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Archive for 25 octubre 2013

Estoy triste esta noche
me haces tanta falta.
La melancolía me ganó esta batalla,
y a la distancia estás tú.
Te extraño tanto,
sólo quiero poderte tocar
verme en el brillo de tus ojos,
sentirte al abrazar.
No hay nada que quiera más
que estar esta noche contigo,
de la mano juntos merodear,
el mar, sentir el viento, poderte besar.
Estoy triste esta noche,
ha parado la ciudad,
hay silencio y en mi corazón
te puedo escuchar.
No hay nada más que me hiciera feliz
que tocarte al fin esta noche
algo que no pueda evitar.

Autor Francisco Madero Urmenetta

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l. Típicamente, usted proviene de un hogar disfuncional que no satisfizo sus necesidades emocionales.
Tal vez la mejor manera de enfocar la comprensión de esta característica sea comenzar por la segunda mitad: “… que no satisfizo sus necesidades emocionales”. Por necesidades emocionales no entendemos solamente las necesidades de amor y atención. Si bien ese aspecto es importante, más crítico aun es el hecho de que sus percepciones y sentimientos hayan sido, en su mayor parte, ignorados o negados en lugar de ser aceptados y valorados. Un ejemplo: Los padres están peleando. La hija tiene miedo. La hija pregunta a la madre: “¿Por qué estás enojada con papá?” La madre responde: “No estoy enojada”, pero se ve furiosa y perturbada. Ahora la hija se siente confundida, más temerosa, y dice: “Yo te oí gritar.” La madre responde, enfadada: “¡Te dije que no estoy enojada, pero lo estaré si insistes con esto!” Ahora la hija siente miedo, confusión, enojo y culpa. Su madre ha implicado que sus percepciones son incorrectas, pero si eso es verdad, ¿de dónde provienen esos sentimientos de miedo? Ahora la niña debe elegir entre saber que tiene razón y que su madre le ha mentido deliberadamente, o pensar que se equivoca en lo que oye, ve y siente. A menudo se conforma con la confusión y deja de expresar sus percepciones para no tener que experimentar la aflicción de que se las invaliden. Eso deteriora la capacidad de una niña de confiar en sí misma y en sus percepciones, tanto en la niñez como en la edad adulta, especialmente en las relaciones cercanas.
La necesidad de afecto también puede ser negada o satisfecha en forma insuficiente. Cuando los padres están peleando o atrapados en otro tipo de luchas, es probable que quede poco tiempo y atención para los hijos. Eso hace que la niña sienta hambre de amor y, al mismo tiempo, no sepa cómo confiarlo o aceptarlo y se sienta inmerecedora de él.
Ahora bien, en cuanto a la primera parte de la característica -provenir de un hogar disfuncional- los hogares disfuncionales son aquellos en que se dan uno o más de los rasgos siguientes:
• abuso de alcohol y/u otras drogas (prescriptas o ilegales).
• conducta compulsiva como, por ejemplo, una forma compulsiva de comer, de trabajar, limpiar, jugar, gastar, hacer dieta, hacer gimnasia, etc.; estas prácticas son conductas adictivas, además de procesos de enfermedad progresivos. Entre muchos de sus efectos, alteran y evitan el contacto sincero y la intimidad en una familia.
• maltrato del cónyuge y/o de los hijos.
• conducta sexual inapropiada por parte de uno de los progenitores para con un hijo o hija, desde seducción hasta incesto.
• discusiones y tensión constantes.
• lapsos prolongados en que los padres se rehúsan a hablarse.

