio y a menos que usted, lector, pertenezca a esa reducida élite que ha tenido todo resuelto desde la cuna, me temo que la única forma en que puede usted pagar las cosas que desea, necesita y con la que sueña es con la compensación que recibe por el trabajo que desempeña.

Aunque está asintiendo con la cabeza, no parece feliz, amigo lector. ¿Está luchando por ganarle la delantera a las cuentas? ¿No está progresando ni creciendo mucho en ese empleo en el cual ya lleva demasiado tiempo sin lograr ningún avance? ¿Le gustaría adquirir una casa nueva pero no le alcanza? ¿Lo mismo con la carcacha que tiene por automóvil?.

La vida de usted parece estar empantanada; ¿cómo salir del atolladero?

Hay una respuesta, una solución, una regla, y apuesto que nunca le ha fallado a quienes la han aplicado realmente. En lo tocante a mejorar el ámbito profesional de su vida, amigo lector, el mayor secreto del éxito nos fue entregado desde la cima de una montaña, hace aproximadamente dos mil años, cuando Jesucristo nos dijo que cuando nos viéramos obligados a recorrer un kilómetro con alguien, deberíamos recorrer el doble siempre.

El Kilómetro adicional. Si, a partir de mañana, se propone usted aportar más en su trabajo de lo que le pagan por hacer, comenzarán a ocurrir milagros en su vida. No importa a qué se dedique usted para ganarse la vida, sea que venda productos, pinte casas, maneje computadoras o barra pisos. Sí cada día hace más de los que le pagan por hacer, en poco tiempo su patrón de vida cambiará para mejorar.

La manera más segura de condenarse uno mismo a una vida de fracaso y lágrimas consiste en hacer únicamente el trabajo por el que le pagan. Claro que aportar más de lo que se espera que uno dé no hará que uno sea muy popular con algunos de sus compañeros de trabajo que parecen dedicados a hacer lo menos posible por lo que les pagan… pero ése es su problema, no el de uno. Usted, lector, viva su vida. Hay personas que dependen de usted.

Cuando usted da más de lo que le pagan por dar, cada día, no sólo se promueve usted mismo, sino que, al ser indispensable, descubrirá, para su sorpresa, que a todo su alrededor hay nuevas oportunidades, y más adelante podrá asignarse su propio precio.

Es una regla muy sencilla. ¡Recorra otro kilómetro! No le costará ni un centavo y, sin embargo, es una regla tan poderosa que, cuando la siga, su vida cambiará para siempre.

Andrew Carnegie dijo que había dos tipos de personas que nunca lograban mucho en la vida.

Una es la persona que no quiere hacer lo que le dicen que haga, y la otra es la persona que sólo hace lo que le dicen que haga. Y cuando se le preguntó a Walter Chrysler qué era lo que más necesitaba su planta, repuso: Diez buenos hombres que no estén atentos al silbatazo ni se la pasen pendientes de la hora en la carátula del reloj.

Hay que sorprender a todos. Cambie sus hábitos de trabajo. ¡Recorra ese kilómetro adicional!.

Esto no significa que sacrifique a su familia ni su salud en una compulsión insana por el éxito, pero es un método maravilloso para que usted extraiga todo lo que la vida puede ofrecer y todo lo que usted se merece. Hay que trabajar como si uno fuera a vivir eternamente, y vivir como si uno fuera a morirse hoy mismo.

¡Recorra otro kilómetro!.

