Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Psicologia’ Category

laautoesti

Por: Angel Antonio Marcuello García
Jefe del Gabinete de Psicología de la Escuela de Especialidades Antonio de Escaño (Ferrol-La Coruña)

1. LA AUTOESTIMA
Las creencias que tenemos acerca de nosotros mismos, aquellas cualidades, capacidades, modos de sentir o de pensar que nos atribuimos, conforman nuestra “imagen personal” o “autoimagen”. La “autoestima” es la valoración que hacemos de nosotros mismos sobre la base de las sensaciones y experiencias que hemos ido incorporando a lo largo de la vida. Nos sentimos listos o tontos, capaces o incapaces, nos gustamos o no. Esta autovaloración es muy importante, dado que de ella dependen en gran parte la realización de nuestro potencial personal y nuestros logros en la vida. De este modo, las personas que se sienten bien consigo mismas, que tienen una buena autoestima, son capaces de enfrentarse y resolver los retos y las responsabilidades que la vida plantea. Por el contrario, los que tienen una autoestima baja suelen autolimitarse y fracasar.

Las personas somos complejas y muy difíciles de definir en pocas palabras. Como existen tantos matices a tener en cuenta es importante no hacer generalizaciones a partir de uno o dos aspectos. Ejemplos:

Podemos ser muy habladores con los amigos/as y ser callados/as en casa.
Ser un mal jugador de fútbol no indica que seamos un desastre en todos los deportes.
Que no nos salga bien un examen no significa que no sirvamos para los estudios.
2. ¿CÓMO SE FORMA LA AUTOESTIMA?
El concepto de uno mismo va desarrollándose poco a poco a lo largo de la vida, cada etapa aporta en mayor o menor grado, experiencias y sentimientos, que darán como resultado una sensación general de valía e incapacidad. En la infancia descubrimos que somos niños o niñas, que tenemos manos, piernas, cabeza y otras partes de nuestro cuerpo. También descubrimos que somos seres distintos de los demás y que hay personas que nos aceptan y personas que nos rechazan. A partir de esas experiencias tem¬pranas de aceptación y rechazo de los demás es cuando comen¬zamos a generar una idea sobre lo que valemos y por lo que va¬lemos o dejamos de valer. El niño gordito desde pequeño puede ser de mayor un adulto feliz o un adulto infeliz, la dicha final tie¬ne mucho que ver con la actitud que demostraron los demás ha¬cia su exceso de peso desde la infancia.
Durante la adolescencia, una de las fases más críticas en el desarrollo de la autoestima, el joven necesita forjarse una identidad firme y conocer a fondo sus posibilidades como individuo; también precisa apoyo social por parte de otros cuyos valores coincidan con los propios, así como hacerse valioso para avanzar con confianza hacia el futuro. Es la época en la que el muchacho pasa de la dependencia de las personas a las que ama (la familia) a la independencia, a confiar en sus propios recursos. Si durante la infancia ha desarrollado una fuerte autoestima, le será relativamente fácil superar la crisis y alcanzar la madurez. Si se siente poco valioso corre el peligro de buscar la seguridad que le falta por caminos aparentemente fáciles y gratificantes, pero a la larga destructivos como la drogadicción.
La baja autoestima está relacionada con una distorsión del pensamiento (forma inadecuada de pensar). Las personas con baja autoestima tienen una visión muy distorsionada de lo que sen realmente; al mismo tiempo, estas personas mantienen unas exigencias extraordinariamente perfeccionistas sobre lo que deberían ser o lograr. La persona con baja autoestima mantiene un diálogo consigo misma que incluye pensamientos como:
Sobregeneralización: A partir de un hecho aislado se crea una regla universal, general, para cualquier situación y momento: He fracasado una vez (en algo concreto); !Siempre fracasaré! (se interioriza como que fracasaré en todo).
Designación global: Se utilizan términos peyorativos para describirse a uno mismo, en vez de describir el error concretando el momento temporal en que sucedió: !Que torpe (soy)!.
Pensamiento polarizado: Pensamiento de todo o nada. Se llevan las cosas a sus extremos. Se tienen categorías absolutas. Es blanco o negro. Estás conmigo o contra mí. Lo hago bien o mal. No se aceptan ni se saben dar valoraciones relativas. O es perfecto o no vale.
Autoacusación: Uno se encuentra culpable de todo. Tengo yo la culpa, !Tendría que haberme dado cuenta!.
Personalización: Suponemos que todo tiene que ver con nosotros y nos comparamos negativamente con todos los demás. !Tiene mala cara, qué le habré hecho!.
Lectura del pensamiento: supones que no le interesas a los demás, que no les gustas, crees que piensan mal de ti…sin evidencia real de ello. Son suposiciones que se fundamentan en cosas peregrinas y no comprobables.
Falacias de control: Sientes que tienes una responsabilidad total con todo y con todos, o bien sientes que no tienes control sobre nada, que se es una víctima desamparada.
Razonamiento emocional: Si lo siento así es verdad. Nos sentimos solos , sin amigos y creemos que este sentimiento refleja la realidad sin parar a contrastarlo con otros momentos y experiencias. “Si es que soy un inútil de verdad”; porque “siente” que es así realmente
3. FORMAS DE MEJORAR LA AUTOESTIMA
La autoestima puede ser cambiada y mejorada. Podemos hacer varias cosas para mejorar nuestra autoestima:

1. Convierte lo negativo en positivo:

Nunca pierdas las ganas de pensar en positivo, invierte todo lo que parezca mal o que no tiene solución:

Pensamientos negativos

“No hables”
“¡No puedo hacer nada!”
“No esperes demasiado”
“No soy suficientemente bueno”
Pensamientos alternativos

“Tengo cosas importantes que decir”
“Tengo éxito cuando me lo propongo”
“Haré realidad mis sueños”
“¡Soy bueno!”

2. No generalizar

Como ya hemos dicho, no generalizar a partir de las experiencias negativas que podamos tener en ciertos ámbitos de nuestra vida. Debemos aceptar que podemos haber tenido fallos en ciertos aspectos; pero esto no quiere decir que en general y en todos los aspectos de nuestra vida seamos “desastrosos”.
3. Centrarnos en lo positivo
En conexión con lo anterior, debemos acostumbrarnos a observar las características buenas que tenemos. Todos tenemos algo bueno de lo cual podemos sentirnos orgullosos; debemos apreciarlo y tenerlo en cuenta cuando nos evaluemos a nosotros mismos.
4. Hacernos conscientes de los logros o éxitos
Una forma de mejorar nuestra imagen relacionada con ese “observar lo bueno” consiste en hacernos conscientes de los logros o éxitos que tuvimos en el pasado e intentar tener nuevos éxitos en el futuro. Pida a los alumnos/as que piensen en el mayor éxito que han tenido durante el pasado año. Dígales que todos debemos reconocer en nosotros la capacidad de hacer cosas bien en determinados ámbitos de nuestra vida y que debemos esforzarnos por lograr los éxitos que deseamos para el futuro.
5. No compararse
Todas las personas somos diferentes; todos tenemos cualidades positivas y negativas. Aunque nos veamos “peores” que otros en algunas cuestiones, seguramente seremos “mejores” en otras; por tanto, no tiene sentido que nos comparemos ni que, nos sintamos “inferiores” a otras personas.
6. Confiar en nosotros mismos
Confiar en nosotros mismos, en nuestras capacidades y en nuestras opiniones. Actuar siempre de acuerdo a lo que pensamos y sentimos, sin preocuparse excesivamente por la aprobación de los demás.
7. Aceptarnos a nosotros mismos
Es fundamental que siempre nos aceptemos. Debemos aceptar que, con nuestras cualidades y defectos, somos, ante todo, personas importantes y valiosas.
8. Esforzarnos para mejorar Una buena forma de mejorar la autoestima es tratar de superarnos en aquellos aspectos de nosotros mismos con los que no estemos satisfechos, cambiar esos aspectos que deseamos mejorar. Para ello es útil que identifiquemos qué es lo que nos gustaría cambiar de nosotros mismos o qué nos gustaría lograr, luego debemos establecer metas a conseguir y esforzarnos por llevar a cabo esos cambios.

Elaborar proyectos de superación personal
Una parte importante de nuestra autoestima viene determinada por el balance entre nuestros éxitos y fracasos. En concreto, lograr lo que deseamos y ver satisfechas nuestras necesidades proporciona emociones positivas e incrementa la autoestima.