• padres que tienen actitudes o principios opuestos o que exhiben conductas contradictorias que compiten por la lealtad de los hijos.
• padres que compiten entre sí o con sus hijos.
• uno de los progenitores no puede relacionarse con los demás miembros de la familia y por eso los evita activamente, al tiempo que los culpa por esa efusividad.
• rigidez extrema con respecto al dinero, la religión, el trabajo, el uso del tiempo, las demostraciones de afecto, el sexo, la televisión, el trabajo de la casa, los deportes, la política, etc. Una obsesión por alguno de esos temas puede impedir el contacto y la intimidad, porque el énfasis no se coloca en relacionarse sino en acatar las reglas.
Si uno de los progenitores exhibe alguno de estos tipos de conducta u obsesiones, resulta perjudicial para el hijo. Si ambos padres están atrapados en alguna de esas prácticas nocivas, los resultados pueden ser más perjudiciales aun. A menudo los padres practican tipos de patología complementarios. Por ejemplo, una persona alcohólica a menudo se casa con otra que come compulsivamente, y entonces cada uno lucha por controlar la adicción del otro. Con frecuencia, los padres también se equilibran mutuamente en formas dañinas, cuando una madre abrumadora y sobreprotectora está casada con un padre irascible que tiende al rechazo, en realidad las actitudes y la conducta de cada uno de ellos inducen al otro para continuar relacionándose con los hijos en una forma destructiva.
Las familias disfuncionales presentan muchos estilos y variedades, pero todas comparten un mismo efecto sobre los hijos que crecen en ellas: esos hijos sufren cierto grado de daño en su capacidad de sentir y relacionarse.

2. Habiendo recibido poco afecto, usted trata de compensar indirectamente esa necesidad insatisfecha proporcionando afecto, especialmente a hombres que parecen, de alguna manera, necesitados.

Piense en cómo se comportan las criaturas, especialmente las niñas, cuando les falta el amor y la atención que quieren y necesitan. Mientras que un varón puede enfadarse y reaccionar con una conducta destructiva y pelear, en una niña es más frecuente que desvíe su atención hacia una muñeca preferida. La acuna y la mima; al identificarse con ella en algún nivel, esa niñita está haciendo un esfuerzo indirecto para recibir el afecto y la atención que necesita. Al llegar a adultas, las mujeres que aman demasiado hacen algo muy similar, sólo que tal vez en forma ligeramente más sutil. En general, nos convertimos en personas que proporcionamos afecto en la mayoría de las áreas de nuestra vida, si no en todas. Las mujeres que provienen de hogares disfuncionales (y especialmente, según he observado, las que provienen de hogares alcohólicos) se encuentran en enorme cantidad en las profesiones asistenciales, trabajando como enfermeras, consejeras, terapeutas y asistentes sociales. Nos vemos atraídas hacia los necesitados; nos identificamos con compasión con su dolor y tratamos de aliviarlos para poder disminuir el nuestro. El hecho de que los hombres que más nos atraen sean aquellos que parecen necesitados tiene sentido si entendemos que la raíz de esa atracción es nuestro propio deseo de ser amadas.
Un hombre que nos atraiga no necesariamente tiene que estar en bancarrota o tener mala salud. Quizá sea incapaz de relacionarse bien con los demás, o puede ser frío y desamorado, obstinado o egoísta, malhumorado o melancólico. Tal vez sea un poco rebelde e irresponsable, o incapaz de comprometerse o de ser fiel. O quizá nos diga que nunca ha podido amar a nadie. Según nuestros propios antecedentes, respondemos a distintas variedades de necesidad. Pero sin duda respondemos, con la convicción de que ese hombre necesita nuestra ayuda, nuestra compasión y nuestra sabiduría para mejorar su vida.

3. Debido a que usted nunca pudo convertir a su(s) progenitor(es) en los seres atentos y cariñosos que usted ansiaba, reacciona profundamente ante la clase de hombres emocionalmente inaccesibles a quienes puede volver a intentar cambiar, por medio de su amor.
Quizá su lucha haya sido con uno solo de sus padres, quizá con ambos. Pero lo que haya estado mal, lo que haya faltado o haya sido doloroso en el pasado es lo que usted está tratando de corregir en el presente.
Ahora comienza a ser evidente que sucede algo muy nocivo y frustrante. Sería bueno que trasladáramos toda nuestra compasión, nuestro apoyo y comprensión a relaciones con hombres sanos, hombres con quienes hubiera alguna esperanza de satisfacer nuestras propias necesidades. Pero no nos atraen los hombres sanos que podrían damos lo que necesitamos. Nos parecen aburridos. Nos atraen los hombres que reproducen la lucha que soportamos con nuestros padres, cuando tratábamos de ser lo suficientemente buenas, cariñosas, dignas, útiles e inteligentes para ganar el amor, la atención y la aprobación de aquellos que no podían darnos lo que necesitábamos, debido a sus propios problemas y preocupaciones. Ahora funcionamos como si el amor, la atención y la aprobación no tuvieran importancia a menos que podamos obtenerlos de un hombre que también es incapaz de dárnoslos, debido a sus propios problemas y preocupaciones.

