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Archive for 26 julio 2013

Un día, decidí probar algo nuevo. Llevé a mi hijo de diez años
al río Saint Croix en una Waverunner. Una Waverunner es un pequeño
vehículo de bote parecido a una motocicleta.
Nos pusimos chalecos salvavidas y nos embarcamos en una experiencia
que resultó ser tan regocijante como atemorizante: regocijante
cuando me permití disfrutarla; atemorizante cuando pensé demasiado
en lo que estaba haciendo y en las terribles cosas que podrían
suceder.
A la mitad de nuestro paseo, el peor de mis miedos se hizo realidad.
Volcamos. Estábamos dando tumbos en treinta pies de
agua. La Waverunner se sacudía en las olas frente a mí, como una
tortuga motorizada sobre su lomo.
“Que no te entre pánico”, dijo mi hijo calmadamente.
¿Y si nos ahogamos?, objeté.
“No podemos”, me dijo. “Tenemos chalecos salvavidas. ¡Mira! Estamos
flotando”.
“El aparato está bocabajo”, le dije. “¿Cómo vamos a hacer para
enderezarlo?”
“Justamente como el hombre nos dijo”, respondió mi hijo. “La flecha
apunta hacia este lado”.
Con un movimiento fácil, volteamos el aparato boca arriba.
“¿Y qué si ya no podemos volver a subirnos en ella?”, pregunté.
“Sí podemos”, contestó mi hijo. “Para eso están hechas las
Waverunners: para montarlas sobre el agua.”
Me relajé y mientras conducía de regreso, me pregunté por qué me
había asustado tanto. Pensé que quizá era porque no confío en mi
capacidad para resolver problemas. Quizá porque una vez casi me
ahogué por no traer puesto un chaleco salvavidas.
Pero tampoco esa vez te ahogaste, me aseguró una pequeña voz en mi
interior. Sobreviviste.
Que no te entre el pánico
Los problemas se hicieron para resolverlos. La vida se hizo para
vivirla. Aunque a veces el agua nos tape la cabeza, sí, quizá
hasta necesitemos sumergirnos en ella unos cuantos momentos y tragar
unos cuantos buches de agua, no nos ahogaremos. Llevamos puesto –y
siempre lo hemos llevado puesto- un chaleco salvavidas. Ese chaleco
de apoyo se llama Dios.
Hoy me acordaré de cuidar de mí mismo. Cuando me hunda hasta la
cabeza, Dios estará allí apoyándome, aunque mis miedos traten de
hacérmelo olvidar.

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Cuantas señales no vi
de que esto se acababa
cuanta gente me aviso
y yo nunca escuchaba

Cuanta verguenza siento hoy
de haber sido tan ciego
es que era tanto el temor
de no tenerte mas
que preferia esconderlo

Yo siempre fui un valiente que pelio
como un guerrero frente al mundo
pero en cuando senti que me dejabas
mi vida entera perdio el rumbo

Cuanta verguenza siento hoy
de haber sido tan flojo
es que era tanto el temor
de no tenerte mas
que me fui volviendo loco

Voy a encerrar mi corazon
hacerlo una prision y asi nadie lo toque
voy a sentarme aqui
quedarme sin salir hasta que sea de noche

Y asi en lo escuro pensar
como poder escapar sin que nadie lo note

Cuantas señales no vi
de que esto se acababa
cuanta gente me aviso
y yo nunca escuchaba

Cuanta verguenza siento hoy
de haber sido tan ciego
es que era tanto el temor
de no tenerte mas
que preferia esconderlo

Voy a encerrar mi corazon
hacerlo una prision y asi nadie lo toque
voy a sentarme aqui
quedarme sin salir hasta que sea de noche

Y asi en lo escuro pensar
como poder escapar sin que nadie lo note.

