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Archive for 11 noviembre 2013

Así es, dulce.

También dejar una casa implica un duelo.

Duelo, etimológicamente, está relacionado con dolor; y consiste en la elaboración interna que hago cada vez que me separo de alguien o de algo. Cuánto yo haya querido a ese algo determinará la intensidad y duración de ese duelo, pero no su existencia.

Siempre hay un duelo para pasar tras una separación. Nuestra educación conspira contra la elaboración y aceptación de los duelos.

Recordá los mensajes de nuestros padres Y maestros, frente a nuestras pérdidas infantiles: ” … Bueno, ya pasó…”, “Basta de llorar…”, «No era tan importante…”, no vas a tener otro…No pienses en eso…”, etc.

Tememos el duelo.

El dolor aparece como una terrible amenaza a nuestra integridad..,

Y entonces, nos defendemos.

El intento más común es no comprometerme afectivamente con nada ni nadie (o lo menos posible, con los menos posibles), en la fantasía de que “si no quiero a nadie ni a nada, no me dolerá perder a nada ni a nadie.

Aviso: NO FUNCIONA..

No sólo porque este razonamiento me impide la vida, el contacto y la intimidad, sino además porque, como te dije, el duelo no depende de cuánto yo quiera a lo que se va.

El segundo intento es más terrible aún. Consiste en la velada decisión de no separarme NUNCA de NADA!!). Así acumulo cosas y relaciones que no finalizan jamás, que no se renuevan, que permanecen estáticas.

Colecciono libros que nunca leo, discos que nunca escucho, cajas y cajas de cartas que me han escrito personas que hace años no contacto, montones de placas llenos de objetos que recuerdan momentos que quiero eternizar. Barry Stevens dice:

“Cuando yo tenía una familia, solía recorrer mi casa dos veces por año y detenerme unos minutos frente a cada objeto… y toda cosa que no había sido usada o disfrutada en los últimos seis meses, había perdido el derecho de permanecer y era lanzada fuera de la casa…”

(¡Qué envidia!). La mayoría de nosotros tememos separarnos de las cosas, porque nos asusta necesitarlas mañana.

La variante sutil de este modelo es tomar distancia de las cosas y las personas, en lugar de separarme. Este modelo es bien conocido por aquellas parejas que no resisten la idea de separarse y tampoco pueden permanecer unidos. Entonces “dicen” que se separan.

El “dicen” entre comillas significa que esto es sólo lo aparente. En realidad, se siguen viendo tanto o más que antes; están pendientes de lo que el otro hace, dice, piensa, quiere. Y en muchos casos salen juntos, terminando la noche en una cama.

El objetivo es claro: no vivir el duelo que implicaría una separación.

Cuando esto sucede así, se produce con el tiempo un vaivén en el que cada vez que uno de los dos intenta comenzar su duelo y separarse, el otro aparece… para recordar, para corregir, para rectificar, y para abortar el duelo.

Por último, hay un tercer mecanismo para huir de los duelos, que es simplemente: negarlos.

Esta situación de pérdida, de separación, de muerte, simplemente no existe.

“Esto que perdí, en algún lugar está y yo lo voy a encontrar” o…

“El está muy confundido, cuando se tranquilice, volverá a mí, o “Alguien le estuvo llenando la cabeza, pero no lo dice en serio” o…

“Sólo su cuerpo ha muerto, su espíritu sigue conmigo”…

En esta última odiosa conducta evitadora, muchas veces mis colegas dan una ayuda a la negación.

Lo hacen cuando desvalorizan la pérdida.

Lo hacen cuando presionan para abortar el proceso. Y, fundamentalmente, lo hacen cuando en medio de un duelo normal, sensato, esperable y sano, medican con antidepresivos a un paciente “para que salga de la crisis”…

Estas conductas negadoras postergan el duelo, pero no consiguen evitarlo.

Me importa vivir con toda plenitud los duelos por mis pérdidas, por mis cambios, por mis muertes.

Si no me puedo separar de aquello que hoy no está, no podré encontrarme libre para vincularme con lo que en este momento sí está aquí conmigo.

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Claudia:

Hoy tengo ganas de trabajar un poco conmigo y parece que también tengo ganas de involucrarte.