4. Como la aterra que la abandonen, hace cualquier cosa para evitar que una relación se disuelva.

“Abandono” es una palabra muy fuerte. Implica ser dejadas, posiblemente para morir, porque quizá no podamos sobrevivir solas. Hay abandono literal y abandono emocional. Todas las mujeres que aman demasiado han experimentado por lo menos un profundo abandono emocional, con todo el terror y el vacío que eso implica. Como adultas, el hecho de ser abandonadas por un hombre que representa en tantos aspectos a aquellas personas que nos abandonaron primero hace aflorar una vez más todo ese terror. Claro que haríamos cualquier cosa por evitar sentir eso otra vez. Esto nos lleva a la siguiente característica.

5. Casi ninguna cosa es demasiado problemática, tarda demasiado tiempo o es demasiado costosa si “ayuda” al hombre con quien usted está involucrada.
La teoría que subyace a toda esa ayuda es que, sí da resultado, el hombre se convertirá en todo lo que usted necesita que sea, lo cual significa que usted ganará esa lucha para obtener lo que ha deseado durante tanto tiempo.
Por eso, mientras que a menudo somos frugales e incluso austeras para con nosotras mismas, llegaremos a cualquier extremo para ayudarlo a él. Algunos de nuestros esfuerzos por él incluyen lo siguiente:
• comprarle ropa para mejorar la imagen que tiene de sí mismo.
• encontrarle un terapeuta y rogarle que vaya a verlo.
• Financiar hobbies costosos para ayudarlo a aprovechar mejor su tiempo.
• soportar perturbadoras reubicaciones geográficas porque “él no es feliz aquí”.
• darle la mitad o el total de nuestras propiedades y posesiones para que no se sienta inferior a nosotras.

• proporcionarle un lugar donde vivir para que se sienta seguro.
• permitir que abuse de nosotras emocionalmente porque “antes nunca le dejaron expresar sus sentimientos”.
• encontrarle empleo.
Esta es solamente una lista parcial de las maneras en que tratamos de ayudar. Rara vez cuestionamos lo apropiado de nuestras acciones a favor de él. De hecho, gastamos mucho tiempo y energías tratando de idear nuevos enfoques que podrían funcionar mejor que los que ya hemos probado.

6. Acostumbrada a la falta de amor en las relaciones personales, usted está dispuesta a esperar, conservar esperanzas y esforzarse más para complacer.
Si otra persona con antecedentes distintos se encontrara en nuestras circunstancias, sería capaz de decir: “Esto es horrible. No seguiré haciéndolo más.” Pero nosotras suponemos que, si no da resultado y no somos felices, hay algo que no hemos hecho bien. Vemos cada matiz de conducta como algo que quizás indique que nuestra pareja finalmente está cambiando. Vivimos con la esperanza de que mañana será diferente. Esperar que él cambie en realidad es más cómodo que cambiar nosotras y nuestra propia vida.

7. Está dispuesta a aceptar mucho más del cincuenta por ciento de la responsabilidad, la culpa y los reproches en cualquier relación.
A menudo aquellas que provenimos de hogares disfuncionales tuvimos padres irresponsables, inmaduros y débiles. Crecimos con rapidez y nos convertimos en pseudo-adultas mucho tiempo antes de estar listas para la carga que suponía ese rol. Pero también nos complacía el poder que nos conferían nuestra familia y los demás. Ahora, como adultas, creemos que depende de nosotras hacer que nuestras relaciones funcionen bien, y a menudo formamos equipo con hombres irresponsables que nos culpan y contribuyen a nuestra sensación de que todo realmente depende de nosotras. Somos expertas en llevar esa carga.

8. Su amor propio es críticamente bajo, y en el fondo usted no cree merecer la felicidad. En cambio, cree que debe ganarse el derecho de disfrutar la vida.

Si nuestros padres no nos encuentran dignas de su amor y atención, ¿cómo podemos creer que realmente somos buenas personas? Muy pocas mujeres que aman demasiado tienen la convicción, en el centro de su ser, de que merecen amar y ser amadas simplemente porque existen. En cambio, creemos que albergamos terribles defectos o fallas y que debemos hacer buenas obras para compensarlos. Vivimos sintiéndonos culpables por tener esas deficiencias y temerosas de que nos descubran. Nos esforzamos mucho en tratar de parecer buenas, porque no creemos serlo.

