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Archive for 23 septiembre 2013

El poder de la asertividad: ¿Por qué es bueno ser asertivo?La asertividad fortalece el amor propio y la
dignidad.

PARA EXIGIR respeto debo empezar por respetarme a mí mismo y reconocer aquello que me hace
particularmente valioso, es decir: debo quererme y sentirme digno de amor. Precisamente, la dignidad personal
es el reconocimiento de que somos merecedores de lo mejor. Así como nos sentimos amados e importantes
cuando alguien nos defiende y nos cuida, de igual manera la autoestima sube como espuma cuando nos
resistimos a ser sacrificados, utilizados o explotados.
Si acepto pasivamente la injusticia o la ofensa, estoy admitiendo en los hechos que merezco ser tratado
indebidamente. Ésa es la razón por la cual los que tienen pocas habilidades sociales y carecen de asertividad
sufren de depresión. Un paciente que sufría de ansiedad social y depresiones frecuentes llegó a una conclusión
interesante, un insigth revelador, que no había procesado antes de manera categórica: “¡Si no me quiero yo,
quién me va a querer!”. Muchos pacientes deprimidos mejoran ostensiblemente con el entrenamiento asertivo
porque rompen el esquema de desamor al que inevitablemente llevan los comportamientos de sumisión.
Siguiendo a Savater, podemos decir que la dignidad humana implica, al menos, cuatro condiciones:
No ser un instrumento para otros fines distintos a los propios.
Ser autónomo en las propias decisiones.
Ser tratado de acuerdo con sus méritos y no con circunstancias aleatorias como raza, etnia, clase social o
preferencia sexual, es decir, no ser discriminado por esas razones.
No ser abandonado, despreciado o rechazado afectivamente.
El punto a, es lo que Kant denominó el imperativo categórico o moral:
En todas sus acciones, no sólo las dirigidas a sí mismo, sino las dirigidas a los demás seres racionales, el
hombre debe considerarse siempre al mismo tiempo como un fin.
Veamos un caso en el que se tuvieron en cuenta los cuatro postulados de la dignidad personal para que una
paciente pudiera ser asertiva.
Gloria era una mujer de treinta y seis años, de origen salvadoreño, casada con un hombre dedicado a las
finanzas. Su vida giraba alrededor de sus tres hijas y su marido. Era una mujer tímida, recatada, pero astuta e
inteligente. Al llegar a la consulta estaba deprimida y una sensación de vaguedad e incompletad la acompañaba
casi todo el tiempo. Por lo general, esta sensación fragmentada suele estar asociada a la imposibilidad de
desarrollarse como personal: el “sentido de vida” del que habla Víctor Frankl. La impresión sentida de que algo
nos falta.
Había una mortificación latente en Gloria que no había hecho consciente. Aunque su esposo la quería, la
relación afectiva tenía una pata coja. Gloria sentía que su marido no la admiraba, la limitaba en unas cosas y la
subestimaba en otras. En ocasiones, solía burlarse “amigablemente” de sus gestos, su acento salvadoreño y su
etnia. El hombre era un “tomador de pelo” crónico y Gloria era uno de sus blancos preferidos, especialmente en
público.
Cuando la ofensa tiene un carácter leve o sutil y está amparada bajo un supuesto sentido del humor, la mente
termina acostumbrándose a los agravios. El autoengaño adopta distintas formas de justificación: “No es tan
grave”, “Unas cosas por otras” o “Hay cosas peores”. Sin embargo, como dice el refrán, La procesión va por
dentro. No podemos resignarnos a la descortesía de la persona que amamos, por más “delicada” y lúdica que
sea, sobre todo si se repite sistemáticamente. La inasertividad y el silencio obsecuente de Gloria no hacían más
que avalar la conducta agresiva y machista de su marido.
Durante la etapa inicial de la terapia, la introduje al tema de la asertividad, le di material relacionado con la
importancia de defender y ejercer los derechos personales, y le propuse que revisáramos los cuatro aspectos
que definen la dignidad humana, para ver si en su vida afectiva algunos de ellos no se cumplían. Al principio no