 

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REGLA NUMERO UNO
 
Hay que considerar lo bueno que uno tiene. Una vez que uno se da cuenta
de lo valioso que es y de cuantas cosas positivas tiene a su favor, las sonrisas
volverán saldrá el sol, sonará la música y uno podrá finalmente avanzar
hacia la vida que Dios le señaló… con gracia, fuerza, valor y confianza.
Uno de los secretos de la vida más importantes y siempre nuevo que tuve que aprender, con
dolor y lágrimas, es que uno no puede comenzar a dar un cambio total en una existencia
desesperadamente lastimada y derrotada ni dar un salto para salirse de la triste rutina que su
empleo y su carrera significan, ni dejar atrás ese callejón sin salida de lo económico que
parece haberlo condenado al fracaso y a una baja autoestima, a menos que uno aprecie las
cosas buenas que ya posee.
¿Cosas buenas? ¿Se ríe usted? ¡Vaya sonrisa triste! ¿Está tratando de decirme algo? ¿Dice
usted que tiene un cajón lleno de cuentas? ¿Que tal vez su hija mayor se está preparando
para ingresar en la universidad y que usted no tiene ánimo par decirle que no puede ir? ¿Que
se ha atrasado dos meses en el pago de las mensualidades de su automóvil y que su empleo
no parece muy seguro que digamos? ¿Cuáles cosas buenas, piensa usted? Lo invito a
permanecer conmigo ahora, mientras le ayudo a considerar algunas de sus cosas positivas en
este preciso momento en que usted sigue sentado allí sintiendo lástima por usted mismo.
Hagamos una nueva lista e intentemos asignar un valor monetario sólo a unas cuantas de las
cosas buenas que hay en su vida, amigo lector, para que pueda darse cuenta de lo rico que es
usted realmente y de cuántas cosas buenas tiene en su favor, aunque haya olvidado esto en
su lucha diaria por sobrevivir.
¿Cuánto vale vivir en este gran país? Responda usted, lo reto a que le ponga precio a eso.
¿En dónde preferiría vivir?
¿Cuánto vale ser empleado de la buena compañía en la que trabaja si esta mañana usted
estuviera de pie en una fila de desempleados?
¿Cuánto vale su carrera si se da cuenta de que probablemente el 95 por ciento de la
población mundial gustosamente daría diez años de su vida, o más por tener la oportunidad
que tiene?
¿Cuanto vale su libertad?
¿Y que tal con sus seres queridos y los que aman a usted? ¿Cuánto pediría por ellos?
¿Por los ojos? ¿Aceptaría un millón de dólares por sus ojos?
¿Y en el caso de las manos y los pies? ¿Cinco millones? ¿Diez?
Es usted realmente un ejemplar muy preciado, ¿verdad? En el caso de una confrontación
definitiva probablemente usted no cambiaría lo que tiene en este preciso momento por todo
el oro de Fort Knox, ¿no es verdad? Y con tantas cosas buenas a su favor, dígame, por
favor, ¿por qué anda por allí sintiéndose triste, golpeado, derrotado y rechazado? ¿Por qué?
¡Ya basta! Hay una mejor manera de vivir para usted y empieza hoy…
 

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Disposiciones generales:

A – Considerando que el dicho de que “en el amor y en la guerra todo vale” es completamente verdadero;

B – Considerando que en lo relativo a la guerra contamos con la Convención de Ginebra, adoptada el 22 de agosto de 1864, que determina cómo debe tratarse a los heridos en el campo de batalla, mientras que hasta hoy no se ha promulgado ningún documento que regule la situación de los heridos de amor, muy superiores en número;  

Se decreta que:

Art. 1 – todos los amantes, independientemente de cuál sea su sexo, quedan advertidos de que el amor, además de ser una bendición, también es algo extremadamente peligroso, imprevisible, que puede acarrear serios daños. Por lo tanto, quien tenga la intención de amar, debe ser consciente de que está exponiendo su cuerpo y su alma a heridas de muy diferentes tipos, sin poder culpar por ello a su pareja en ningún momento, puesto que ambos corren el mismo riesgo.

Art. 2 – Una vez alcanzado por una flecha del arco ciego de Cupido, debe solicitarse inmediatamente al arquero que dispare la misma flecha en la dirección opuesta, con el objeto de no sufrir la herida conocida como “amor no correspondido”. En el caso de que Cupido se niegue a hacerlo, la Convención que en estos momentos se promulga exige del herido que de manera inmediata se arranque la flecha del corazón y la tire a la basura. Para llevar esto a buen puerto, debe evitar llamadas telefónicas, mensajes de correo electrónico, envíos de flores (siempre rechazadas), o cualquier otra forma de seducción, pues semejantes medios, si bien pueden dar algún resultado positivo a corto plazo, no resisten el paso del tiempo. La Convención decreta asimismo que el herido debe buscar sin falta la compañía de otras personas, así como debe imponerse al pensamiento obsesivo que le dice “vale la pena luchar por esta persona”.