9. Necesita con desesperación controlar a sus hombres y sus relaciones, debido a la poca seguridad que experimentó en la niñez. Disimula sus esfuerzos por controlar a la gente y las situaciones bajo la apariencia de “ser útil”.

Al vivir en cualquiera de los tipos más caóticos de familia disfuncional, como una familia alcohólica, violenta o incestuosa, es inevitable que una niña sienta pánico por la falta de control de la familia. No puede contar con las personas de las que depende porque están demasiado enfermas para protegerla. De hecho, a menudo esa familia constituye una fuente de amenazas y daño más que la fuente de seguridad y protección que ella necesita. Debido a que esa clase de experiencia es tan abrumadora, tan devastadora, aquellas que hemos sufrido en esa forma buscamos cambiar posiciones, por así decirlo. Al ser fuertes y útiles para los demás nos protegemos del pánico que surge al estar a merced de otro. Necesitamos estar con gente a quien podamos ayudar, a fin de sentirnos seguras y bajo control.

10. En una relación, está mucho más en contacto con su sueño de cómo podría ser que con la realidad de la situación.

Cuando amamos demasiado vivimos en un mundo de fantasía, donde el hombre con quien somos tan infelices o estamos tan insatisfechas se transforma en lo que estamos seguras de que puede llegar a ser, y en lo que se convertirá con nuestra ayuda. Dado que sabemos tan poco cómo es ser feliz en una relación y tenemos muy poca experiencia en el hecho de que alguien a quien queremos satisfaga nuestras necesidades emocionales, ese mundo de ensueño es lo más que nos atrevemos a acercarnos a tener lo que queremos.
Si ya tuviéramos a un hombre que fuera todo lo que quisiéramos, ¿para qué nos necesitaría? Y todo ese talento (y compulsión) para ayudar no tendría dónde operar. Una parte importante de nuestra identidad estaría desempleada. Por eso elegimos un hombre que no es lo que queremos… y seguimos soñando.

11. Es adicta a los hombres y al dolor emocional.

Según las palabras de Stanton Peele, autor de Amor y adicción: “Una experiencia adictiva es aquella que absorbe la conciencia de una persona y, al igual que los analgésicos, alivia su sensación de ansiedad y dolor. Quizá no haya nada tan bueno para absorber nuestra conciencia como una relación amorosa de cierta clase. Una relación adictiva se caracteriza por un deseo de tener la presencia tranquilizadora de otra persona… El segundo criterio es que disminuye la capacidad de una persona para prestar atención a otros aspectos de su vida y para ocuparse de los mismos.”
Usamos nuestra obsesión con los hombres a quienes amamos para evitar nuestro dolor, vacío, miedo y furia. Usamos nuestras relaciones como drogas, para evitar experimentar lo que sentiríamos si nos ocupáramos de nosotras mismas. Cuanto más dolorosas son nuestras interacciones con nuestro hombre, mayor es la distracción que nos proporcionan. Una relación verdaderamente horrible cumple para nosotras la misma función que una droga fuerte. No tener un hombre en quien concentrarnos es como suspender el consumo de una droga, a menudo con muchos de los mismos síntomas físicos y emocionales que acompañan la verdadera suspensión de una droga: náuseas, sudor, escalofríos, temblor, ansiedad, una forma obsesiva de pensar, depresión, imposibilidad de dormir, pánico y ataques de angustia. En un esfuerzo por aliviar esos síntomas, volvemos a nuestra última pareja o buscamos una nueva con desesperación.

12. Es probable que usted esté predispuesta emocionalmente y, a menudo, bioquímicamente, para volverse adicta a las drogas, al alcohol y/o a ciertas comidas, en particular los dulces.