le encontró mucho sentido porque quería respuestas prácticas y concretas, pero finalmente aceptó.
Mi hipótesis era que si Gloria lograba comprender racionalmente dónde se originaba su sentimiento de
indignación, podría actuar de manera asertiva, sin culpa ni miedo. Mi experiencia como terapeuta es que si
estamos convencidos hasta los huesos e integramos hasta la última célula del cuerpo en el debate, el
comportamiento será mucho más efectivo.
Le expliqué que muchas veces, debido a miedos y creencias irracionales, terminamos acostumbrándonos a
situaciones abiertamente desagradables e incómodas, y que la única manera de salir de este atolladero es ver
las cosas como son, realista y descarnadamente.
T (Terapeuta): ¿Te sientes utilizada por tu esposo?
G (Gloria): Nunca había pensado en esos términos… No, no es un hombre aprovechado… Me siento mal
hablando de esto, él es un buen hombre…
T:Nadie lo niega, la idea no es difamarlo sino ver cómo te sientes. Tú lo amas, y eso está bien. Quiero que
pienses desde el amor…
G:A veces me siento mal en lo sexual… Él no se preocupa demasiado por mí… No es que me sienta como un
objeto… Bueno, no un poco… Me gustaría que fuera más cariñoso durante la relación y que si yo no tengo
deseos, pues que lo entienda… En ocasiones me obliga a hacerlo…
T:¿Crees que puedes ser autónoma en tus decisiones o te sientes impedida en algún sentido?
G:Me gustaría estudiar, pero con las niñas es difícil… Son muy pequeñas.
T:Ya van al colegio, ¿verdad? ¿Qué horario tienen?
G:De siete de la mañana a tres de la tarde.
T:¿Y en ese tiempo no podrías dedicarte a otras cosas de tu interés?
G:No, no tengo apoyo.
T:¿De quién necesitas apoyo?
G:De mi marido y de mi madre… Ella vigila siempre mi desempeño como mamá… Y él piensa que no es el
momento, que quizás más adelante… Las niñas me necesitan… Incluso si quiero salir con una amiga, suele
haber problemas… En ocasiones siento que mis cosas no son importantes… Pienso que mi esposo las
subestima…
T:¿Crees que eres tratada de acuerdo con tus méritos o que existe algún tipo de discriminación hacia ti?
G:(Silencio))
T:¿Te la repito?
G:No, no… Pensaba… Algunos amigos nuestros… y también mi esposo, se burlan de mi nacionalidad… Yo sé
que no lo hacen de malos, pero siempre me recuerdan que soy extranjera… Cada vez que pueden hacer algún
comentario sobre lo subdesarrollado que es El Salvador o sobre lo horrible que es su comida típica, mi acento,
en fin… No me siento respetada, me ofende que se burlen de mis orígenes… En especial mi marido…
T:¿Crees que has sido abandonada o descuidada en algún sentido?
G:Creo que sí… Sí… No me siento amada ni admirada… Es triste reconocerlo… Me duele…
T:Pienso que el ejercicio ha sido útil. No te sientes tratada dignamente, ése es tu malestar. En las cuatro
preguntas que te formulé hubo “peros”, insatisfacciones, aflicción, te dolían las respuestas que dabas porque te
mostraban una realidad que no querías ver. No hace falta que nos golpeen físicamente para que nos lastimen.
De todas maneras, pienso que tu esposo te quiere y que solamente hay que enseñarle a relacionarse de una
forma más constructiva y respetuosa contigo. Tú puedes hacerlo, si eres asertiva.
Gloria tomó conciencia de que su dignidad personal estaba siendo vulnerada. La reflexión racional le dio más
seguridad a la hora de actuar y le permitió justificar el cambio que deseaba. En otras palabras, legitimó su
sentimiento y se autorizó a sí misma a ser asertiva. En muy poco tiempo, no sólo logró que su marido y su
madre la tomaran más en serio, sino que comenzó a revalidar su bachillerato para ingresar en la universidad.
Podría argumentarse que Gloria debería haber hecho caso omiso a las burlas y opiniones de los demás, esposo
y mamá incluidos. Pero ésta es una posición artificial y alejada de la realidad. Nos guste o no, somos seres
“yoicos”: tenemos una identidad que defender si no queremos perder la cordura. Gloria no era una mujer
quisquillosa, hipersensible o paranoica, sólo se trataba de alguien que quería poner límites razonables y ejercer
sus derechos.