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Salgo de mi casa acompañado de la muerte
De lo que fuimos los dos,
el dolor se termino y se fue el rencor.
Y cada baldosa que yo piso al alejarme
Me renueva la ilusión de ser libre de tu amor y tu perdón.
Ojala que alguien me enseñe a salir de esta ciudad
Laberinto con tu alma en cada calle siempre esta
Y aunque busque una salida esta causa esta perdida y se cerro.
No, puedo creer que el sol no nos ayudo solos nos dejo.
Cobarde si me quedo, cobarde si me quedo, cobarde si me voy.

Fueron esos años la felicidad sincera pero un día termino,
el fracaso como un tajo nos marco.
Y esa herida eterna que llevamos en la cara es la marca del amor,
una carga que me llevo si me voy
Ojala que alguien me enseñe a salir de esta ciudad
Laberinto con tu alma en cada calle siempre esta
Y aunque busque una salida esta causa esta perdida y se cerró.
No, puedo creer que el sol no nos ayudo solos nos dejo.
Parados bajo el cielo, unidos por el duelo, el duelo del dolor.
Voy a huir de esta prisión, buscar la libertad, maldigo lo que soy
Cobarde si me quedo, cobarde si me quedo, cobarde si me voy.
Cobarde si me quedo, cobarde si me quedo, cobarde si me voy.
Cobarde si me quedo, cobarde si me quedo, cobarde si me voy.