Recuerdo los ejercicios del darse cuenta de John Stevens: el darse cuenta del afuera y el darse cuenta del adentro ……

Afuera de mí… el pasto, ese rosal, las flores amarillas, ese árbol…

Imagino que soy ese árbol…

Soy alto… frondoso… de un tono verde oscuro, que resalta sobre el fondo más claro.

Estoy en un costado de un campo… más allá del campo, otros árboles, ninguno de mi especie. Desde donde estoy, no veo otros como yo (supongo que debe haberlos… quizás miles… A veces, me gustaría que alguno de ellos estuviera más cerca… Otras veces, debo reconocerlo, me gusta sentirme único).

Tengo un tronco fuerte y duro. ¡Es mi sostén! Me sirve para mantenerme erguido, pero no rígido. Mis ramas se expanden al aire… llenas de hojas, me permiten la comunicación plena por cada uno de mis poros…

En esta época del año, estoy lleno de flores y frutos. Ambos son expresiones de mi deseo de trascender y, seguramente, son parte de mis intentos seductores.

Me doy cuenta de que ostento con ellos… tanto como con mi sombra… una sombra densa, cobijadora y fresca, muy atractiva para casi todos los que pasan cerca y más aún para quienes requieren mi protección o cuidados…

Me doy cuenta también de que mis ramas tienen, además, miles de espinas. Este es mi armamento defensivo; impide que los depredadores se lleven partes de mí, sin mi autorización.

Creo que, además, son el símbolo de mi maldad. ¡Claro!, no soy todo lindo y bueno. Adentro mío soy agresivo, oscuro, cerrado…

Todo esto es lo evidente. Bajo el nivel de lo evidente, me prolongo…

Unos pocos centímetros debajo de la tierra, mi tronco se divide en dos grandes ramas que se extienden hacia los costados y hacia abajo.

Mis raíces… de ellas me nutro, de ellas depende mi alimentación y mi estabilidad. Nunca pude comprender cómo sobreviven esos seres humanos, que a veces veo, sin raíces, tan inestables y tan frágiles por carecer de nutrientes…

Amo cada parte de mí mismo…

desde la punta inferior de mis raíces hasta la última hoja de mi copa…

Amo mis flores, y también amo mis espinas … Y, lo que más amo de mi ser árbol… es darme cuenta … a cada instante…

¡Que estoy vivo!

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LA EJECUCIÓN

—Pero entonces, la sinceridad no tiene valor para ti –protesté.
—Claro que la tiene, Demián. Lo que pasa es que me niego a instituirla por decreto.
—¿Y cómo se va a dar ese mundo deseado por ti y por mí?
—Andando el tiempo y andando la vida, te va a pasar, te está pasando ya, que te vas a encontrar con otros y con otras con quienes eres tan libre que no necesitas mentir. Te vas a encontrar con algunos a quienes podrás permitirles tanto que sean como son, que jamás se les ocurrirá mentirte. Esos son tus verdaderos amigos, cuídalos –sentenció Jorge—. Y si esos amigos y tú se dan cuenta de que con ustedes empieza un nuevo orden…
— Dime, ¿para ti la franqueza es patrimonio exclusivo de la amistad?
—Sí. Pero cuidado, que la franqueza es una cosa y la sinceridad es otra.
—¿Otra más?
—¡Otra!
—¿A ver?
—Franqueza viene de franco, de abierto. Recuerda la idea de “libre paso”. Ser franco significa: No hay ningún espacio oculto en mi interior al cual esté vedado el ingreso. No existe ningún rincón de mi pensamiento, sentimiento o recuerdo que no conozca o que yo quisiera mantener reservado. La sinceridad es mucho menos. La sinceridad para mí es: “Todo lo que te digo es cierto, por lo menos cierto para mí” (es decir “No te miento”,
como dirías tú).
—O sea que se puede ser sincero y no ser franco.
—Absolutamente. La franqueza, Demián, es una relación sibarítica, como el Amor (así con mayúscula) un sentimiento reservado para pocos, muy pocos..—Pero Jorge, si esto es cierto, yo puedo tener espacios de mí que te son vedados, sin dejar por eso de se sincero. Es como decir que ocultar no es mentir.
—Por lo menos para mí, ocultar no es mentir. Claro, siempre y cuando no mientas para ocultar.
—Ejemplo, “please”.