Extraído del libro “Cuestión de Dignidad” de Walter Riso

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Cuentan que había una caravana en el desierto.
Al caer la noche la caravana se detiene.
El muchachito encargado de los camellos se acerca al guía de la caravana y le dice:
– Tenemos un problema, tenemos 20 camellos y 19 cuerdas, así que ¿cómo hacemos?
Él les dice:
– Bueno, los camellos son bastantes bobos, en realidad no son muy lúcidos, así que anda al lado del camello que falta y hace como que lo atas. Él se va a creer que lo estás atando y se va a quedar quieto.
Un poco desconfiado el chico va y hace como que lo ata y el camello en efecto se queda ahí, paradito, como si estuviera atado.
A la mañana siguiente, cuando se levantan, el cuidador cuenta los camellos, y están los veinte.
Los mercaderes cargan todo y la caravana retoma el camino.
Todos los camellos avanzan en fila hacia la ciudad, todos menos uno que queda ahí.
– Jefe, hay un camello que no sigue a la caravana.
– ¿Es el que no ataste ayer porque no tenías soga?
– Sí, ¿Cómo lo sabe?
– No importa. Andá y hace como que lo desatas, porque si no va a seguir creyendo que está atado y si lo sigue creyendo, no empezará a caminar.

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Si de noche lloras porque el sol no está, las lágrimas te impedirán ver las estrellas.
R. Tagore.

Seguir llorando aquello que no tengo me impide disfrutar esto que tengo ahora.
Aprender a enfrentarse con el tema de la pérdida es aceptar vivir el duelo, saber que aquello que era es aquello que era y que ya no es más o por lo menos que ya no es lo mismo que era.
De hecho nunca es lo mismo.
Decía Heráclito: imposible bañarse dos veces en el mismo río.
Ni el río trae la misma agua ni yo soy el mismo.
Hay una pérdida necesaria.
Cuando me doy cuenta de que algo ha muerto, de que algo está terminado, ese es un buen momento para soltar.
Cuando ya no sirve, cuando ya no cumple, cuando ya no es, es el tiempo de soltar.
Lo que seguro no voy a hacer, si te amo de verdad, es querer retenerte.
Lo que seguro no voy a hacer es tratar de engancharte, si es verdad que te amo.
¿Te amo a vos, o amo la comodidad de que estés al lado mío?
¿Estoy relacionado con vos, individuo, persona?, o estoy relacionado con mi idea de que ya te encontré y no quiero salir a buscar más a nadie.
La verdad es que la pregunta que hago a todos es la que me hago a mí.
Si mañana yo llego a mi casa y mi esposa, después de 26 años de casados, me dice que no me quiere más…¿qué pasa?.Primero dolor, angustia, tristeza y luego más dolor.
Y después las dudas.
Me pregunto:
¿quiero yo seguir viviendo con alguien que no me quiere?
Yo. No ella. Yo ¿quiero seguir?
La quiero enormemente
¿Alcanza? ¿Puedo yo quererla por los dos?
La verdad…que no.
Y la verdad es que esta es la historia: como sé que no puedo determinar que me quieras ni quererte por ambos, entonces…te dejo ir.
No te atrapo, no te agarro, no te aferro, no te aprisiono.
Y no te dejo ir porque no me importe, te dejo ir porque me importa
Pero, Jorge, hay situaciones, momentos, donde una pareja pelea y lucha por el vínculo y después de un tiempo de roces se vuelven a encontrar”.
Sí, hay miles de parejas que antes de encontrarse debieron separarse y otras que se separaron y nunca se volvieron a encontrar y hay miles más que no se separaron nunca y vivieron cagándose la vida para siempre, y hay toda la serie de variaciones que se te ocurran.
Pero seguramente el final de la historia de una pareja no pasa por cuánto consiga alguno de los dos mantener prisionero al otro.
Cuando una pareja en problemas viene a consultar a un terapeuta, basta que uno de los dos sienta que se terminó, que no quiere más, que no tiene emoción, que se acabó el deseo, basta que uno sostenga que agotó todos los recursos pero no le pasa nada, basta eso para saber que no hay mucho para rescatar.
Si hay deseo, si se quieren, si se aman, si les importa cada uno del otro, si creen que hay algo que se pueda hacer, aunque no sepan qué, los problemas se pueden resolver (mejor dicho, se pueden intentar)
Pero si para alguno de los dos verdadera y definitivamente se terminó, se terminó para ambos, y no hay nada más que hacer..Por lo menos en esta vuelta de la calesita. Quizás en la próxima te saques la sortija montada en el mismo pony, pero en esta vuelta no hay más premios para repartir.
Y entonces habrá que decirle al que ama:
tengo malas noticias para vos. Lo siento, se terminó.
¿Y ahora?
No lo sé. Seguramente te duela.
Pero te puedo garantizar que no te vas a morir.
Si no te aferras no te vas a morir.
Si no pretendes retener no te vas a morir.
Salvo, como dije, que vos creas que te vas a morir.

Extraído del libro el Camino de las Lágrimas de Jorge Bucay

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Esta frase me la enviaron por correo y aunque desconozco su autoría, me ha parecido tan bella y con tanto “sentido y sensibilidad”, que no cabe otro gesto que destacarla.

La cita nos permite también comentar un viejo fenómeno que nos ataca de manera cíclica: la espera de la gran felicidad, mientras que vamos despreciando las pequeñas alegrías cotidianas. Esperar, sin hacer otra cosa que esperar y mientras se espera, la vida vamos gastando y, sin embargo, algunos no se cansan nunca de esperar… sin saber que lo que les espera quizá ya no les está esperando.