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Retirarse a tiempo es una forma de aceptación. Este tipo de
renuncia implica la decisión personal de no seguir invirtiendo recursos
(tiempo, dinero o esfuerzo) en determinados proyectos de vida, porque ya
no interesa, no conviene o se está harto. En otras palabras, esta
renunciación puede definirse como el arte de darse por vencido, aun
teniendo posibilidades de seguir luchando: es un acto de la voluntad. La
saludable aceptación del que dignamente reconoce que perdió la batalla o
se equivocó y motu propio decide no seguir adelante.
No me estoy refiriendo a las personas que resuelven morir por sus
ideales o que combaten para salvar sus vidas. En este análisis me
circunscribo al conjunto de batallas intrascendentes o mal-adaptativas en
las cuales estamos sumergidos diariamente.
Las personas que aprenden a renunciar a tiempo logran tres cosas
importantes frente al futuro: en primer lugar, descargan el sistema de
expectativas innecesarias; en segundo lugar, aprenden a perder; es decir,
acatan los hechos y dejan de ilusionarse inútilmente; y en tercer lugar,
descubren que las consecuencias nunca son tan horribles como las
imaginaban, lo cual disminuye la catastrofización. En resumen, aprenden a
enfrentar el miedo y a detener un poco el péndulo mental.
La sana resignación es aprender a desprenderse de los resultados,
pero no por inseguridad, sino por el firme propósito de no continuar en un
conflicto sin sentido: “Ésta no es mi guerra”. La renuncia implica salirse
del combate, pero no por la cobardía del desertor que traiciona, sino porque
no vale la pena. La esposa de un alcohólico, luego de intentar por años la
recuperación de su marido, me decía con toda tranquilidad: “Me cansé de
dar, dar y dar. Es un caso perdido. Ya no quiero, ya no es mi causa. Me
cansé… Que haga lo que quiera”. El agotamiento que acompaña a muchas
personas renunciantes no es la fatiga de la depresión, sino un cansancio
liberador, como si el organismo asesorara a la mente obsesionada y dijera:
“¡No más! ¡Por Dios, reacciona!” No solamente el cerebro, sino la tibia, el
peroné, el hígado y los huesos son los que se oponen a seguir. La paciente
que acabé de reseñar logró su meta y se independizó psicológicamente de
los tragos de su esposo, pero muchas otras personas son incapaces de
desligarse de las obligaciones contraídas, aun no estando comprometidas
afectivamente con ellas. No estoy hablando específicamente del apego
emocional, al cual me referiré en otro apartado, sino de cualquier actividad
donde estemos involucrados y no seamos capaces de decir: “No más, me
salgo”.
Una de las causas de esta incapacidad la debemos buscar en la
siempre bien ponderada esperanza. Aunque en muchas situaciones es lo
último que debe perderse, a veces debería ser lo primero. Independiente de
la meta, la esperanza que no se pierde, por definición, mantiene a la persona
en el futuro. Si la situación lo amerita, por ejemplo ante un naufragio, la
esperanza será adaptativa, pero si es irracional, como en un amor
imposible, puede alterar completamente el equilibrio mental. Una paciente
de 35 años, con un grave problema de soledad, estaba profundamente
interesada en un compañero de trabajo, un joven de 29 años, con quién
había salido unas cuantas veces hacía cuatro años. La relación, después de
aquellos encuentros iniciales, se limitaba a lo meramente laboral, con
algunos coqueteos esporádicos, miradas indiscretas y sonrisas sin
importancia. Mi paciente había construido un verdadero castillo fantasioso
con su compañero, pero no por amor, sino por ganas de jugar al
matrimonio. El problema era que el juego le había tomado demasiada
ventaja. Mientras ella soñaba al mejor estilo de Susanita la de Mafalda, su
compañero salía con otras mujeres y había iniciado recientemente una
relación con una mujer que trabajaba en la misma empresa. Durante tres
meses pretendí, sin demasiado éxito, que apuntara su energía hacia algo
más productivo, como por ejemplo a hacer nuevos amigos. Un día llegó a
la cita totalmente descompuesta por la noticia que había recibido: el joven
se casaba. Yo me adherí a su dolor, pero en realidad me sentí complacido.
Aunque iba a sufrir mucho, ésta era la posibilidad de enterrar toda
expectativa frente a él. Los hechos eran contundentes en demostrar que el
muchacho no la quería. Para mi sorpresa, el pensamiento de mi paciente
cogió otro rumbo. Su pregunta principal fue: “No entiendo qué le puede
haber pasado”. Yo le contesté que posiblemente el muchacho se había
enamorado de otra, pero no estuvo de acuerdo: “No… Yo sé que no…
Apuesto a que está embarazada… Algo raro hay…” Traté de coger el toro
por las astas: “Creo que ya no hay nada que hacer ¿Por qué no aceptas que
se acabó? Piensa lo que está ocurriendo: se va a casar. Si te quisiera, estaría