Se ha apuntado como una forma de mejorar la autoestima el esforzarse para cambiar las cosas que no nos gustan de nosotros mismos. Vamos a trabajar sobre un método que puede hacer más fácil estos cambios. Este método está compuesto por cuatro pasos fundamentales:

Pasos para conseguir lo que se desea.

Plantearse una meta clara y concreta.
Establecer las tareas que se deben realizar para lograrla.
Organizar las tareas en el orden en que se deberían realizar.
Ponerlas en marcha y evaluar los logros que se vayan consiguiendo.
Veamos brevemente cada uno de estos pasos:

Primer paso: Plantearse una meta clara y concreta.
Una “meta” puede ser cualquier cosa que se desee hacer o conseguir. Plantearse una meta de forma clara y concreta ayuda a tener éxito porque nos ayuda a identificar lo que quere¬mos conseguir.

La meta que nos propongamos ha de reunir una serie de requisitos. Debe ser una meta:

SINCERA, algo que realmente queramos hacer o deseemos alcanzar.
PERSONAL, no algo que venga impuesto por alguien desde fuera.
REALISTA, que veamos que es posible conseguir en un plazo relativamente corto de tiempo (unas cuantas semanas).
DIVISIBLE, que podamos determinar los pasos o cosas que hemos de hacer para conseguirla.
MEDIBLE, que podamos comprobar lo que hemos logrado y lo que nos falta para alcanzarla.
Ejemplos:

Obtener una buena nota en una asignatura
Ser más popular
Llevarse bien con los hermanos
Hacer deporte
Ahorrar dinero
Segundo paso: Establecer las tareas que se deben realizar para lograrla.
Una vez que hayan concretado la meta que desean alcanzar, pídales que piensen en lo que tendrían que hacer para conseguirla. No todo se consigue en un día; para conseguir mejorar en cualquier aspecto que te propongas has de hacer pequeños esfuerzos.

Póngales como ejemplo el caso de los ciclistas que participan en la vuelta ciclista a España. La meta de muchos de ellos es ganar la carrera. Pero para ello se tienen que superar a lo largo de tres semanas distintas etapas (etapas de llano, etapas de montaña, contrarreloj).

Tercer paso: Organizar las tareas en el orden en que habría que realizarlas.
Si se intenta llevar a cabo todas las tareas al mismo tiempo, es muy probable que no se consiga nada. Para lograr una meta es muy interesante que se ordenen las tareas que se deben realizar y se establezca un plan de trabajo.

Una vez que tengan la lista de las tareas que deben realizar pida que las ordenen. El orden se puede establecer de forma lógica, según la secuencia temporal en las que se tengan que realizar (para hacer una casa antes del tejado habrá que hacer los cimientos) o, en el caso de que las tareas no necesiten una secuenciación temporal, se puede empezar por las tareas más sencillas y que requieran menos esfuerzo, dejando para el final las más difíciles o costosas.

Cuarto paso: Ponerlas en marcha y evaluar los logros que se vayan consiguiendo.
Una vez elaborado el proyecto personal habría que comprometerse con él y ponerlo en práctica. Para llegar a conseguirlo es importante ir evaluando los esfuerzos realizados. Esto puede ser difícil hacerlo uno mismo, pero es relativamente sencillo si se pide a un familiar o a un amigo que nos ayude a evaluar nuestros progresos.

Vamos a ver un ejemplo en el que una persona uno elabora un proyecto de superación personal con el fin de superar la timidez:

Ejemplo de Proyecto Personales

1. Meta: Superar a timidez.

2. Tareas para conseguirlo:

Saludar a gente que conozcas
Unirse a grupos de compañeros en el recreo
Iniciar conversaciones con compañeros
Iniciar conversaciones con desconocidos
Hacer preguntas al profesor
3. Organización de las tareas (empezar por lo más fácil y avanzar hacia las tareas más difíciles)

Read Full Post »

SALVATE A TI MISMO

El partido de fútbol de esa mañana pronosticaba un excitante encuentro. Los changuitos estaban ansiosos por iniciar el partido. Se oye el silbato y empiezan a correr todos tras la bola, pases cortos, pases largos y allí van corriendo de un lado a otro, de extremo a extremo de la cancha, de pronto un tiro largo, largo, largo. La bola fue a parar justo en medio del pantano que se encontraba al otro lado de la cancha.

Los changuitos se paran la orilla del pantano pretendiendo alcanzar el balón apoyados con un palo, otro tira una piedra y nada. De pronto un osado y valiente changuito va dando semejantes saltos hasta llegar donde la bola. La sujeta, mientras el resto de changos desde la orilla le aplaudían y animaban. De pronto el changuito se empieza a hundir, mientras mas se movía pretendiendo avanzar o salir mas se hundía.

Los changos expectantes gritaban: ¡Sálvate a ti mismo! ¡Sálvate a ti mismo!. Ante los animosos gritos el changuito se sujeta a sus propias orejas y empieza a tirar hacia arriba, pretendiendo salvarse a si mismo de hundirse.

“Confía de todo corazón en el Señor y no en tu propia inteligencia” Prov. 3.5

A mi juicio esta es una de las escrituras mas retadoras al orgullo humano que se cree demasiado sabio, que se cree que por sus propios medios saldrá avante.

Los que hemos tenido la oportunidad de estudiar una profesión, obtener algún diplomado o lograr una carrera profesional exitosa, incluso los que han alcanzado una posición social, económica o laboral trascendente, nos encontramos de pronto en medio del pantano al igual que el changuito de la anécdota. Tratar de salir solos de nuestros problemas, pretender hacer las cosas sin ayuda o peor aún, fingir que no necesitamos de nadie para salir adelante en la vida es la peor de las falacias.

El libro de proverbios nos muestra los beneficios que ofrece la Sabiduría, entregarse por completo en buscar inteligencia y buen juicio como si buscara plata o un tesoro escondido.

“Las enseñanzas son una lámpara encendida; las correcciones y los consejos son el camino de la vida” Proverbios. 6.23
“Mira siempre adelante, mira siempre de frente. Fíjate bien en donde pones los pies, y siempre pisarás en terreno firme”. Proverbios. 4.25-26

“VIDA DE ÉXITO EN SU PALABRA”

Psic. Patricia Villanueva

Read Full Post »

 
 
 
Ahora está de moda el perdón. Perdonar es la solución a todo dolor interno, a toda angustia y resentimiento. Pero, ¿cuáles son las condiciones del perdón? ¿Por qué no es fácil perdonar?

Primero una historia, sin detalles pero verdadera: Una mujer relata como intentó humillar a una rival, exponiéndola con algo falso pero indemostrable. Sin embargo, después de un tiempo, en vez de sentir satisfacción esto le produjo una sensación de vergüenza. Así, continúa asociando y recuerda como la hermana, muchos años atrás, le había hecho algo parecido (aunque mucho mas grave), con intención de desprestigiarla. Se da cuenta entonces de que su proceder actual ha estado motivado por un sentimiento de humillación no resuelto y un deseo de venganza antiguo, dirigido en buena medida no a la rival actual sino a la hermana de antaño. Y, puesto que ella ha sido capaz de un acto similar al de su hermana a partir de un dolor muy profundo, puede pensar que la hermana había actuado desde el mismo lugar -puesto que la mujer de la que hablamos solía recibir más atenciones y elogios- y que es desde ahí, desde este dolor no resuelto, que se puede explicar toda una cadena de agresiones.

Esta serie de asociaciones describe, en su simpleza, lo que para mí es el proceso del perdón: un proceso en el que, a través de la conciencia y de darnos cuenta desde donde actuamos, nos permite una actitud más compasiva y realizar un duelo por sucesos del pasado.

Pero tal vez voy muy rápido: para entender el perdón habrá que entender la culpa, es decir, aquel sentimiento de malestar que, según Freud, se asocia al sentimiento que desarrolla el yo en cuanto no está a la altura de sus ideales. Aunque este es un tema complicado, para nuestros fines tal vez baste señalar cual es el ciclo de la culpa, que quizá podamos describir en estos términos: La persona que siente culpa busca alivio en la expiación, es decir, en el intento de borrar la culpa por medio de un sacrificio; cree que la mejor forma de expiación es el autocastigo, la provocación de algo doloroso; y decide que el mejor castigo que se puede imponer es hacer algo ¡que le provoque mas culpa!. Y así, la espiral se acrecienta, pues quién mas que uno sabrá que actos le parecen a sí mismo injustos y entonces los actuará. Este proceso suele ser inconsciente y no debería sorprendernos: después de todo la culpa, como tantas otras cosas, tiende a desarrollar estrategias para perpetuarse a sí misma.