DIALOGO EN UNA PAREJA:
—¿Qué te pasa?
—Nada…
(Sí, algo le pasa y él sabe que algo le pasa, aunque no sepa qué.
Está mintiendo.)

OTRO CASO:
—¿Qué te pasa?
—No sé…
(Sí, algo le pasa y él sí sabe que le pasa, entonces está mintiendo.)

UNO MAS:
—¿Qué te pasa?
—No te quiero contestar ahora.
(Será más jodido, pero este oculta y es sincero.)

—Pero, Jorge, en los primeros dos ejemplos mi pareja me lo banca o me comprende. En el último, me manda a la mierda.
—Bueno, quizás sea hora de replantearte qué clase de pareja tienes, que comprende y banca cuando mientes y castiga cuando eres sincero.
—¿Siempre tienes una respuesta?
—¡Sí! Todos tenemos siempre una respuesta. Aunque esta sea a veces el silencio, otras la confusión y otras la fuga.
—Me tienes podrido.
—A mí también me tengo podrido.
—A ver, gordo, déjame hacer un resumen.
—Dale.
—Tú dices que no avalas la postura de clasificar el mentir como malo. Dices que esta es una decisión de cada uno en cada momento..—Y en cada relación –agregó Jorge.
—Y en cada relación –asentí—. Sostienes además que mentir no es ocultar.
—No, sostengo que ocultar no es mentir. Que no es lo mismo.
—Verdad. Y dices también que la sinceridad hay que reservarla para los amigos y la franqueza para “los elegidos”. ¿Eso?
—Sí. Más o menos.
—Bien, entonces que yo crea en lo que dices, siempre va a depender de la relación entre tú y yo. De mi confianza o de mi amor.
—Por supuesto. De eso y de tus ganas.
—¿Qué ganas?
—¿Te cuento un cuento?