contigo ¿No te parece que has estado disponible para él todo este tiempo?
Perdiste; no siempre se puede ganar. Creo que llegó el momento de deponer
las armas. Es más, creo que esta batalla nunca tuvo contrincante. Acéptalo,
ya no hay de qué pegarse”. Pero ni siquiera me escuchaba, estaba absorta
en su mundo interior cavilando un nuevo plan de ataque, fundamentada en
una esperanza totalmente irracional: “Estoy segura de que ese matrimonio
no le va a durar mucho… ¿Qué cree que debo hacer?” Le dije: “Contéstame
con sinceridad. Si él muriera, ¿qué harías?” Ella abrió los ojos y me
respondió: “Me resignaría”.
La incapacidad de renunciación también hay que buscarla en la
educación. Para nuestro sistema de valores, saber ganar es más importante
que saber perder. La capitulación y el reconocimiento de la derrota
siempre dejan un sabor amargo. No conozco ningún colegio que premie al
mejor perdedor. No importan los atenuantes, casi todo acto de renuncia es
mal visto y sancionado negativamente, como el capitán que no decide
hundirse con el barco. Para gran parte de nuestra cultura western, la
valentía es incompatible con aceptar tranquilamente el fracaso en la
contienda y la negación a seguir peleando. No importa cómo ni por qué se
pierda: perder siempre es malo. Nunca hay que tirar la toalla. Esta espada
de Damocles colocada sobre nuestra honra, hace muy difícil aceptar el
fracaso. Aunque debo confesar que en más de una ocasión la derrota ha
producido en mí una calma especial respecto al futuro: un problema menos.
Estar definitivamente out, es una manera de no tener que preocuparse ya
por los desenlaces. Sin embargo, la tozudez crónica de no dar el brazo a
torcer y morir en el intento, impulsa a las personas a continuar más allá de
sus posibilidades reales.
Una tercera causa posible está relacionada con ciertos rasgos de
inmadurez respecto al manejo que se hace del placer y la comodidad. Hay
personas que no son capaces de renunciar a lo agradable y no soportan la
incomodidad. Por ejemplo, fui incapaz de convencer a un paciente hombre
de que no fuera a pasar vacaciones a una casa donde no era bien recibido.
Sus respuestas eran totalmente infantiles: “Pero la casa es hermosa”, “no
tengo dinero para irme a otra parte”, “necesito unas vacaciones”. La
negación total. Todos los argumentos justificatorios eran egocéntricos: “Me
gusta”, “necesito”, “quiero”. Muy simple, cuando no se puede, no se puede,
pero aquí se podía aunque hubiera que negociar principios y rebajarse. La
corrupción no sólo se ve en las altas esferas. Otra paciente odontóloga,
tenía serios problemas con la persona que le arrendaba el consultorio.
Además de explotarla en el canon de arrendamiento y hacerle mal
ambiente, le quitaba pacientes de la lista de espera. La situación se había
vuelto insostenible y mortificante para ella. Cuando le propuse que se fuera
de inmediato a otro consultorio disponible en el mismo edificio, se asustó.
Le reafirmé que no tenía otra opción, y que aunque perdiera una semana o
dos de citas, se justificaba. Ella me respondió que era mejor esperar un
tiempo y dio la misma excusa tonta que suelen dar las personas incapaces
de renunciar: “Ahora no es el momento”. Lleva allí seis meses, bajo las
mismas condiciones humillantes. En la vida hay que cambiar unas cosas
por otras, y a veces incomodarse es la única forma.
La mayoría de nosotros vive enfrascado en una gran cantidad de
batallas cotidianas en las que no queremos estar, que ni siquiera son
propias, y de las cuales deseamos independizarnos. Dimitir, abdicar, salirse
de ellas, es quitarse una infinidad de preocupaciones dañinas y sacudirse
del mañana inútil. Sufrir innecesariamente no es un valor rescatable. Hay
que deponer las armas y solamente hacerse cargo de lo que verdaderamente
es vital para uno. Por lo demás, no hay que insistir ni invertir
psicológicamente en lo que no produzca paz. Cerrar el negocio a tiempo
puede ser una gran idea para dejar de perder. Colgar los guantes y privarse
de nuevos golpes es prolongar la vida. La renunciación, en cualquiera de
sus formas, es un acto de redención.
Si haces de la esperanza una forma generalizada de vida, tu mente
quedará atrapada en el futuro y te perderás del presente. Haz una lista de las
luchas que no consideras tuyas, de las que no te convienen, de las que estás
cansado de insistir e insistir. Asume con pasión y amor lo que
verdaderamente quieras llevar adelante y desecha esos viejos encartes que
te asignaron con o sin tu consentimiento. Notarás que el mañana dejará de
ser una carga impositiva. Aprender a perder es abandonar el campo de
combate para no volver jamás; de cierta manera, es olvidar el futuro. Sé un
buen perdedor y harás de la derrota una oportunidad para seguir avanzando
sin tanta prisa. El que renuncia deja de esperar, por eso la resignación sana
es ausencia de deseo y un paso a la sabiduría.