Una cosa es tener esperanza en que algo acontezca y otra, muy distinta, hacer que todo se detenga hasta su llegada. Seamos suficientemente coherentes para vivir cada día con entusiasmo, porque: ¿esperar a qué? ¿A un cambio del viento?, Hay rachas eternas. ¿A un cambio de opinión? Hay gente que nunca la cambia. ¿A un golpe de fortuna? La fortuna no suele llegar siempre de golpe. ¿A un milagro?, bien, no digo que no ocurran, pero son tan escasos.

Esperemos todo eso si queremos y hagámoslo con confianza, pero, por favor, no aplacemos absolutamente nada por ello y no dejemos de disfrutar ni un sólo día de nuestra vida. No dejemos de prepararnos para aprender o para mejorar. No dejemos de conocer, amar, sentir, gozar, reír… vivir, en suma. Sea bienvenido lo que estamos esperando cuando ello nos alcance, (anhela algo por suficiente tiempo y ya no lo querrás, dice un proverbio Chino), pero mientras tanto vivamos.

Reflexión final: aprende a bailar bajo la lluvia, porque la tormenta (cabe esa posibilidad) puede que nunca llegue a pasar

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(Letra y Música: Tito Fernández)

Después de haber rodado tanto y tanto,
desafiando la pena y el dolor,
no me atrevo a decir, he fracasado,
y prefiero seguir igual que hoy.

Con mi pena, tu recuerdo y la esperanza,
de volver, algún día, donde estás,
voy vagando, y acortando la distancia,
donde todo se vuelve soledad.

Amor,
voy caminando, sin destino, una vez más,
buscando,
desesperado, en otros ojos, la verdad.

En los labios, sin color, de otras mujeres,
he bebido, tratando de olvidar,
/pero todo es imposible y, aunque niegue,
cada día te vuelvo a recordar/ bis.

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Sé que soy controladora, pero mi marido también lo es. Posiblemente
él es más controlador que yo. Cada vez que he estado dispuesta a
dejarlo, cada vez que he empezado a irme, él ha sabido decir las
palabras exactas para detenerme. Y él sabia que yo respondería. El
sabía decir exactamente lo que yo necesitaba escuchar para quedarme
ahí donde él quería que me quedara. El sabía lo que estaba haciendo,
y sabía lo que yo haría, porque después de que empecé a recuperarme,
me lo confesó.
Anónimo
Algunos de nosotros somos así de vulnerables a las palabras.
Un “te quiero” dicho a tiempo. Un momento escogido para decir “lo
siento”. Una disculpa expresada en el tono correcto de voz. Una
palmadita en la cabeza. Una docena de rosas. Un beso. Una tarjeta de
felicitación. Unas cuantas palabras que prometen un amor aún no
manifestado pueden mantenernos en la negación. A veces pueden
mantenernos negando que se nos ha mentido, maltratado o que se ha
abusado de nosotros.
¡Hay aquellos que deliberadamente se proponen dominarnos,
controlarnos y manipularnos a través de palabras baratas! ¡Conocen,
entienden perfectamente nuestra vulnerabilidad a unas cuantas
palabras dichas a tiempo! Penetran nuestra ingenuidad. Saben lo que
están haciendo. ¡Entienden el impacto que tienen sobre nosotros!
No tenemos por qué darle tanto poder a las palabras, aunque esas
palabras sean justamente las que queremos y necesitamos escuchar,
aunque suenen tan bien, aunque parezcan detener el dolor.
Tarde o temprano llegaremos a darnos cuenta de que si la conducta no
está de acuerdo con las palabras de una persona, estamos permitiendo
que se nos controle, que se nos manipule, que se nos engañe. Tarde o
temprano llegaremos a darnos cuenta de que es una charla barata, a
menos que la conducta de la persona esté de acuerdo con ella.
Podemos llegar a exigir congruencia entre la conducta y las palabras
de aquellos que nos rodean. Podemos aprender a no ser manipulados, o
dominados, por la charla barata.
No podemos controlar lo que hacen los otros, pero podemos escoger
nuestras propias palabras y nuestro propio curso de acción. No
tenemos por qué dejar que la charla barata, dicha a buen tiempo, nos
controle, aunque las palabras que escuchemos sean exactamente las
que queremos oír para que cese nuestro dolor.
Hoy dejaré ir mi vulnerabilidad a las palabras. Dios mío, ayúdame a
confiar en mí mismo para conocer la verdad, aunque se me esté
engañando. Ayúdame a apreciar aquellas relaciones donde hay
congruencia. Ayúdame a creer que merezco congruencia y verdad en la
conducta y en las palabras de aquellos que me importan.

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