Es claro que en estas condiciones, el perdón puede ser tan sólo un señuelo provocador de mayores culpas si se basa en la represión de sentimientos, en la búsqueda de aceptación, en el temor a perder el amor o en un sentimiento de superioridad moral, todas ellas estrategias para evitar un acto de conciencia. En este sentido, la culpa se diferencia del arrepentimiento, que implica tomar conciencia de haber cometido algún error y disponernos a no repetirlo. También se diferencia de la reparación, que pretende saldar el daño hecho mediante un bien y no "borrarlo" mediante la ejecución de un nuevo daño.

Así, volvemos al asunto del cómo del perdón. Si poder perdonar implica hacer un acto de conciencia que nos ponga en contacto con nuestros propios errores y con el dolor que le hemos causado a otros y por ese camino a nosotros mismos, también implica hacer un duelo por aquello que se quiso y no se tuvo o por aquello que se recibió y que causó dolor; es decir, un duelo por la realidad deseada -digamos hoy: "fantaseada"- que no fue. Y desde esta aceptación de lo pasado (que hoy podemos pensar como "nuestro recuerdo de lo que fue") lograr una re-conciliación con nosotros mismos. En mi opinión este duelo sólo puede hacerse mediante un acto de conciencia. O mejor dicho: es en sí un acto de conciencia. Y entonces cabe la pregunta: ¿después de semejante acto, es posible perdonar?. Creo que no: una vez que asumimos que el dolor que alguien nos provoca no es sino el recordatorio de un suceso anterior y que es nuestro intento por evadir este dolor el que nos lleva a provocar dolor a otros; una vez que recordado es resuelto este dolor y logramos reconciliarnos con nosotros mismos, podemos, como la mujer de la viñeta, comprender y perdonar. O mejor dicho: podemos darnos cuenta de que ya no es necesario, porque ya se dio.

Sí.

Psic. Juan Guillermo Rodríguez Dávil

Read Full Post »

 
 
 
 
 

En sus construcciones teóricas Freud, a veces, nos asombra por su perspicacia, cuando penetra con sagacidad extraordinaria, el pensamiento del niño.

De acuerdo a la teoría del psicoanálisis, durante su desarrollo, ya cerca de los seis años, el ser humano comprende que vive en un mundo difícil. Que vive en un ámbito desalmado, donde los adultos mienten y castigan, donde los hermanos son celosos, y una miríada de otras cosas negativas que sería innecesario aquí enumerar con profusión y detalle — Lo que aprende bien el niño, es que crecer es labor ardua y penosa.

Todas las experiencias susodichas son comunes a niños que viven en hogares supuestamente estables, con padres "normales" y en condiciones saludables. Donde un desarrollo sin obstáculos es asunto garantizado.

Pero el niño de inteligencia normal nunca está satisfecho con el status quo que caracteriza el entorno que su hogar le provee.

Por medio de sus observaciones aprende a anhelar no ser tan dependiente en otros, porque muchas promesas se rompen. "Te voy a dar una computadora para las pascuas", dice el papá, al niño de cinco años, lo que se convierte en "espera a que cumplas los diez años…". "Contesta el teléfono y dile que no estoy…", dice la mamá al servicio. La misma mamá que castiga si alguien osa mentirle.

"Cuando yo tenía tu edad, mis notas eran las mejores", alguien dice, solo para saber por cortesía de una abuela pícara que quien pretende haber sido buen estudiante, siempre se quemaba.

Pero, querer ser independiente no es lo mismo a poder serlo. Siendo inteligente, el niño comprende que el mundo en derredor es un lugar peligroso, especialmente para quien escasamente cumple los siete años. Así, que su mente le asiste por la primera vez en su vida en la tarea de reducir sus angustias.

¿Qué es lo que aprende? Aprende el poder derivado del uso de la fantasía.

En sus juegos, ensayos del futuro como adulto. Él se siente exaltado, rico y poderoso. Aterriza (o sería, aluniza) en la luna, pilotea los aviones más veloces y hace los descubrimientos más notables. Ella se siente bella. Es una verdadera beldad, casada con un príncipe y dueña y señora de muchos palacios — ahora se sienten bien, hasta que una voz de timbre severo interrumpe sus pensamientos recordándoles que "es hora de apagar la televisión, cepillarse los dientes y, ¡a la cama!". "Pero, mamá, son solamente las ocho y estamos de vacaciones…" observación que solo produce otra ráfaga de palabras en tono duro: "no me respondas… "

El romance familiar

Freud postula que este fenómeno de aparición generalmente transitoria se utiliza eficazmente por el niño para adaptarse a la desilusión de que sus padres no son omnipotentes o semidioses. Pero, en casos, cuando esta actividad viaja muy lejos y se convierte en idea fija, entonces se conoce como la Delusión de Mignon.

Para remediar por la imperfección, en sus padres percibidos; en el "romance", el niño imagina ser un huésped en el hogar donde vive, y desde donde un día, sus nobles progenitores vendrán a procurarlo para llevarlo con ellos al reino imaginario del cual es heredero.

Esto, por supuesto, puede causar sentimientos de culpa en muchos niños, cuyo desarrollo moral es rígido y cuyas conciencias son punitivas.

No muy distante en la producción de esta fantasía se encuentran las de rescate.

Las fantasías de rescate, consisten en un ansia de ser excepcionalmente importante para quienes, de alguna manera nos inciden, cuando soñamos haberles redimido por medio de nuestra intervención heroica.

Aplicación clínica la encontraremos en el caso de Rubén

Cuando Rubén nació sus padres no vivían juntos. El papá abandonó la mamá por otra mujer y la mamá salió del país en búsqueda de predios más fértiles. A sus abuelos paternos les tocó criarlo.

Rubén era un niño difícil desde el principio, porque la edad de sus abuelos (en sus sesentas) les impedía la flexibilidad requerida para ser padres apropiados

Como estudiante se distinguió por ser rebelde, destructivo y mordaz. Mentía, mojaba la cama y cogía lo ajeno sin resquemores. Los animales del vecindario temían cuando se agachaba, porque el significado del gesto era usualmente una certera piedra, lanzada en la dirección del perro o gato más cercano.

Abuelito murió cuando Rubén frisaba en los once años. La abuela, en el velorio, acusaba a Rubén por la muerte del esposo, por ser "tan malo y desagradecido".

Siendo heredero de una fortuna considerable, en cierto modo, sus fantasías del romance familiar se cumplirían… Pero a un precio muy elevado desde el punto de vista emocional.

Como nadie lo quería cuidar, permanecería interno durante el año escolar en un colegio de monjes en los Estados Unidos y los veranos los pasaba en campamentos europeos.

Hasta que se graduara del bachillerato mantuvo notas excepcionales, pronunciando el discurso de despedida de su clase.

Ingresó en una universidad dominicana para estudiar el derecho y para unirse a la firma de unos familiares distantes quienes detectaron la promesa intelectual del joven transformado.

Conoció a Virginia el primer día de clases. Le recordaba a alguien — no sabía a quién, pero la encontró irresistible. Se hicieron novios y eran felices.

Entropía… Una carta llegó a Rubén, cuando Virginia estaba en el interior de vacaciones en el latifundio paterno — desde donde la enviara. Decía:

Adorado Rubén de mi alma:

Lo nuestro tiene que terminar. Mi papá me dijo que eres hijo ilegítimo y que eso va en contra de su religión.

Lloré mucho y le imploré que te conociera.

Me dijo que de nada valía, que yo tenía que escoger entre que él se muera de la alta presión, si sigo contigo, o que haga lo debido por mis hermanos.

Adiós amor de mi vida. Siempre te recordaré,

Vini

No pudiendo tolerar la cercanía de la amada que tanto lo hiriese, Rubén cambió carreras y se graduó de médico. Se hizo cardiólogo, especialista en la hipertensión.

Nos conocimos cuando, en medio del tratamiento de su hija adolescente, pidió una consulta personal. Me confió que quería divorciarse de su esposa para casarse con una de sus secretarias. Mujer a quien conociera cuando tratara exitosamente al papá que casi muriera de hipertensión maligna. La consulta la deseaba porque se sentía confuso y no quería añadir más problemas a los que su hija sufría.

La terapia de Rubén

La persona que Virginia, a Rubén, vagamente recordara, era su mamá, como apareciera en sus sueños. La secretaria por su parte, se parecía mucho a Virginia y el drama de la enfermedad del papá producía el escenario para revivir el drama de sus fantasías de rescate.