Extraído del Libro “De Regreso a Casa” de Walter Riso

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Deja de tratar que suceda algo.
Dejar de hacer, tanto si esto te está desgastando o con ello no estás
logrando los resultados deseados. Deja de pensar tanto en ello. Deja
de preocuparte por ello. Deja de estar tratando de forzar, de
manipular, de obligar o de hacer que suceda.
Hacer que sucedan las cosas es controlar. Podemos tomar una acción
positiva para ayudar a que sucedan las cosas. Podemos hacer nuestra
parte. Pero muchos de nosotros hacemos más que nuestra parte.
Sobrepasamos los límites de cuidar y hacer nuestra parte y nos
embarcamos en una conducta controladora, coercitiva, de cuidar
excesivamente a los demás.
Controlar es autoderrotista. No funciona. Al ofrecernos demasiado
para hacer que suceda algo, de hecho podemos estar impidiendo que
ocurra.
Haz tu parte relajadamente, con armonía, en paz. Luego, déjalo ir.
Simplemente déjalo ir. Oblígate a dejarlo ir si es necesario. “Actúa
como si”. Pon tanta energía en dejarlo ir como las has puesto en
tratar de controlar. Obtendrás mucho mejores resultados.
Puede que no suceda. Puede ser que ocurra de la manera como nosotros
queríamos y esperábamos. Pero nuestra conducta controladora tampoco
hubiera logrado que sucediera.
Aprende a dejar que las cosas sucedan, porque así ocurrirá, de todas
maneras. Y mientras esperamos a ver qué sucede, estaremos más
felices y también lo estarán quienes nos rodean.
Hoy dejaré de forzar a que sucedan las cosas. En vez de ello,
permitiré que las cosas ocurran de manera natural. Si me sorprendo
tratando de forzar eventos o de controlar a la gente, me detendré y
descubriré una manera de desapegarme.

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Eres el huracán que
arranca lo establecido,
tierna brisa al despertar
con flores enrojecidas.
Con tu cuerpo y en tus ojos
mi vida transita,
entre amaneceres y escondites,
entre besos de agua bendita.
Das a mi boca vida,
a mis momentos emoción,
tus manos me estremecen
das luz a mi corazón.
No necesito nada más,
que correr en tus brazos
sin freno ni pausa,
me dejan feliz en esta causa.
Tu cuerpo en mi cuerpo
mi cuerpo en el tuyo,
aguardo las horas,
las amo e intuyo.
Conoces tan bien
las maneras de amarme
que no necesito hablar
para que puedas llevarme.
Hacer contigo el amor
es grito y silencio,
son mares, son truenos
cansancios que sentencio.

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“La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas.” S. Freud

Cuenta una fábula sufí que un joven llamado Nasrudín llegó a un pueblo después de muchas horas de travesía por caminos polvorientos. Estaba acalorado y sediento. Dio con el mercado y allí vio unas frutas rojas desconocidas, pero aparentemente exquisitas y jugosas. La boca se le hizo agua. Fue tanto su júbilo que se compró cinco kilos. Buscó la sombra de un buen árbol en una calle tranquila y empezó a comérselas. A medida que comía, sentía un calor más y más intenso en la cara y en el resto del cuerpo. Empezó a sudar copiosamente, y su rostro y su piel se volvieron de un rojo encendido. Pero él siguió comiendo. Un viandante pasó por su lado y, sorprendido, le preguntó:

—Pero ¿qué haces comiendo tantos pimientos picantes con este calor tan terrible?

Y Nasrudín contestó:

—No estoy comiendo pimientos, me estoy comiendo mi inversión.

A menudo, las personas nos comemos nuestra «inversión» en la pareja aunque nos siente mal, aunque experimentemos
la relación como equivocada o desvitalizante. Pero lo prudente y positivo puede ser abandonar el empeño, saber soltarse,deponer las armas, reconocer las señales de tensión en el cuerpo cuando lo que vivimos no nos produce satisfacción ni nutre a la pareja. Porque una pareja mantiene su sentido mientras sigue siendo nutritiva, creativa, y un campo abonado para acoger los movimientos del alma profunda de sus miembros, pero deja de tenerlo cuando no es así. En ese caso, hay que afrontar, tarde o temprano, la ruptura. Y el valor y el arte para la ruptura son tan cruciales como el coraje y el arte para la unión.

Hay que rendirse, soltar lastre, desapegarse, aceptar. Aquí, rendirse significa dejarse llevar en brazos de una voluntad más grande que la propia, de un destino mayor, para que el dolor sea posible y nos dirija en otra dirección.
Rendirse es el acto más humano de todos, porque nos enseña los límites, aquello que se nos posibilita y aquello que se nos niega; aquello que no es posible a pesar del amor y aquello que es posible más allá del amor.