Esto se aplica especialmente a muchas mujeres que aman demasiado que son hijas de adictos a cierta sustancia. Todas las mujeres que aman demasiado cargan con la acumulación emocional de experiencias que podrían llevarlas a abusar de sustancias que alteran la mente a fin de escapar de sus sentimientos. Pero los hijos de padres adictos tienden a heredar una predisposición genética de desarrollar sus propias adicciones.
Tal vez porque el azúcar refinada es casi idéntica en su estructura molecular al alcohol etílico, muchas hijas de alcohólicos desarrollan una adicción a ella y adquieren una forma compulsiva de comer. El azúcar refinada no es una comida sino una droga. No tiene valor alimenticio; sólo calorías vacías. Puede alterar en forma dramática la química cerebral y es una sustancia altamente adictiva para mucha gente.

13. Al verse atraída hacia personas que tienen problemas por resolver, o involucrada en situaciones que son caóticas, inciertas y emocionalmente dolorosas, usted evita concentrarse en su responsabilidad para consigo misma.

Si bien somos muy buenas para intuir lo que otra persona siente o para descubrir lo que otra persona necesita o debería hacer, no estamos en contacto con nuestros propios sentimientos y somos incapaces de tomar decisiones acertadas en aspectos importantes de nuestra vida que son problemáticos para nosotras. A menudo no sabemos en realidad quiénes somos, y el hecho de estar enredadas en problemas dramáticos nos impide tener que detenernos a averiguarlo.
Nada de esto significa que no podamos emocionarnos. Podemos llorar y gritar y aullar. Pero no somos capaces de usar nuestras emociones para guiarnos en la tarea de tomar las decisiones necesarias e importantes en nuestra vida.

14. Es probable que usted tenga una tendencia a los episodios depresivos, los cuales trata de prevenir por medio de la excitación que le proporciona una relación inestable.

Un ejemplo: una de mis pacientes, que tenía antecedentes de depresión y estaba casada con un alcohólico, comparaba la vida con él a tener un accidente automovilístico todos los días. Los terribles altibajos, las sorpresas, las maniobras, lo imprevisible y la inestabilidad de la relación presentaba en forma acumulativa una conmoción constante y diaria para su sistema. Si usted alguna vez tuvo un accidente automovilístico en el cual no sufrió heridas graves, quizás haya experimentado una sensación de euforia un día o dos después del accidente. Eso se debe a que su cuerpo sufrió una conmoción extrema y de pronto tuvo cantidades inusualmente altas de adrenalina. Esa adrenalina explica la euforia. Si usted es alguien que lucha con la depresión, inconscientemente buscará situaciones que la mantengan excitada, en forma muy similar al accidente automovilístico (o al matrimonio con un alcohólico), a fin de mantenerse demasiado eufórica para deprimirse.
La depresión, el alcoholismo y los desórdenes en la comida están estrechamente relacionados y parecen tener una conexión genética. Por ejemplo, la mayoría de las anoréxicas con quienes he trabajado y muchas de mis pacientes con problemas de depresión tenían por lo menos un progenitor alcohólico. Si usted proviene de una familia alcohólica, tiene doble probabilidad de tener problemas de depresión, debido a su pasado y a su herencia genética. Es irónico, pero la excitación de una relación con alguien que padezca esa enfermedad puede ejercer una fuerte atracción en usted.

15. No la atraen los hombres que son amables, estables, confiables y que se interesan por usted. Esos hombres “agradables” le parecen aburridos.

El hombre inestable nos resulta excitante; el hombre que no es con fiable nos parece un desafío; el hombre imprevisible, romántico; el hombre inmaduro, encantador; el hombre malhumorado, misterioso. El hombre furioso necesita nuestra comprensión. El hombre desdichado necesita nuestro consuelo. El hombre inadecuado necesita nuestro aliento, y el hombre frío necesita nuestra calidez. Pero no podemos “arreglar” a un hombre que está bien tal como es, y si es amable y nos quiere tampoco podemos sufrir. Lamentablemente, si no podemos amar demasiado a un hombre, por lo general, no podemos amarlo.
En los capítulos siguientes, cada una de las mujeres que usted conocerá tienen, al igual que Jill, una historia que contar acerca de amar demasiado. Quizá sus historias la ayuden a comprender los patrones de su propia vida con mayor claridad. Entonces también podrá emplear las herramientas dadas hacia el final del libro para cambiar esos patrones y transformarlos en una nueva configuración de auto- realización, amor y alegría. Este es mi deseo para usted.

Extraído del Libro “Mujeres que aman demasiado” de Robin Norwood

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Tantos meses, días y horas

sin saber quién eras en realidad.