"Entonces, si yo me caso con esta mujer, le salvo la vida al papá y así resuelvo lo de Virginia, le habré salvado la vida al papá que sustituye por el de ella…" Musitaba el doctor. "Pero ganando el cariño de esta otra persona no habré logrado nada, porque a quien yo quiero sanar de verdad es al papá de Virginia — que dicho sea de paso, me enteré que nunca tuvo hipertensión arterial — que dijo un embuste para que ella me dejara".

Describió que su vida como médico era una empresa de gestionas dignas del Quijote, donde siempre terminaría salvando los padres de mujeres jóvenes, a las que imaginaba "duras e indiferentes" — "eso me pasó con mi esposa, a quien no he aprendido a querer porque el recuerdo del papá de ella — quien terminó muriendo de un ataque al corazón, bajo mi cuidado, aun me angustia".

La repetición compulsiva fue un síntoma que Freud describiera como método de reducir la ansiedad neurótica que algunos de sus pacientes favorecieran.

Aquí se describe, de acuerdo a uno de nuestros colegas:

"Existe una tensión en el principio del placer Freudiano que sólo logra ser una tendencia, una aproximación al placer originario que sin embargo nunca se cumplirá.

"Esta tendencia se repite compulsivamente en la búsqueda de aquello que sólo logrará consumarse como goce.

"Entonces, antes del riesgo acusativo de represión al que pudiéramos vernos tentados, entendamos mejor, repetición.

"Repetición y búsqueda, anhelo y mirada indiscreta, humedad y voyerismo a la caza de la experiencia placentera".

En otras palabras, procuramos — como en los sueños — transportarnos en fantasía repetitiva, a los lugares donde el placer se encontraba y la ansiedad se disipaba.

En ese círculo vicioso, Rubén se encontraba atascado…

En resumen

En nuestros síntomas, a veces repetimos compulsivamente comportamientos del pasado, para que reviviendo el drama, logremos mejorar o cambiar su desenlace — cometido éste que, por ser neurótico, al final nunca lograremos. 

Ahora entraremos en otra área de naturaleza cercana a la ponencia anterior.

El desplazo y el autoestima

Dr. Félix E. F. Larocca

"No son los celos", dice la persona herida, "es el sentimiento de haber sido desplazada o de ser sustituida por alguien más, eso es lo que duele"…

No son los celos, eso ya está claro. No es el deseo de estar con quien hace mucho hemos partido, es algo más profundo, y no sabemos lo qué es.

Les sucede a las personas divorciadas cuando oyen que el ex se mudó en un hogar lujoso con la nueva esposa, o cuando va de viaje con otra mujer. Es curioso, ya que no debe de importarnos, porque no sólo es que él está casado nuevamente, pero que nosotros también tenemos otra vida y aun otro compañero.

Cuando encontramos a otra persona ocupando el lugar que, antes del rompimiento fuera nuestro, sentimos rabia.

Sentimos rabia, y nos molestamos porque no queremos sentirla.

Lo peor de todo esto, es la sensación de humillación y resentimiento con que todo nos deja. Por supuesto, también es la cólera de haber sido "yo", quien quedara colgada. No sería lo mismo, si, en lugar de ser yo, fuese la otra persona la que quedara guindada.

Los sentimientos básicos

Cuando las emociones penetran nuestras defensas y nos hacen sentir vulnerables, el origen de esa reacción es remoto — busquémoslo en los años tempranos de nuestra vida, y ahí lo encontraremos.

Nosotros nacimos indefensos y dependientes del amor de nuestros padres. La presencia de una madre feliz consigo misma, solícita y cariñosa fue esencial para nuestro desarrollo emocional. Sin ella y sin sus cuidados, nuestros cerebros se hubieran atrofiado. Fue la confluencia de nuestros instintos obrando en sintonía y al unísono con los de nuestra madre lo que nos hizo medrar. Por su parte, para que ella, como madre, pudiera ser apta, necesitaba biológica y socialmente de la presencia y el soporte de un marido o pareja. Persona que, aunque al principio nos pareciera remota, al transcurrir el tiempo nos llenó de curiosidad y de deseos de conocer mejor. 

Como el individuo tan dependiente e indefenso que cuando niños éramos, debíamos de fantasear que el amor de nuestra madre no sólo era exclusivamente nuestro sino que sin nuestra presencia ella no podría aun existir. Lo que en cierto modo es verdad, porque las hormonas que rigen el post-parto y la lactación ordenan el apego incondicional de la madre hacia el bebé en la mayoría de los casos. (Véase mi artículo: La oxitocina: La hormona del "amor").

La evolución progresiva y el amor narcisista

La díada madre/infante es motivo e inspiración de mitos, fantasías, religiones y arte. Subyace, por ser tan básica, todo lo espiritual en nuestras vidas.

A ella debemos la vida, y sin ella nos toca el abandono y la muerte.

La leyenda de Alciones, hijo de Gaia la diosa Tierra, lo ilustra. Este gigante era un hijo dominador. Así lo era, porque era invencible. Si en la lucha su oponente lo derribaba, al caer, tocando la Tierra, como su madre, ésta lo revivía. Pero otra mujer lo venció. La diosa Atenas, dice la leyenda, le dio muerte cuando lo hirió sosteniéndolo por sus cabellos y sin permitir que tocara el suelo — dejando en su estela, una madre inconsolablemente triste.

Volvamos, entonces al desplazo, nuestro tema original. Tememos el abandono, porque el ser deseado es esencial para que nos sintamos sanos, íntegros y seguros. Nuestra autoestima depende de ello, y nuestra autoestima lo es todo.

El origen de nuestro dolor frente al desplazo

  • No ser lo suficientemente bueno. Desde nuestra infancia lejana, cuando el amor de la madre se dirigía a otros, pensábamos que se debía a algo deficiente en nosotros. Que no éramos dignos de su cariño, que habíamos mentido, que algo nos disminuía.
  • El ser removido del trono imaginario. Antes éramos y nos considerábamos especiales, pero aun, si ya ser especial para esa persona es negado, el hecho de ser sustituidos es penoso.
  • La permanencia del afecto. Queremos que cuando con alguien rompemos, que al otro le duela y no que se desprenda de nosotros sin arrepentimientos.
  • El sentimiento de impotencia. Comprender que, en cierto modo una muerte simbólica y sin duelo ha ocurrido y que sería inapropiado llorar — ni por rabia ni por dolor.

La depresión que a menudo sigue una situación así, es debida a que el rencor y la ira se tornan hacia el ego y éste, careciendo de medios de expresión, nos deja paralizados en forma de la depresión. (Véase: Morning and Melancholia por S. Freud).

El dolor del abandono es real y es básico, tan real y básico que puede tornarse patológico.

¿Cómo encontrar soluciones?

Para nuestros lectores, ya entrenados en las ciencias del comportamiento humano, y para quienes desean usar las frustraciones de la vida para madurar no es suficiente ni basta la respuesta estereotipada que muchos nos dan:

"¡Ignóralo!"

Porque si ignorarlo pudiéramos, no nos sentiríamos como nos sentimos.

Las soluciones

  • No desconocer la rabia. Reconocer que nos duele, reduce su impacto.
  • Analizar qué aspecto de nuestra respuesta es arcaica — viene del pasado. Esto nos ayuda a reconocer los problemas que todavía en nosotros persisten.
  • No buscar la justificación de las acciones del otro en nuestros "fallos" personales. "No fui buena compañera, amante amiga, esposa, hija".
  • Ser proactivo. En inglés se traduce, como tomar la iniciativa en reconciliar en nuestras mentes los factores envueltos y reaccionar de acuerdo a la realidad.
  • No tratar de empatarnos. Si él viajó con la novia — yo también lo haré. Viaja todo cuanto quieras pero no para buscar su reacción.
  • Más que nada, no te sometas y aceptes que los comportamientos y acciones de otros definan tu felicidad. (Léase mi ponencia: Aprender a Ser Proactivo).

En resumen

"Lo que digan los demás", y a veces, lo que los demás hacen, son factores que influencian nuestras vidas de modo excesivo.

Por razones biológicas y psicológicas al macho de nuestra especie le agrada el lograr que las mujeres lo celen y que deseen sus favores. Así se siente más potente y especial. No es bueno ayudarlo en sus propósitos engreídos.