En casi todas las parejas podemos rastrear la presencia del amor en alguna de sus manifestaciones: pasión, ternura,
deseo, amistad, decisión, cuidado, admiración, compromiso… Cuantas más sean posibles y se integren y encuentren vida en la pareja, mejor. Sin embargo, para lograr el bienestar y la estabilidad en la relación, para que haya dicha, el amor no es suficiente. De hecho, la mayoría de las parejas que se separan lo hacen a pesar del amor, a pesar de que se quieren, pues sucede que no encuentran modos de gestionar su amor de manera que fermente en dicha. Muchos asuntos influyen en ello: caminos personales legítimos pero divergentes, destinos muy marcados en uno de los dos o en ambos (por ejemplo, poseer algún talento o sentir que se tiene una misión personal), pautas de relación tortuosas y estilos afectivos chirriantes, límites e implicaciones en el alma de las familias originales, vínculos anteriores que debilitan, modelos de pareja de nuestros anteriores que seguimos imitando aunque ya no sirvan, hechos de la pareja no integrados, etcétera.

Cuando dos personas se conocen, enseguida, incluso antes de hablar, activan esquemas de relación a través de su actitud y sus ademanes corporales. El otro o la otra nos invita a activar una serie de respuestas. Por ejemplo, A puede invitar a B a ser su salvador, a cuidarlo (o a ser su cómplice, o su fan, o su policía, o su controlador y mil etcéteras). Entonces, hace algo para que venga el otro y lo cuide. Pero cuando B cuida a A, A se siente más débil y B tiene que cuidarlo más, y esto acaba dando al traste con la relación. El bucle se realimenta y la relación se estereotipa y pierde creatividad.

Ambos son buenas personas y se quieren, pero actúan según un patrón que en un determinado momento ya no se sostiene. Aquí, el problema no es la falta de amor, sino de buen amor. Y es que a veces, a pesar del amor, las personas están desnutridas e insatisfechas en la relación. Algunas, por ejemplo, se instalan en el victimismo y no son felices, y aunque anhelan desesperadamente el amor, si lo aceptaran, tendrían que renunciar a su posición victimista, con lo cual optan por enojarse con las personas que las quieren. Son las trampas del mal amor.

Cuando las personas tienen problemas de pareja, suelen pensar que no se comunican bien, pero ésa es sólo la superficie del problema, o más bien su manifestación. En el fondo, en el origen, hay patrones, dinámicas y pautas
relacionales que comportan sufrimiento, o hechos que no han sido encarados o a los que no se ha dado la importancia que merecen.

He observado, por ejemplo, que hay asuntos en las parejas que son como pruebas existenciales que actúan como torpedos potenciales en la línea de flotación de su supervivencia. Hechos que comportan retos y que, si son superados, unen y fortalecen el vínculo de manera perenne: un aborto espontáneo, el nacimiento de un hijo con una disminución, una enfermedad importante, la muerte o enfermedad de un hijo, ruinas o inesperadas fortunas económicas, la muerte o dependencia del padre o la madre de cualquiera de ellos, un aborto elegido, secretos y traiciones, adopciones, etcétera. En esas ocasiones, desafíos vestidos de dolor o de dificultad visitan a la pareja, y el reto consiste en ver si son capaces de encararlos juntos, de sobrellevarlos juntos y salir fortalecidos o no. En muchos casos se separan internamente porque no pueden con el peso, porque no son capaces de vivirlo juntos, de entregarse como compañeros al dolor, cada uno a su manera, pero juntos. Y lo que hacen es tratar de salvarse cada uno por su lado y a su manera.

No hay nada más conmovedor que ver a unos padres en el hospital, acompañando a su hijo en sus últimos momentos
de vida, tomados de la mano, y a su vez tomando cada uno una de las manos del hijo, en un círculo de amor y dolor, y de respeto ante ese destino inclemente. Pero es mucho más común que las parejas no consigan este movimiento de amor y se desesperen. Es muy común, por ejemplo, que uno de los padres quiera seguir al hijo a la muerte o ya no se interese por la vida o lleve duelo crónico, mientras el otro se endurece y se aparta, de manera que en el fondo se pierden en el alma como pareja. En el caso de abortos elegidos es habitual que sientan que abortaron algo de su propia relación. Los abortos voluntarios no son trámites superficiales. Todo lo contrario: mueven la vibración profunda del alma en sintonía con la vida y la muerte, de manera tal que a menudo las personas no logran enfrentarse a ellos desde la hondura del corazón e integrarlos bien, y lo hacen desde la llanura de la mente y la ideología. Pero no funciona.