Tantos días, horas y minutos

sin darme cuenta lo que todos veían

que tú no me rendías tributo.

Tantos minutos y segundos

que ya no esperan, no te esperan.

Me pregunto en quien te convertiste

o mejor dicho en quien te convertí?

Por que mis ojos te miraban con amor

con aquel amor que no quiere ver

la realidad;

con aquel amor que no puede ver

la realidad.

Hoy estoy despierta y veo que en

cada minuto, cada hora y cada mes

mi cristal estaba empañado

que no lograba mirarte con claridad

que solo miraba lo que yo esperaba

encontrar en realidad.

Hoy estoy despierta y veo que en

cada hora y cada mes

ya no veo lo que una vez vi.

Hoy estoy despierta y veo que

en realidad ya no me ves;

Hoy estoy despierta y

siento que no eres lo que amé

en cada hora y cada mes.

Autor desconocido

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La palabra imbécil la heredamos de los griegos (im: con, báculo: bastón), quienes la usaban para llamar a aquellos que vivían apoyándose sobre los demás, los que dependían de alguien para poder caminar.
Y no estoy hablando de individuos transitoriamente en crisis, de heridos y enfermos, de discapacitados genuinos, de débiles mentales, de niños ni de jóvenes inmaduros. Éstos viven, con toda seguridad, dependientes, y no hay nada de malo ni de terrible en esto, porque naturalmente no tienen la capacidad ni la posibilidad de dejar de serlo.
Pero aquellos adultos sanos que sigan eligiendo depender de otros se volverán, con el tiempo, imbéciles sin retorno. Muchos de ellos han sido educados para serlo, porque hay padres que liberan y padres que imbecilizan.
Hay padres que invitan a los hijos a elegir devolviéndoles la responsabilidad sobre sus vidas a medida que crecen, y también padres que prefieren estar siempre cerca “Para ayudar”, “Por si acaso”, “Porque él (cuarenta y dos años) es tan ingenuo” y “Porque ¿para qué está la plata que hemos ganado si no es para ayudar a nuestros hijos?”.
Esos padres morirán algún día y esos hijos van a terminar intentando usarnos a nosotros como el bastón sustituyente.
No puedo justificar la dependencia porque no quiero avalar la imbecilidad.

Siguiendo el análisis propuesto por Fernando Savater, existen distintas clases de imbéciles.

Los imbéciles intelectuales, que son aquellos que creen que no les da la cabeza (o temen que se les gaste si la usan) y entonces le preguntan al otro: ¿Cómo soy? ¿Qué tengo que hacer? ¿Adónde tengo que ir? Y cuando tienen que tomar una decisión van por el mundo preguntando: “Vos ¿qué harías en mi lugar?”. Ante cada acción construyen un equipo de asesores para que piense por ellos. Como en verdad creen que no pueden pensar, depositan su capacidad de pensar en los otros, lo cual es bastante inquietante. El gran peligro es que a veces son confundidos con la gente genuinamente considerada y amable, y pueden terminar, por confluyentes, siendo muy populares. (Quizás deba dejar aquí una sola advertencia: Jamás los votes.)

Los imbéciles afectivos son aquellos que dependen todo el tiempo de que alguien les diga que los quiere, que los ama, que son lindos, que son buenos.
Son protagonistas de diálogos famosos:

—¿Me querés?
—Sí, te quiero…
—¿Te molestó?
—¿Qué cosa?
—Mi pregunta.
—No, ¿por qué me iba a molestar?
—Ah… ¿Me seguís queriendo?

(¡Para pegarle!)

Un imbécil afectivo está permanentemente a la búsqueda de otro que le repita que nunca, nunca, nunca lo va a dejar de querer. Todos sentimos el deseo normal de ser queridos por la persona que amamos, pero otra cosa es vivir para confirmarlo.