En un lejano país había un señor feudal, cuyo poderío sólo era equiparable a su crueldad.
En su territorio imperaba su ley y a los campesinos les estaba prohibido hasta mencionar su nombre. El pueblo vivía oprimido por los alguaciles que él designaba y agobiado por los recaudadores de impuestos, que les quitaban las pocas monedas que podían obtener vendiendo sus cosechas, sus vinos o sus trabajos manuales.
Nolav, que así se llamaba el señor, tenía un poderoso ejército del que cada tanto surgían algunos jóvenes oficiales que intentaban algún motín para derrocarlo… Pero el Tirano doblegaba todos esos intentos a sangre y fuego.
El sacerdote del pueblo era tan bondadoso, como malvado el gobernante. Un hombre respetuoso de su fe y que dedicaba su vida a ayudar a otros y a enseñar lo mucho que sabía.
Vivían con él en su casa 15 a 20 discípulos, que seguían su camino y aprendían de cada gesto y de cada palabra de su maestro.
Un día, después de la oración matinal, reunió a sus discípulos y les dijo:
—Hijos míos, debemos ayudar a nuestro pueblo. Ellos podrían luchar por su libertad, pero el Señor de la Tierra les ha hecho creer que tiene demasiado poder para que los hombres y mujeres se animen a enfrentarlo. El miedo por Nolav ha crecido con ellos y a menos que hagamos algo, morirán esclavos.
—Lo que tú digas será hecho –contestaron al unísono.
—¿Aunque cueste la vida de ustedes? –preguntó.
—¿Qué es la vida si uno, pudiendo ayudar a su hermano, no lo hace? –contestó uno de los discípulos que hablaba como vocero de todos.
Llegó el día quinto del tercer mes. Ese día se festejaba en el palacio el cumpleaños del amo. Y por única vez en el año, el Señor de la Tierra paseaba en su carruaje y por el pueblo.
Rodeado por una fuerte custodia y ataviado con trajes bordados en oro y piedras preciosas, Nolav empezó su paseo esa mañana.
Había un bando que ordenaba que todos los campesinos debían postrarse ante el paso del carruaje real, en señal de respeto.
Para sorpresa de todos, a pocas cuadras del palacio el carruaje pasó por una calle y uno de los súbditos permaneció de pie a su paso. Los guardias lo detuvieron inmediatamente y lo llevaron ante el Señor.
—¿No sabes que debes inclinarte?
—Lo sé, Alteza.
—E igual no lo hiciste.
—No lo hice.
—¿Sabes que te puedo condenar a muerte?
—Eso espero, Alteza.
Nolav se sorprendió de la respuesta, pero no se intimidó.
—Bien, si esta es la forma en que quieres morir, al atardecer el verdugo se ocupará de tu cabeza.
—Gracias, mi señor –dijo el joven y se arrodilló sonriente.
De entre la multitud, alguien gritó.
—Mi Señor, mi Señor, ¿puedo hablar?
El dictador le permitió acercarse.
—Dime.
—Permitidme mi señor que sea yo y no él, el que muera el día de hoy.
—¿Estás pidiendo ser ejecutado en su lugar?
—Sí Señor, por favor, siempre os fui fiel. Permitídmelo, por favor..El amo se sorprendió y preguntó al condenado:
—¿Es tu familiar?
—Jamás lo vi en mi vida. No le permitas reemplazarme, la falta es mía y es mi cabeza la que debe rodar.
—No, Alteza, la mía.
—No, la mía.
—La mía.
—Silencio –gritó el Señor— puedo complaceros a los dos.
Ambos serán decapitados.
—Bien, Majestad, pero por ser el primer condenado creo que tengo derecho de ser el primero.
—No, Señor ese privilegio me pertenece a mí, que ni siquiera he ofendido a su Alteza.
—Basta ya, ¿qué es esto? –gritó Nolav—. Callaos y os concederé el privilegio de ser ejecutados a la vez, hay más de un verdugo en esta tierra.