Cualquier terapeuta experimentado habrá visto romperse emocionalmente, tronchadas de dolor, a mujeres (y a algún hombre) que decidieron abortar, interrumpiendo el proceso de la vida (el aborto, en última instancia, siempre lo decide la mujer, por eso para ellas es más difícil de integrar y sobrellevar). Habrá visto cómo el dolor intenta abrirse paso hacia un movimiento de amor por esa criatura abortada y el anhelo de hacerle espacio en el corazón también con ese destino. Lo que no ayuda es la culpa, demasiadas veces inconsciente, que se expía a través de enfermedades, malestares anímicos, o cerrando la puerta a una buena pareja posterior. En el caso de mujeres adolescentes o muy jóvenes es especialmente difícil integrar un aborto, pues no saben cómo vivirlo y gestionarlo en su corazón, y quedan más o menos paralizadas y cargando con una culpa. Lo que se muestra en el trabajo de Constelaciones es que, en general, las criaturas abortadas no necesitan la vida, pero sí reconocimiento y amor hacia su presencia y su destino. En general, la muerte, la no vida, es un problema para los vivos, no tanto para los que ya no viven.

Sirva esta larga digresión sobre el aborto para desembocar en el tema general de que la pareja se enfrenta a proezas existenciales cuando debe encarar hechos dolorosos. Y las supera cuando ambos se mantienen juntos, lloran juntos y se sostienen juntos, y si eso ocurre, puede ser que vuelvan a empezar juntos a pesar de los pesares.

Providencialmente, durante la revisión de este capítulo, he ido a dar una conferencia en Madrid sobre Constelaciones
para sistemas empresariales. En el taxi, empiezo a conversar con el conductor, que me dice:

—Hoy es mi último día en este coche; mañana me dan el nuevo, uno más grande para hacer transporte, adaptado a personas con discapacidades.

Yo me intereso por saber los motivos de este cambio:

—¿Es mejor negocio o más previsible?

Me contesta que conoce bien el tema porque tiene un hijo adolescente en esa situación y me explica que al nacer sufrió falta de oxígeno y padece graves limitaciones: tiene muy poca movilidad y no habla. Me cuenta que escribe en un ordenador a través de una tecnología que dirige el cursor a partir de la fijación de la atención de los ojos. Me maravilla el entusiasmo y el amor con que habla de su hijo. De repente, agrega:

—No lo cambiaría por tres sanos.

Le contesto que lo que dice de su hijo es muy bonito, y él prosigue:

—Es tan inocente y su amor es tan puro que en él todo es verdadero. Una gran bendición. Y para mí y para su madre cualquier sacrificio ni siquiera es sacrificio.

Me conmueve. Entonces le cuento que soy psicólogo, que mi trabajo a menudo consiste en trabajar sobre temas familiares y que a veces he visto que una situación como la de su hijo pone a prueba la fortaleza de los padres como pareja, por lo que es frecuente que se desunan o separen; o bien, al revés, cuando encuentran juntos un movimiento de humanidad, dolor compartido y aceptación, se hacen más fuertes. Él me mira por el retrovisor y contesta:

—Lo sé. Mi esposa y yo lo hemos logrado, pero no es fácil. Otros no lo consiguen. Lo veo en nuestra asociación, en la que nos encontramos con otros padres e hijos. Nosotros nos hemos hecho muy fuertes como pareja, y estoy contento.

Su testimonio, su visión amorosa y alegre, me llenan de inspiración para la conferencia que voy a impartir.

Publicado por Rodrigo Córdoba Sanz

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