Los varones tenemos más tendencia a la imbecilidad afectiva que las mujeres. Ellas, cuando son imbéciles, tienden a serlo en hechos prácticos, no afectivos.
Tomemos mil matrimonios separados hace tres meses y observemos su evolución. El 95% de los hombres está con otra mujer, conviviendo o casi. Si hablamos con ellos dirán:
—No podía soportar llegar a mi casa y encontrar las luces apagadas y nadie esperando. No aguantaba pasar los fines de semana solo.
El 99% de las mujeres sigue viviendo sola o con sus hijos. Hablamos con ellas y dicen:
—Una vez que resolví cómo hacer para arreglar la canilla y que acomodé el tema económico, para qué quiero tener un hombre en mi casa, ¿para que me diga “traéme las pantuflas, mi amor”? De ninguna manera.
Ellas encontrarán pareja o no la encontrarán, desearán, añorarán y querrán encontrar a alguien con quien compartir algunas cosas, pero muy difícilmente acepten a cualquiera para no sentir la desesperación de “la luz apagada”. Eso es patrimonio masculino.

Y por último…
Los imbéciles morales, sin duda los más peligrosos de todos. Son los que necesitan permanentemente aprobación del afuera para tomar sus decisiones.
El imbécil moral es alguien que necesita de otro para que le diga si lo que hace está bien o mal, alguien que todo el tiempo está pendiente de si lo que quiere hacer corresponde o no corresponde, si es o no lo que el otro o la mayoría harían. Son aquellos que se la pasan haciendo encuestas sobre si tienen o no tienen que cambiar el auto, si les conviene o no com-prarse una nueva casa, si es o no el momento ade-cuado para tener un hijo.
Defenderse de su acoso es bastante difícil; se puede probar no contestando a sus demandas sobre, por ejemplo, cómo se debe doblar el papel higiénico; sin embargo, creo que mejor es… huir.

Cuando alguno de estos modelos de dependencia se agudiza y se deposita en una sola persona del entorno, el individuo puede llegar a creer sinceramente que no podría subsistir sin el otro. Por lo tanto, empieza a condicionar cada conducta a ese vínculo patológico al que siente a la vez como su salvación y su calvario. Todo lo que hace está inspirado, dirigido, producido o dedicado a halagar, enojar, seducir, premiar o castigar a aquel de quien depende.
Este tipo de imbéciles son los individuos que modernamente la psicología llama COdependientes.
Un codependiente es un individuo que padece una enfermedad similar a cualquier adicción, diferenciada sólo por el hecho (en realidad menor) de que su “droga” es un determinado tipo de personas o una persona en particular.
Exactamente igual que cualquier otro síndrome adictivo, el codependiente es portador de una personalidad proclive a las adicciones y puede, llegado el caso, realizar actos casi (o francamente) irracionales para proveerse “la droga”. Y como sucede con la mayoría de las adicciones, si se viera bruscamente privado de ella podría caer en un cuadro, a veces gravísimo, de abstinencia.
La codependencia es el grado superlativo de la dependencia enfermiza. La adicción queda escondida detrás de la valoración amorosa y la conducta dependiente se incrusta en la personalidad como la idea: “No puedo vivir sin vos”.

Siempre alguien argumenta:
—…Pero, si yo amo a alguien, y lo amo con todo mi corazón, ¿no es cierto acaso que no puedo vivir sin él?
Y yo siempre contesto:
—No, la verdad que no.

La verdad es que siempre puedo vivir sin el otro, siempre, y hay dos personas que deberían saberlo: yo y el otro. Me parece horrible que alguien piense que yo no puedo vivir sin él y crea que si decide irse me muero… Me aterra la idea de convivir con alguien que crea que soy imprescindible en su vida.
Estos pensamientos son siempre de una manipulación y una exigencia siniestras.

El amor siempre es positivo y maravilloso, nunca es negativo, pero puede ser la excusa que yo utilizo para volverme adicto.
Por eso suelo decir que el codependiente no ama; él necesita, él reclama, él depende, pero no ama.

Sería bueno empezar a deshacernos de nuestras adicciones a las personas, abandonar estos espacios de dependencia y ayudar al otro a que supere los propios.
Me encantaría que la gente que yo quiero me quiera; pero si esa gente no me quiere, me encantaría que me lo diga y se vaya (o que no me lo diga pero que se vaya). Porque no quiero estar al lado de quien no quiere estar conmigo…
Es muy doloroso. Pero siempre será mejor que si te quedaras engañándome.

Dice Antonio Porchia en su libro Voces:
“Han dejado de engañarte, no de quererte, y sufres como si hubiesen dejado de quererte”.

Extraído del libro el Camino de la Autodependencia de Jorge Bucay

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