Una voz se alzó entre la multitud.
—En ese caso, Señor, yo también quiero estar en la lista.
—Y yo, Señor.
—Y yo.
¡El Señor feudal estaba atónito!
No entendía qué estaba pasando.
Y si había algo que ponía de mal humor al dictador era que sucediera algo sin que él pudiera entenderlo.
Cinco jóvenes sanos pidiendo ser decapitados era algo incomprensible.
Entrecerró los ojos para reflexionar.
En pocos segundos tomó una decisión. No quería que sus súbditos pensaran que le temblaba el pulso.
¡Serían cinco los verdugos!
Pero cuando abrió los ojos y miró a la gente reunida, ya no eran cinco sino más de diez las voces de los que reclamaban ser ejecutados y las manos seguían levantándose.
Esto era demasiado para el poderoso Señor Feudal.
—¡Basta! –gritó— se suspenden todas las ejecuciones hasta que yo decida quiénes van a morir y cuándo.
Entre las protestas y los reclamos de los que querían morir, el carruaje regresó al palacio..Una vez allí, Nolav se encerró en sus habitaciones y se dedicó a pensar sobre el tema.
De pronto. Se le ocurrió una idea.
Mandó a traer al sacerdote. Él debía saber algo sobre esa locura colectiva.
Rápidamente salieron a buscar al anciano y lo trajeron ante el Señor Feudal.
—¿Por qué tu pueblo se pelea por ser ejecutado?
El anciano no respondió.
—¡Responde!
Silencio.
—Te lo ordeno.
Silencio.
—No me desafíes. ¡Tengo maneras de hacerte hablar!
Silencio.
El anciano fue llevado a la sala de torturas y sometido a los peores tormentos por horas, pero se negó a hablar.
El tirano mandó a sus guardias al templo a buscar a algunos de sus discípulos.
Cuando estuvieron allí, les mostró el cuerpo dañado del maestro y les preguntó:
—¿Cuál es la razón de que los hombres quieran ser ejecutados?
Con un hilo de voz, el anciano sacerdote gritó:
—¡Les prohibo hablar!
El Señor de la Tierra sabía que no podría amenazar con la muerte a ninguno de los que allí estaban, así que les dijo:
—Haré sufrir a tu maestro los peores dolores que un hombre ha concebido. Y los obligaré a presenciarlo. Si aman a este hombre, díganme el secreto y luego todos podrán irse.
—Está bien –dijo uno de los discípulos.
—Cállate –dijo el anciano.
—Continúa –dijo Nolav.
—Si alguien muere ejecutado en el día de hoy… –empezó el discípulo…
—Cállate –repitió el anciano—. Maldito seas de tu pueblo si revelas el secreto…
El Señor hizo un gesto y el viejo recibió un golpe que lo dejó inconsciente..—Sigue –ordenó.
—El primer hombre que muera ejecutado en el día de hoy, después de la puesta del sol, se volverá inmortal.
—¿Inmortal? ¡Mientes! –dijo Nolav.
—Está en las Escrituras –dijo el joven, y abriendo un libro que traía en su bolso, leyó el párrafo que lo confirmaba.
¡Inmortal!, pensó el Señor Feudal.
Lo único que el dictador temía era la muerte y aquí estaba la posibilidad de vencerla. Inmortal, pensó.
El Señor no dudó un momento, pidió papel y pluma y ordenó su propia ejecución.
Todos fueron echados del palacio y al caer el sol, Nolav fue ejecutado según su orden.
El pueblo se libró así de su opresor y se levantó a luchar por su libertad. Algunos meses después, todos eran libres.
Al señor Feudal, nunca más nadie lo mencionó, salvo la noche de su ejecución en que los discípulos, mientras curaban las heridas de su maestro, recibían de él su bendición, por haber arriesgado sus cabezas y también su felicitación por esas maravillosas actuaciones.