 

Read Full Post »

El pesimismo

 
 
 

Atormentarse la vida a uno mismo es fácil

Reflexionar sobre la influencia que ciertos pensamientos tienen sobre nuestras emociones y conductas ayuda a que seamos menos pesimistas.
Es relativamente frecuente toparse con personas arraigadas perpetuamente en la amargura, en la tristeza, el pesimismo y el desinterés. La primera pregunta que nos asalta cuando nos encontramos con estas
actitudes es si son el resultado de una insistente acumulación de disgustos, mala suerte, decepciones, desengaños y fracasos a lo largo de toda una vida o si más bien se trata de una opción voluntariamente elegida, una posición ante uno mismo y ante los demás que responde a percepciones muy subjetivas, o incluso a un cierto modo ético-estético de entender las cosas. Todos conocemo a personas empeñadas en encontrar el lado negativo de todo lo que acontece a su alrededor: son los pesimistas tenaces.

Cualquiera de nosotros tiene motivos, casi cada día, para preocuparse o entristecerse. Pero estropearse la vida a propósito es una habilidad que se aprende, ya que no basta con sufrir experiencias negativas. Lo peor es que quienes se empeñan en ver el lado negativo de las cosas, además de convertirse en personas infelices, tienen una penosa facilidad de amargar la vida a quienes tienen al lado, especialmente si las víctimas son niños o jóvenes, o dependen emocionalmente de la persona siempre insatisfecha.

Las experiencias desagradables tienden a atarnos al pasado y a inhibirnos el futuro, porque nos condicionan y atemorizan. Simplificando un poco, dará igual como nos vayan las cosas realmente, porque si mostramos una predisposición negativa y pesimista, los momentos dichosos los matizaremos en exceso y los percibiremos con desconfianza y reservas.

Normalmente, los amargados tienden a desempeñar el papel de víctima, en una forma de comunicación interpersonal en la que (casi siempre para captar la energía y atención ajenas), asumen uno o varios de estos roles: el de perseguidor, que hace de malo, interroga y es percibido como un genio que lo sabe todo y castiga o humilla a quienes cree que se equivocan; el de salvador, que busca que le reconozcan su papel bondadoso pero que a la vez nos pasa constantemente facturas de cuanto hace, y el de víctima, cuyo planteamiento de supervivencia y comunicación es dar lástima a los demás, captando su atención mediante la exhibición de su sufrimiento.

Hay algunos seres desdichados, que reúnen las tres modalidades arriba descritas, en sí mismos.

Ocasionalmente -circunstancias nos sobran para ello- todos podemos actuar estos roles y ello no es negativo. Lo que hace peligrar nuestro bienestar emocional y el de quienes nos rodean es cuando esos papeles los desempeñamos habitualmente.

Paul Watzlawick, en su libro "El arte de amargarse la vida", nos ayuda a reconocer nuestro estilo personal frente a determinadas situaciones y nos brinda una excelente oportunidad para reflexionar sobre los procedimientos por los que una persona va construyéndose una vida desdichada. Watzlawick, recurriendo a la ironía, nos enfrenta con los modos en que de manera voluntaria vamos creando y consolidando nuestra infelicidad. El autor, sabedor de la naturaleza contradictoria y paradójica del ser humano, en lugar de facilitar consejos para alcanzar la felicidad prefiere divulgar fórmulas para conseguir que vivamos anclados en la desgracia. Naturalmente, el propósito es que el lector se percate del error y reaccione de manera contraria a la que proponen esos consejos.

Cómo vivir en la amargura y la infelicidad

  • Créate problemas, y si no tienes bastante con los tuyos asume como propios los de los demás. Llena tu vida de complicaciones reales o ficticias, y concede gran importancia a todos los sucesos negativos. Resuelve los problemas ajenos y olvídate a ti.
  • Piensa que siempre tienes la razón. Todo es blanco o negro, y sólo existe una verdad absoluta: la tuya. Rechaza en principio lo que digan los demás, incluso cuando pueda aportarte algo positivo. Si la idea o propuesta no es 100% tuya, deséchala, seguro que no merece la pena.
  • Vive obsesionado. Elige un acontecimiento suficientemente negativo de tu memoria, conviértelo en recuerdo imborrable y tráelo a tu mente una y otra vez, hasta que sólo vivas para pensar en ello. Así, las dificultades cotidianas no absorberán tu atención.
  • El presente no merece la pena, piensa siempre en el futuro. Aplaza el disfrute de los placeres de este o aquel momento, porque no puedes saber lo que te deparará el futuro. Confórmate con lo malo conocido y no te arriesgues ante lo bueno por conocer. Tortúrate pensando en todo lo negativo que te podría ocurrir dentro de unos años.
  • Jamás te perdones. Llegarás a un punto en el que tan sólo sentirás autocompasión. Piensa que tú eres el único responsable de lo que te ocurre, y nunca creas que existan situaciones que escapan a tu control.

Estas recomendaciones se plantean en un tono irónico con la intención de despertar la autocrítica y de que nos veamos un poco ridiculizados ante este tipo de pensamientos que nos invaden y determinan nuestra conducta hasta el punto de amargarnos la vida, y las de quienes nos rodean, dicho sea de paso.

Una alternativa interesante

La psicología científica propone sistemas para abordar este tipo de situaciones. Uno de ellos es la reestructuración cognitiva, una técnica cuyo objetivo es identificar, analizar y modificar las interpretaciones o pensamientos erróneos que los sujetos experimentan en determinadas situaciones o tienen acerca de otras personas. Un pensamiento es un diálogo con nosotros mismos, que contiene afirmaciones sobre situaciones, circunstancias, temas y personas.

Cada una de esas afirmaciones es un pensamiento, que podemos clasificar en dos grandes grupos: los positivos, que nos ayudan a alcanzar nuestros objetivos y tienden a crear emociones eficientes y nos hacen sentirnos bien; y los negativos, que obstaculizan el logro de nuestros objetivos y generan emociones malignas que hacen que nos sintamos mal.

Cada uno de ellos puede ser a su vez racional (si se apoya en datos reales y objetivos) o irracional, si no cuentan con suficientes datos reales y objetivos en que apoyarse o incluso si se hallan en contradicción con la realidad

Qué hacer para no dejarnos invadir por los pensamientos negativos

  • Reflexionar sobre la influencia que nuestros pensamientos o interpretaciones tienen sobre nuestras emociones y conductas
  • Identificar los pensamientos que nos hacen sentirnos mal en una situación determinada. La señal que nos avisa que quizá sea conveniente examinar nuestros pensamientos es la percepción de estados emocionales negativos como ira, angustia, miedo, tristeza… Una vez identificados, debemos controlarlos, objetivarlos, tomarlos en cuenta y, en la medida de lo posible, asociarlos a las circunstancias que los crearon, para después reflexionar sobre ellas
  • Analizar estos pensamientos para ver hasta que punto corresponden con la realidad y en qué grado nos afectan.
  • Finalmente, busquemos pensamientos alternativos a los que nos hacen sentir mal. Los pensamientos alternativos deben ser más racionales y positivos.

En resumen

No podemos ser responsables eternamente por el mal que creemos haber causado o dejamos de causar — no somos ni tan importantes, ni tan poderosos. Avancemos en la vida pensando en lo positivo y evitando los sentimientos de culpa exagerados, que a nada bueno nos llevan.

Vivamos un optimismo realista con bases depositadas en la realidad y no seamos como el Dr. Pangloss, héroe de Candide, cuyo optimismo de nada le sirvió.

Para aprender, veamos otro artículo preparado para estos fines

Aprender a quererse a sí mismo…

Dr. Félix E. F. Larocca

 

Para llevar una vida sana y feliz, necesitamos en primer lugar querernos a nosotros mismos. Es imposible disfrutar de las cosas si no existe una autovaloración positiva. ¿Te apetece conocer pautas para aprender a quererte más? A continuación te proponemos algunas normas.

Una visión realista del mundo

La primera propuesta consiste en desarrollar una visión realista del mundo y de tu lugar en él. Para tener un pensamiento realista positivo puedes apoyarte en:

– Darte cuenta de tu propio importe: Recuerda que eres único y especial. Nadie puede pensar y actuar como tú. Haz un recorrido de tu papel y desempeño en tu familia, trabajo, relación con amigos, en tu vivienda, lo que aportas a cada uno de estos factores. Recuerda que sin ti nada sería del mismo modo.

-Acepta que no eres responsable de las emociones de los demás: Las reacciones que los otros tienen hacia sí y su entorno es el resultado de sus creencias e interpretaciones. Tú sólo eres responsable de tus actos y sentimientos.

-Busca hechos más que opiniones: No importa quién tiene razón sino lo real. Intenta obtener suficiente información acerca de ti, de los problemas, de otras personas y de las situaciones que te rodean. Tómate tiempo para pensar en ello desde tu punto de vista. No aceptes sin más los pensamientos y creencias de los otros.