Art. 3 – En el caso de que la herida provenga de un tercero, es decir, que el ser amado se sienta atraído por alguien que no estaba a priori en el guión, queda expresamente prohibida la venganza. En este caso, se permite el uso de lágrimas hasta que los ojos se sequen, así como algunos puñetazos en la pared o en la almohada, o reuniones con amigos donde poder insultar a gusto al antiguo(a) compañero(a), incidiendo en su perfecta falta de gusto, pero sin llegar a difamar su honra. La Convención determina que también se aplique en este caso la regla del Art. 2 que mueve a buscar la compañía de otras amistades, sólo que evitando en la medida de lo posible los lugares que la otra persona frecuenta.

Art. 4 – En lesiones leves, clasificadas aquí como pequeñas traiciones, pasiones fulminantes que no duran mucho, o desinterés sexual pasajero, debe aplicarse con generosidad y rapidez el medicamento llamado Perdón. Una vez aplicada tal medicina, no se debe volver atrás bajo ninguna circunstancia, y el asunto debe ser definitivamente olvidado, no utilizándolo jamás como argumento en una discusión o en momento de odio.

Art. 5 – En todas las heridas definitivas, también conocidas como “rupturas”, el único medicamento que tiene algún efecto se llama Tiempo. De nada sirve buscar consuelo en cartomantes (que siempre prometen el regreso del amor perdido), leer libros románticos (que siempre acaban bien), engancharse a una telenovela o cosas por el estilo. Se debe sufrir con intensidad, evitando radicalmente las drogas, los calmantes o las oraciones a los santos. En cuanto al alcohol, sólo serán permitidos dos vasos de vino diarios.

Consideraciones finales: los heridos por el amor, al contrario de los heridos en conflictos armados, no son víctimas ni verdugos. Optaron por algo que forma parte de la vida, y deben asumir, por consiguiente, la agonía y el éxtasis de su elección.

Y los que jamás fueron heridos por el amor, nunca podrán decir: “he vivido”. Porque no vivieron. 

 
 

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Acuérdate de lo bueno

 
 
dia
 
 Cuando el cielo esté gris,
acuérdate cuando lo viste profundamente azul.

Cuando sientas frío.
piensa en un sol radiante

que ya te ha calentado.

Cuando sufras una derrota,
acuérdate de tus triunfos y de tus logros.

Cuando necesites amor,
revive tus experiencias de afecto y ternura.

Acuérdate de lo que has vivido
y de lo que has dado con alegría…

Recuerda los regalos que te han hecho,

los besos que te han dado,
los paisajes que has disfrutado
y las risas que de ti han emanado.

Si esto has tenido,
lo podrás volver a tener
y lo que has logrado,
lo podrás volver a ganar.

Alégrate por lo bueno que tienes
y por lo de los demás;
desecha los recuerdos tristes y dolorosos,
no te lastimes más.

 
 Piensa en lo bueno, en lo amable,
en lo bello y en la verdad.
Recorre tu vida y detente en donde
haya bellos recuerdos y emociones sanas,
vívelas otra vez.

Visualiza aquel atardecer que te emocionó.
Revive esa caricia espontanea que se te dió.

Disfruta nuevamente de la paz

que ya has conocido,
piensa y vive el bien.
Allá en tu mente están guardadas
todas las imágenes
Y solo tú decides cuáles
has de volver a mirar…

Y nunca olvides que tras un cielo

lleno de oscuridad

se esconde un sin fin de estrellas…

 

Y que tras el anochecer, volverá a salir el sol.

 

Desconozco el autor

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