—¿Por qué, Demián, el Señor Feudal creyó una mentira como esa? ¿Por qué fue capaz de ordenar su propia ejecución, por una historia que le contaban sus enemigos? ¿Por qué cayó en la trampa del maestro? Hay una sola respuesta:

ÉL QUERÍA CREERLO

El quería pensar que era cierto.
—Y ésta, Demi, es una de las verdades más increíblemente movilizadoras que yo haya conocido en toda mi vida. Creemos algunas mentiras por muchas razones, pero sobre todo porque queremos creerlas.
¿Por qué te enroscas en el que TE miente?, preguntabas el otro día.
¡Te enroscas porque tú quisieras creer que lo que te dice es cierto! –contestó su propia pregunta.

NADIE TIENE MÁS POSIBILIDADES
DE CAER EN UN ENGAÑO
QUE AQUEL A QUIEN LA MENTIRA
LE AJUSTA CON SUS DESEOS.

Extraído del libro “Recuentos para Demián de Jorge Bucay”

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¿Hay que tolerarlo todo? ¿Habría que tolerar la violación o los asesinatos? ¿Qué haríamos si viéramos a un
señor golpeando a su pequeño hijo frente a nosotros? ¿Lo toleraríamos? ¿Debemos tolerar el abandono infantil,
los genocidios, las estafas o el maltrato?
Muchos autores sostienen que la tolerancia universal e indiscriminada sería condenable moralmente porque
ignoraríamos a las víctimas y seríamos indiferentes al dolor humano. Kart Popper, citado por Sponville, habla de
la paradoja de la tolerancia:
Si somos absolutamente intolerantes, incluso con los intolerantes, y no defendemos la sociedad tolerante contra
sus asaltos, los tolerantes serán aniquilados y junto con ellos la tolerancia.
En nuestra vida diaria ocurre lo mismo: la tolerancia generalizada termina produciendo el síndrome de la víctima
permanente: “La gente siempre se aprovecha de mí”.
Es claro que la tolerancia debe ser limitada. ¿Pero cuál es ese límite? Para Sponville, lo que debe determinar el
límite es la peligrosidad real, afectiva, que un evento o una persona tenga para nuestra libertad.
Es decir, debemos reaccionar ante cualquier acción que afecte nuestra capacidad de expresar lo que sentimos y
pensamos. El criterio estaría determinado por la siguiente pregunta: ¿Es peligroso para mi integridad física o
psicológica ser tolerante en esta situación?
En el lenguaje cotidiano, cuando decimos que toleramos a alguien, lo que estamos afirmando es que lo
“soportamos”, que aguantamos su manera de ser o su manera de pensar. Pero la tolerancia bien entendida, más
que soportar, se refiere a respetar. Tolerar no es padecer a los otros como una carga, sino aceptar y proteger el
derecho a la discrepancia. ¿Pero, qué ocurre cuando la pretendida discrepancia está sustentada en el
fanatismo, el sectarismo o la irracionalidad? Por ejemplo, el Ku Kux Klan es un grupo disidente: ¿debemos
tolerarlo?
La tolerancia es una virtud, pero, sin los límites que define la dignidad personal se convierte en rendición,
dependencia humillante, aniquilación del “yo”. Así como nos indignamos frente a la injusticia ajena, también
tenemos la obligación moral de indignarnos cuando nuestros derechos personales se vulneran. Por eso, no
tolerar a los abusivos es una manera de respetarse a sí mismo, es ejercer el derecho a la resistencia y no
dejarse embaucar por el culto al sufrimiento. Nadie está obligado a subyugarse.
El asertivo es tolerante, a menos que sus preceptos personales sean avasallados: su intención es equiparar
derechos y deberes. El agresivo es intolerante y autocrático: sobrestima los propios derechos y subestima los
ajenos. El sumiso practica una tolerancia excesiva e indiscriminada y, queriendo hacer el bien, se daña a sí
mismo irresponsablemente: subestima los propios derechos y magnifica sus deberes.
El principio de la prudencia y la deliberación consciente
Si no se practica la prudencia, es imposible ser asertivo. La prudencia baja nuestras revoluciones y nos obliga a
pensar antes de actuar. No es que haya que pensar a todas horas y hacer de la racionalización un vicio (hay
veces en que la prudencia es un verdadero estorbo, por ejemplo, cuando hacemos el amor desaforadamente
con la persona que amamos), pero debemos reconocer que “es prudente ser prudente”. La prudencia nos obliga
a deliberar con nosotros mismos, es la que gobierna nuestros deseos y suaviza nuestros impulsos.
Epicúreo, nos habla de la importancia de la comparación y el examen de las ventajas y desventajas, una técnica
muy utilizada actualmente en psicología cognitiva:
Todo placer es una cosa buena, mas no todo placer debe ser perseguido; y, paralelamente, todo dolor es un mal,
pero no todo dolor debe ser evitado a cualquier precio. En todo caso, es conveniente decidir sobre estas
cuestiones comparando y examinando atentamente lo que es útil y lo que no lo es, porque a veces usamos un
bien como si fuera un mal, y un mal como si fuera un bien…
Aristóteles, no tan epicureista, llamó a la prudencia una virtud intelectual, porque ella nos hace actuar
inteligentemente y reflexionar sobre lo que debe elegirse o evitarse.
La prudencia es futuro, prevención, anticipación responsable, deseo razonado. Está diseñada para evaluar el
antes de, para que no tengamos que arrepentirnos del después de. No es un freno de emergencia asfixiante,
sino autorregulación, juicio y lucidez orientada a no lastimar ni lastimarse. Kant decía: “La prudencia aconseja, la
moral ordena”. Una asertividad sin prudencia, tarde o temprano se transforma en agresión.
La prudencia hace menos probable que al defendernos ataquemos a mansalva. Es el mejor antídoto contra la
culpa anticipada, porque no solo nos exime de los errores por omisión sino que nos hace más adecuados a la
hora de actuar.
El principio de la responsabilidad interpersonal
No podemos ser asertivos sin una ética de la responsabilidad, es decir, sin que nuestras deliberaciones incluyan
los derechos de los demás. La premisa que mueve a toda persona asertiva es defenderse tratando de causar el
menor daño posible, o si se pudiera, ninguno. Debemos evitar todo daño innecesario al defendernos o al ejercer
un derecho.
Pero ser responsable no es comportarse de acuerdo a la disposición exageradamente complaciente del
inasertivo: “Si ocasiono algún daño, mejor no actuar”, porque tal como vimos en otra parte, los que ultrajan y
humillan siempre se “sienten mal” cuando ya no pueden seguir abusando de su víctima. Además, como la
sinceridad no es un valor muy cultivado en nuestra cultura, no es de extrañar que la asertividad produzca a
veces incomodidad y escozor en los receptores.
Max Weber defendía la “ética de la responsabilidad” por encima de la “ética de las convicciones”. La filosofía
asertiva une ambas. Una persona asertiva actúa con convicción responsable, defiende lo que quiere, pero no se
olvidad de su interlocutor.
Si en nosotros no hay mala intención y obramos asertivamente y a conciencia, tratando de causar el menor daño
posible, ¿dónde queda la culpa anticipada? ¿En qué fundamentamos el miedo a herir irresponsablemente a los
demás?

Extraído del libro Cuestión de Dignidad de Walter Riso

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