-Acepta tus debilidades y errores: Diferencia entre tu "yo" y "tus errores". Hay una diferencia entre tu comportamiento y tu persona. Aprende a reírte de tus errores y tonterías. El humor es una forma de naturalizar y desdramatizar la vida.

Aprender a no compararte con los demás

La segunda manera de auto valorarte es aprender a no compararte con los demás. A menudo nos sentimos desdichados y de segundo orden porque nos comparamos con otros. Solemos acrecentar las virtudes de las otras personas y por tanto, menospreciar las nuestras.

Una frase sana sería "no soy inferior, no soy superior, simplemente soy yo". Tú eres único, y debido a tu singularidad es imposible que hagas algo exactamente igual que otro, por tanto, no te tortures. Sólo puedes hacer las cosas en tu estilo propio y poniendo lo mejor de tu capacidad. No obstante, si otro no aprecia suficientemente tu valor, es su problema.

Procura pensar un mayor número de cosas positivas

La repetición continuada de una idea, tiende a formar parte de tu sistema de creencias. Ésta es la forma más común en que se adquieren las creencias negativas. Al pensar en alguna crítica que te hayan hecho, has podido llegar a exagerarla hasta proporciones exageradas, y repitiéndola una y otra vez, la has podido convertir en una parte de tu realidad. Esto acaba por disminuir tu autoestima y hace que termines perdiendo oportunidades valiosas de crecer y disfrutar.

Dos trucos son: recuerda tus puntos fuertes con regularidad, e intenta mirarte al espejo para decirte cosas positivas a menudo (puedes hacerlo mientras realizas alguna actividad cotidiana como maquillarte o peinarte).

Tratar muy bien a las personas que te rodean

Es la cuarta forma de autoestima. Para ello, puedes hacerles cumplidos. Regalar piropos a los demás, es otra forma de elevar tu autoestima, ¿cómo funciona? Cuando les dices cosas positivas, los otros se sienten mejor consigo mismos y, por tanto, te tratarán agradablemente.

Tener buenas relaciones interpersonales te servirá para que te den apoyo incondicional y además te ahorrará problemas.

Limita el número de compromisos que contraes

Si eres de las personas que tienen una elevada necesidad de aprobación, probablemente digas sí a todas las peticiones que te hacen. Así, o bien no puedes cumplir todas, o bien sacrificas tus propias necesidades. Esto puede hacerte sentir incapaz y puede disminuir tu autovaloración. Si sueles comprometerte en exceso, limita el número de compromisos que asumes. Comprométete sólo si estás seguro/a de que: estás en condiciones de cumplir, estás dispuesto/a a hacer el esfuerzo para cumplir y si realmente quieres cumplir

La última propuesta es usar tu imaginación de modo positivo

La repetición frecuente de experiencias positivas hará que te sientas de este modo. Está comprobado que una diferencia entre las personas con baja autoestima y las que la tienen alta, es el tipo de recuerdos que usan. Las de baja autoestima se detienen en experiencia negativa y fracasos, mientras que las de alta autoestima dedican tiempo a recordar y disfrutar de recuerdos positivos. Detente a pensar en todas aquellas situaciones vividas que te sean agradables.

En resumen

Como mujer, como persona tienes el deber y la obligación a ti misma de valorarte de modo más positivo. Tus hijas e hijos dependen de ello, ya que en ti perciben la guía y la orientación final ara todos los asuntos que les atañen.

Quiérete mucho, y otros también te querrán.

Read Full Post »

 
 

Los adultos incapaces de crecer camuflan bajo esta actitud importantes carencias emocionales

Son adultos sólo en apariencia porque su actitud continúa siendo la de alocados niños y adolescentes que no se responsabilizan de sus actos. Las personas que padecen el síndrome de Peter Pan o de Inmadurez Emocional son incapaces de crecer, y su alegría y seguridad suelen ser una máscara que esconde su inseguridad y temor a no ser queridos. Aunque difícil de solucionar porque es un problema que no reconoce quien padece el trastorno, puede superarse con terapia psicológica y ayuda de sus parejas o familiares.

Incapaces de crecer

Hijos que nunca creen apropiado marcharse de casa, cuarentones con una vida social típica de un adolescente, amistades y grupos de salida mucho más jóvenes& Se trata de personas que, a pesar de haber alcanzado la edad adulta, son inmaduros emocionales y no quieren o son incapaces de crecer y afrontar las responsabilidades que conlleva la vida adulta. Son personas que padecen el denominado síndrome de Peter Pan, un nombre que se basa en el conocido personaje de la literatura infantil creado por el escocés James Matews Barrie en el año 1904. La primera vez que se utilizó el nombre de Peter Pan, haciendo alusión a un problema emocional fue en el año 1966, cuando el psiquiatra Eric Berne se refirió con este nombre al niño que todo adulto lleva dentro y que está centrado sólo en satisfacer sus propias demandas y necesidades. Casi veinte años más tarde, en 1983, el psicólogo Dan Kiley escribió en un libro en qué consistía el que ya denominaba como "síndrome de Peter Pan". El psicólogo lo aplicaba, tal y como se continúa haciendo en la actualidad, para definir a los adultos que no quieren o se sienten incapaces de crecer. Un año después utilizó el término de "Síndrome de Wendy" para describir a quienes actúan como padre o madre con su pareja o con la gente más próxima, liberándoles de la asunción de responsabilidades.

La infancia es una etapa de felicidad, en la que no se tiene conciencia de la existencia de problemas, ya que otros (padres, maestros, abuelos&) los solucionan por ellos. Hacia el final de la adolescencia, sin embargo, se produce un cambio de mentalidad y una toma de conciencia sobre las responsabilidades que hay que tomar. Cada persona empieza a orientar su vida hacia una determinada dirección, aunque algunos individuos se niegan a superar esta etapa y se resisten a crecer y afrontar responsabilidades de la vida adulta. Según indica la psicóloga María Rodríguez, del Centro psicológico de Estudio y Terapia del Comportamiento de San Sebastián, las personas que padecen este trastorno tienen un cuerpo de hombre con mentalidad de niño. El síndrome de Peter Pan puede darse en ambos sexos, aunque es más frecuente entre los hombres, según explica Concepción Etiens, psicóloga de la clínica Arga de Madrid. El de Wendy, por el contrario, es más frecuente entre mujeres (madres o parejas) que suelen justificar las "niñerías" de estos adultos incapaces de crecer y soportan, e incluso alientan de manera involuntaria, la actitud infantil y enfermiza del Peter Pan de turno.

Cómo reconocerlo

Los adultos que padecen este trastorno lo son "sólo de nombre", como indica Concepción Etiens, porque actúan como niños a pesar de ser adultos, que en muchos casos superan los veinte y treinta años. Estas personas crean entre sus familiares, sobre todo, un alto grado de confusión porque a primera vista aparentan estar seguros de sí mismos, incluso, tal y como explica la experta, pueden parecer personas arrogantes. "Son capaces de entrar a una reunión y cautivar de inmediato a su auditorio. Su presencia no suele pasar desapercibida: chispeantes, seductores& hacen que los demás parezcan insignificantes", detalla la psicóloga.

Sin embargo, Etiens subraya que se trata de personas indecisas e inseguras, que temen que no les amen y camuflan sus inseguridades con una máscara de seguridad y alegría ficticias. Quienes padecen el síndrome de Peter Pan se esconden detrás de fachadas y excusas; disimulan su incapacidad de madurar con juegos, pasatiempos, negocios fantásticos, grandes proyectos imposibles y aventuras amorosas. "Por una parte, suelen ser personas divertidas y a su lado todo parece pura alegría de vivir. Pero por la otra, tratan de evadir continuamente sus responsabilidades y se refugian en fantasías imposibles de cumplir y culpan a los demás de todo lo que les ocurre"y, aunque encantadores al principio, después de un tiempo suelen tener graves problemas de adaptación en el trabajo o sus relaciones de pareja.

Si bien pueden camuflarse bajo un tiempo, es fácil terminar reconociéndolos, ya que según la psicóloga donostiarra, su comportamiento presenta las siguientes características:

  • Le seduce más la juventud, que suele tener idealizada, que su momento real de madurez.
  • Tiene un enorme miedo a la soledad.
  • Es inseguro, aunque no lo demuestre e incluso pueda aparentar lo contrario.
  • Su actitud se centra en recibir, pedir y criticar y no se molesta en dar o hacer.
  • No está hecho para la vida adulta, no se compromete por creer que el compromiso es un obstáculo para su libertad.
  • Tiene al lado a otra persona que cubre estas necesidades básicas.
  • No se responsabiliza de lo que hace, pero cree que los otros sí lo hacen
  • Vive centrado en sí mismo: sus disgustos, su estrés, su excesivo trabajo…
  • Aunque disfrute de éxito profesional, económico… se da cuenta de que su vida no tiene la firmeza ni la estabilidad que le gustaría
  • Está permanentemente insatisfecho con lo que tiene, pero nunca toma iniciativas ni hace nada por solucionar su situación.

Cómo solucionarlo

No es fácil enfrentarse a un problema cuando no se reconoce su existencia, y ésta suele ser la principal característica en quienes padecen este síndrome de inmadurez emocional. Por ello es esencial que, en primer lugar, "el enfermo sea capaz de darse cuenta de que su actitud no es normal ni adecuada y asumir que tiene un problema". Y, aunque para muchas personas pueda parecer obvio, "no es tarea sencilla", según asegura Rodríguez, porque culpar y hacer responsables siempre a los demás de todo cuanto les sucede es parte de este síndrome.

La asunción de su responsabilidad no llega en muchos casos hasta que sienten en carne propia las consecuencias de sus actos, y es únicamente entonces cuando piensan en la necesidad de algún cambio de actitud.

Las conductas ejercidas durante muchos años no se modifican fácilmente, por lo que una terapia psicológica sería la mejor indicación, en opinión de la experta del Centro de Estudio y Terapia del Comportamiento de San Sebastián, quien añade la conveniencia de comenzar con una terapia de pareja o familiar, para evitar el error de considerar que el problema se encuentra sólo en uno de los integrantes de la familia o la pareja, cuando en muchos casos los demás favorecen, sin darse cuenta, conductas de este tipo. Hay que tener en cuenta, además, que si no se supera esta fase, se puede originar en quien padece el trastorno diversas quejas emocionales:

  • Baja autoestima: Lo quiere todo y no está dispuesto a renunciar a nada de lo que tiene ni a poner nada de su parte para conseguir las nuevas metas y objetivos. No conseguirlo le genera una frustración continua e importantes problemas de autoestima.
  • Sentirse incomprendido: Siempre culpa a los demás de todo cuanto sucede en su vida, incluso de situaciones provocadas por su inmadurez. No se siente parte del problema o dificultad, y ni siquiera es capaz de creer que él pueda tener algo que ver con la evolución de los problemas.

A pesar de que, efectivamente, no es fácil tratar el problema, María Rodríguez propone una serie de pistas que pueden ayudar a que un adulto que presenta este trastorno emocional pueda recuperarse del síndrome, soluciones en las que debe intervenir la pareja o familiares del enfermo:

  • Permitir que se enfrente la realidad y asuma las consecuencias de su conducta: Por más duro que parezca al principio, no hay que hacerse cargo de sus responsabilidades. Si no paga las cuentas, la familia no lo debe hacer por él; si se queda dormido sin ir a la universidad o al trabajo, no hay que despertarlo& Es el único modo de ayudarles a ser conscientes de que tienen una responsabilidad que cumplir y que nadie va a asumirla por ellos.
  • Ante sus continuadas quejas, en vez de consolarle, hay que dejar que tome iniciativas para cambiar la situación. Pero no hacer las cosas por ellos no impide darle apoyo y ayudarle a observar los aspectos positivos de su personalidad fomentando que desarrolle su potencial adulto basándose en ellas.

 

Read Full Post »

 
 
 

Un trastorno personal basado en la necesidad de satisfacer al prójimo

En esta lección cubriremos dos aspectos del tema de cargar el embalaje emocional de satisfacer los demás y cómo esta actitud nos disminuye la autoestima.

Miedo al rechazo, al abandono, deseo de complacer a los demás y sobre todo a la propia pareja… Estas son algunas de las causas que se encuentran tras el llamado ‘Síndrome de Wendy’. Una compleja conducta que a simple vista no tiene patología alguna y guarda una estrecha relación con el más conocido ‘Síndrome de Peter Pan’, descrito por Dan Kiley en 1983 y que hace referencia a todos aquellos hombres y/o mujeres que no quieren, o que no pueden, crecer.

¿Quién es Wendy?

Wendy es aquella mujer u hombre que se encuentra detrás de un Peter Pan. Y es que, tras un Peter Pan siempre tiene que haber una persona, hombre o mujer, dependiendo del caso, que se encargue de hacer todo aquello que no hace él. Peter Pan no existe si no hay una Wendy que le aguante.

El Síndrome de Wendy se puede definir como el conjunto de conductas que realiza una persona por miedo al rechazo, por necesidad de sentirse aceptada y respaldada, y por temor a que nadie la codicie. En definitiva, por una necesidad imperiosa de seguridad. Cuando el sujeto actúa como padre o madre en su pareja o con la gente más próxima, liberándoles de responsabilidades, podemos hablar de Wendy, estas conductas pueden darse tanto dentro del núcleo familiar, en los roles de padre/madre sobre-protectores, como en las relaciones interpersonales, con aquellas personas muy cercanas.

La madre que despierta todos los días a su hijo para que no llegue tarde a la universidad, aquella que le haga los deberes, le resume las lecciones o subraya los apuntes, la esposa que asume todas las responsabilidades domésticas… es una Wendy en el núcleo familiar.

Lo mismo ocurre en la relación de pareja si es ella y no él quien toma todas las decisiones y asume las responsabilidades, actúa como madre o padre y como esposa/esposo o justifica la informalidad de su pareja ante los demás.

Las conductas más significativas que acompañan una persona que padece este síndrome los las siguientes:

  • Sentirse imprescindible
  • Malinterpretar que el amor sólo es sacrificio y resignación
  • Evitar a toda costa que su pareja se enoje
  • Intentar continuamente hacer feliz a la pareja
  • Insistir en hacer las cosas por la otra persona
  • Pedir perdón por todo aquello que, por el otro, no ha hecho o que no ha cómo sabido hacer
  • Necesidad imperiosa de cuidar del amante como si fuera un niño
  • Convertirse en un padre o madre en la relación de pareja

Para hablar de un verdadero Síndrome de Wendy es preciso tener en cuenta que todas estas acciones se basan en un terror al abandono, que son inmutables y que persisten como tales, con en el transcurso del tiempo.

Origen del trastorno

Actualmente no existen estudios epidemiológicos que arrojen unos datos fiables sobre el porcentaje de la población que puede sufrir este síndrome, porque el síndrome como entidad establecida aun no existe. No obstante, sí se han establecido las diferentes variables que pueden desencadenar su aparición. Lo primero que hay que tener en cuenta es que puede afectar tanto a hombres como a mujeres, aunque es cierto que es más frecuente entre ellas.

Esta diferencia entre los sexos puede ser debida, entre otras cosas, a la cultura en la que estamos inmersos. Queramos o no, todavía sigue siendo la figura de la mujer quien tiene más peso en el cuidado de los miembros de la familia y esas ideas que se nos inculcaran en el proceso educativo tienen su expresión en la vida adulta.

Y es que el Síndrome de Wendy no depende de un solo factor, sino de un conjunto de variables, entre las que destacan el cuidado, de niñas, recibidos, la educación absorbida, la personalidad propia y las circunstancias que rodean a la persona. No obstante, que ninguna de estas variables por separado sería la responsable de su aparición.

Por ejemplo, la educación recibida no determina necesariamente este tipo de conductas. En ocasiones, tener una madre o un padre sobre protector puede crear en sus hijos o hijas un gran deseo de independencia. Aunque es cierto que también hay ocasiones en las que se perpetúan los patrones de conducta adquiridos y vistos durante la infancia y adolescencia, continuando el ejemplo de los superiores.

¿Se trata de un síndrome de la nueva sociedad? Rotundamente, no. Lo que ocurre es que hace años no se planteaban estos asuntos. Las cosas eran así, y así estaban bien. Ahora la mujer sale de casa a trabajar y es consciente de que existen más cosas, además del hogar. Se carga con nuevos roles, sin abandonar los antiguos, se satura de responsabilidades y ni se plantea que podría negociar con su pareja su nueva situación, y al final acaba sintiéndose mal, sin identificar exactamente qué le ocurre. Algunas mujeres, en este punto, piden ayuda profesional, pero muchas sufren en silencio sin saber qué hacer. Se trata, según los expertos, de un cambio en los roles que cuesta asumir tanto al hombre como a la mujer.

Lo que tampoco resulta sencillo es su detección. La mayoría de las mujeres y de los hombres acuden a la consulta del especialista porque se sienten ‘quemadas’ y ‘quemados’, no están felices con su vida y siente una insatisfacción total en sus relaciones de pareja. Solo a través de las sesiones de terapia van descubriendo la razón del malestar. Una sensación que también afecta a aquellas madres que ven que sus hijos no quieren crecer y evitan tomar responsabilidades acordes con su edad. Es por ello que este síndrome de Wendy se relaciona con el de Peter Pan, pues es frecuente que madres ‘Wendy’ generen hijos ‘Peter’. (Véanse mis artículos al respecto, especialmente el de la Ergofobia).

Sin embargo, no existe una edad definida a la que pueda aparecer, aunque es en los últimos años de la adolescencia, cuando están ya formadas las características de la personalidad, cuando se pueden observar los primeros signos que delatan que la persona pueda sufrir este síndrome en algún momento de su desarrollo evolutivo.

Cómo superarlo

En muchas ocasiones son los propios afectados los que acuden por su propia voluntad a la consulta del profesional capacitado, aunque no son conscientes de lo que les sucede. No están preparados para comprender qué les pasa. Para quienes sufren este trastorno su forma de actuar es una necesidad y no consideran que lo estén haciendo mal, sino que simplemente con su actitud cubren unas necesidades de afecto, pertenencia y seguridad.

Su superación depende en un alto porcentaje de la capacidad de quien lo sufre y de reconocer que sus conductas son equivocadas. Deben reconocer sus propios miedos y a partir de ahí aprender a procurar su propio sitio en la relación. Transigir pero con cautela, ser flexible, tolerar al prójimo, pero sin aceptar por ello todo lo que se le diga.

Siempre necesitarán terapia, pero en manos expertas…

Se trata, en definitiva, de:

  • Establecer relaciones equitativas con las personas: escuchar activamente los problemas de los demás, pero sin sentirse obligado por ello a resolverlos.
  • Incrementar la autoestima personal.
  • Acostumbrarse a decir NO.
  • Aprender a madurar, a pensar que cada uno es responsable de su vida.
  • No asumir los deberes y responsabilidades del otro.
  • No soportar la indolencia de quienes prefieren el soporte que otros les suministran.
  • Ser consciente de que los cambios de hábitos son lentos, no se producen de la noche a la mañana.

Estas pautas sirven como prevención y superación de este trastorno. La conducta de cualquier ‘Wendy’ está basada en el miedo al rechazo personal, en el complejo de inferioridad y el impulso por agradar a todos. Por tanto, si en el proceso educativo se enseña a la personas conductas asertivas —aquellas que defienden los propios derechos, sin agredir a los demás ni dejarse avasallar— se enseña a desarrollar una sana autoestima, a aprehender unas adecuadas habilidades sociales que hagan de las relaciones interpersonales un foco de satisfacción y gratificación, las personas estarán más cualificadas para evitar el sufrimiento que a la larga supone este síndrome.

En otras palabras, el cautiverio emocional que nos destruye las vidas, como síndrome, puede asistirnos a vivirlas mejor, si lo sabemos manejar… ¿Quién sabe?

El pasado emocional y de cómo afecta las relaciones

Dr. Félix E. F. Larocca

Para nadie es un secreto que las experiencias amorosas anteriores nos pueden marcar indefinidamente para el resto de nuestras vidas tanto negativa como positivamente.

Cada persona con la que hemos compartido nos generó un sentimiento determinado. Amor, aprendizaje, desilusión, crecimiento. Todos recuerdos inolvidables, por buenos o por malos que fueran.

"Es mejor haber amado y fracasado, que nunca haberlo hecho"; cada persona con la que hemos mantenido una relación — duradera o efímera — nos formó en nuestra personalidad y de alguna manera nos hizo ser lo que hoy ofrecemos a los demás. Por lo que, entre más personas hayan estado a nuestro lado, más pesado y fuerte será ese pasado amoroso del que hablamos.

Somos, por naturaleza, criaturas fogosas y apasionadas

Las personas somos dominadas por las emociones, por lo que siempre tratamos de buscar el equilibrio que nos permita funcionar dentro de una sociedad, una relación amorosa, un trabajo; de otra forma seríamos como animales llevados por la corriente instintivamente y sin medida provocando el caos a nuestro alrededor.

Ese equilibrio que todos anhelamos, se ve constantemente perturbado por personas, momentos, situaciones de tensión que nos hacen "perder el rumbo"; aunque las experiencias varían unas de otras, en su mayoría provienen del hogar y lo que aprendimos desde que éramos muy pequeños; — pero para nuestra inconveniencia — afloran cuando somos adultos y sobre todo cuando nos enfrentamos a una pareja; de ahí que la carga emocional que llevamos todos dentro sea imposible de negar o ignorar. (Véase el artículo: Lo que de niños nuestra mamá decía).

Percepciones distintas

"Nunca más me vuelvo a enamorar". "Soltero para siempre". "Casarse es un mal negocio, se pierde más de lo que se gana" — opiniones como éstas nos verifican el sentir de muchas personas que fracasaron en sus intentos por encontrar esa otra persona que los complemente y simplemente no pueden manejar ese bagaje emocional que cargan por una persona que ya no está a su lado.

La diferencia entre una persona y otra que ha sufrido de amor, será la manera con la que percibe la pérdida. Todos sabemos lo doloroso que es la infidelidad, la traición, la mentira en una relación; pero una vez que pasamos el duelo necesario e importante para neutralizar nuestra pérdida, no podemos dejar que ese pasado nos nuble la vista y nos impida ver el camino hacia adelante. (Véanse las lecciones acerca de la infidelidad).

El proceso es complejo y muchas veces difícil, sentimos que nos desgastamos en el intento; pero no es así. Lo irónico del caso es que entre más desapegados estemos de ese pasado y logremos ver las cosas desde fuera, más oportunidades vamos a tener de encontrar felicidad en otro sitio; porque las reflejamos en actitudes, prioridades y emociones que las personas ajenas a nuestra historia anterior perciben.

Cada relación amorosa es un aprendizaje; ya sea de lo que "no hay que volver a hacer", "de lo que definitivamente hay que repetir" y de lo que "nos sirvió para crecer". La reflexión negativa o positiva nos la damos nosotros mismos y dependerá únicamente de nuestro esfuerzo para darle un giro al sentimiento.

Amantes, que somos, ¿del dolor?

La misma esencia del ser humano, a veces tornada autodestructiva, nos impide avanzar porque "el dolor (a algunos) gusta" de alguna manera. Nos victimizamos y a menudo fantaseamos con una persona que NO ERA para nosotros, por la costumbre o soledad que sentimos al ver a esa persona salir de nuestras vidas y no tener a nadie en perspectiva por un tiempo determinado. Pero por suerte no es un estado de ánimo permanente. La ansiedad, la melancolía y el cansancio de demostrar amor de nuevo se van.

De ahí que tenemos que procurar buscar personas que no sean "amantes del dolor", es decir con una carga emocional ya superada o en el mejor de los casos con un pasado ligero que no afecte el desempeño de la nueva relación.

Muchos se equivocan al pensar que a menor edad menor carga; pero no tiene nada que ver con ello, más bien se trata del tipo de persona, de su valentía y autoestima.

Ubicar personas sintonizadas en ese sentido, es la mejor manera de superar traumas pasados y es ahí donde tenemos que poner nuestro interés; porque de lo contrario seguiremos tropezando con el mismo patrón de conducta que no conviene y obteniendo los mismos resultados que hasta ahora hemos tolerado.

Olvidemos el miedo a sentir

Es probable que sintamos miedo de querer, de sentir por alguien de nuevo luego de un pasado amoroso conflictivo. Pero los rencores y remordimientos sólo nos afectan a nosotros, pues la persona a la que van dirigidos no se está enterando, con lo cual lo mejor que podemos hacer es eliminarlos lo antes posible, si no queremos fracasar en todas nuestras relaciones. Cada persona es distinta y no tiene porqué repetirse el mismo episodio dos veces.
Aprendamos a reforzar la seguridad dañada y decidamos: Si lo que nos provoca es ir de flor en flor, hacerlo sin perjuicios, si más bien queremos quedarnos solos y disfrutar de la
libertad, que así sea, o si lo que nos hace felices es tener una pareja de nuevo, ponerse a trabajar en ello.

Pero nunca olvidemos, que quien se aprecia mucho y se quiere mucho más será quien gozará de las mejores relaciones, sean éstas amorosas o no.

Un asunto final, nunca nos dejemos caer en la posición torturante de ser una Wendy…

 

Read Full Post »

A %d blogueros les gusta esto: